Promesas de bar, resaca y un destino que nunca fue
- Alfredo Carias
- May 4
- 4 min read
Updated: May 5
Todo empezó una noche en el bar de Leyendas, un 23 de diciembre, cuando San Salvador ya olía a pólvora y a promesas que nadie planea cumplir. Entre risas, tragos y conversaciones que solo existen porque nadie está pensando en el día siguiente, la conocí.
Janet una chera salvadoreña que vive en Holanda. De esas que hablan con un pie aquí y otro allá. Y en medio de la plática soltó la frase que encendió todo:
—Dicen que los guanacos son medio pajeros (mentirosos).
Me reí… pero no del todo.
Me contó que unos cheros la habían dejado bajada en un viaje mochilero. Plan armado, emoción al tope… y al final, puras excusas. Paja.
No sé si fue el alcohol o el orgullo, pero me sentí aludido.
—No todos somos así —le dije.
Y como suelen nacer las malas ideas que terminan siendo buenas historias, hicimos un pacto: viajar juntos a las Ruinas de Copán el 25 de diciembre. Estrechamos las manos como si eso bastara para garantizar la cordura.
Spoiler: no bastaba.
La noche del 24 fue una trampa. Amigos de infancia, música, recuerdos… y tragos que no sabían detenerse. A las 3 a.m. yo ya era un sobreviviente de mi propia Navidad. Pero a las 5 a.m. tenía una cita con el destino… y con mi reputación.
Me bañé a medias, me vestí sin pensar y agarré la mochila —esa sí, lista desde el día anterior, como un pequeño acto de responsabilidad en medio del desastre.
Llegué.
Ella estaba ahí. Puntual. Impecable.
—¿Listo?
—Listo —mentí con convicción.
El viaje arrancó cuesta arriba, literal y emocionalmente. Las curvas de La Palma y la bajada por San Ignacio parecían diseñadas para castigar cualquier exceso navideño. Pero había algo peor: no había buses.
Ni uno.
Era 25 de diciembre. El país estaba en pausa… y nosotros no lo sabíamos.
Después de esperar lo que se sintió como una eternidad, aceptamos lo inevitable: si queríamos avanzar, tocaba improvisar. Terminamos negociando con un taxista que, sin entender del todo nuestra misión, aceptó llevarnos hasta Ocotepeque.

El viaje en taxi fue silencioso, como si todos sospecháramos que algo no estaba saliendo según el plan… porque, siendo honestos, nunca hubo un plan real.
Llegamos.
Y lo que encontramos no fue el punto de conexión hacia Copán. Fue un pueblo suspendido en el tiempo.
Ocotepeque estaba vacío.
Calles sin gente, negocios cerrados, el eco de nuestros pasos rebotando en las paredes. Por un momento, parecía una escena sacada de una película del oeste: solo faltaba la bola de paja rodando empujada por el viento para completar el cuadro.
Y casi la imaginé.
Después de caminar sin rumbo, encontramos a alguien. Un hombre que nos miró con una mezcla de sorpresa y lástima.
—Hoy no hay buses —nos dijo—. Es feriado. Aquí nadie trabaja en transporte interdepartamental.
Ahí terminó el sueño de Copán.
Nos quedamos en silencio, como dos viajeros que acaban de descubrir que el mapa no siempre coopera.
La opción lógica era regresar a El Salvador. Volver. Rendirse. Confirmar, sin querer, la teoría de los pajeros.
Pero algo no nos dejó.
Tal vez el orgullo. Tal vez la terquedad. Tal vez el simple hecho de no querer aceptar que habíamos llegado tan lejos para nada.
Así que regresamos… pero no del todo.
Nos bajamos en La Palma, sin plan, sin expectativas. Solo con la necesidad de hacer una pausa y tomar un café que nos devolviera el alma al cuerpo.
Y ese café… fue otra historia dentro de la historia.
Nos sentamos frente a dos tazas humeantes, de esas que parecen abrazarte antes del primer sorbo. El aroma era profundo, honesto, como si resumiera toda la montaña en una sola respiración. En ese momento recordé a Anthony Bourdain, cuando decía que el viaje no se trata solo del destino, sino de los pequeños rituales que lo hacen real: la comida compartida, la bebida inesperada, la conversación sin prisa.
Y tenía razón.
Ese café en La Palma no era solo café. Era pausa. Era tregua. Era la confirmación de que viajar como mochilero no es cumplir itinerarios, sino dejarse sorprender por lo que no estaba en el plan.
Y ahí fue donde el viaje empezó de verdad.
Porque entre calles tranquilas y conversaciones sin rumbo, encontramos un lugar escondido. De esos que no salen en las guías, ni en los itinerarios bien pensados.
Un bosque.
Pero no cualquier bosque. Uno que se abría en medio de lo que parecía un río de piedras, como si el agua hubiera pasado alguna vez y luego hubiera decidido desaparecer, dejando solo memoria.
Para llegar había que cruzar un puente colgante.
Oxidado. De madera vieja. Crujiente.
De esos que no inspiran confianza… pero sí respeto.

Cada paso era un diálogo con el miedo. Cada tabla que sonaba era una advertencia o una invitación, no estaba claro cuál. El viento lo movía apenas, lo suficiente para recordarte que no estabas en control.
Y sin embargo, cruzamos.
Porque a esas alturas ya no se trataba de llegar a Copán.
Se trataba de no quedarnos quietos.
Del otro lado, el mundo cambió. Silencio. Verde. Aire limpio. Ese tipo de lugar donde el tiempo no corre, se queda.
Nos sentamos. Hablamos menos. Observamos más.
Y en ese instante entendí algo que no estaba en ningún plan: el viaje nunca fue Copán.
Fue ese pacto absurdo en un bar. Fue la resaca. Fue el taxi improvisado. Fue el pueblo fantasma. Fue la decisión de no regresar del todo.
Fue ese puente.
No llegamos a las ruinas.
Pero encontramos algo mejor: una historia.
Y quizás no derribé el mito de los guanacos pajeros… pero al menos ese día, no fui uno de ellos.
Porque no desaparecí.
Porque me presenté.
Y porque, incluso perdido en un pueblo vacío un 25 de diciembre, elegí seguir adelante.
Aunque no supiera hacia dónde.
Y lo mejor de todo es que esa historia no termina aquí.
Porque lo que encontramos en ese bosque —lo que se sintió, lo que se cruzó, lo que se entendió en silencio— merece su propio capítulo.
Y ese… próximamente lo escribiremos.















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