Los 4 mosqueteros y la conquista del río Talpetates
- Alfredo Carias
- May 9
- 5 min read
Updated: May 10
Google dice que el río Talpetates está en Ahuachapán.
Pero yo, humilde turista con autoridad moral otorgada por las cervezas del camino y el polvo de las botas, puedo confirmar que eso está en Candelaria de la Frontera, Santa Ana. O al menos eso sentimos nosotros después de varias curvas, dos desvíos y suficientes provisiones etílicas para perder la noción geográfica de Centroamérica.
Disculpas de antemano si divago contando esta historia, pero los viajes buenos nunca se recuerdan en orden; se recuerdan por escenas, olores, risas y frases absurdas que alguien dijo mientras cargaba hielo bajo el sol.
Un día cualquiera, cuatro mosqueteros chicos malos —por los achaques de la edad— decidimos agarrar mochila en mano y escapar un rato de la rutina.
Uno llega a cierta edad donde ya no busca conquistar el mundo; busca una poza con sombra, agua fría y señal emocional de “aquí sí puedo respirar”.
El plan era sencillo: ir al famoso río Talpetates, hacer pícnic, cocinar carne asada y sobrevivir dignamente a nuestras rodillas.
Desde temprano comenzó la logística militar.
Había que abastecer el arsenal etílico para el camino, la estancia y probablemente para curar el dolor existencial de ser adultos en Latinoamérica.
Mi amigo Netoski, como siempre, llevaba las provisiones sagradas de toda expedición salvadoreña seria: chorizos, pollo, carne para asar y esa fe inquebrantable de que el carbón (se nos olvido) siempre va alcanzar… aunque nunca alcance.
En Candelaria compramos unas chengas recién salidas del comal, todavía respirando humo y gloria campesina. Después pasamos donde nuestro amigo Roberto a recoger más provisiones: limones, algunas cosas esenciales y otras que nadie recuerda haber pedido pero misteriosamente siempre aparecen en estos viajes.
Era viaje de fin de año.
Vacaciones, pues.
Como diría Bad Bunny, era momento de desaparecer un rato del ruido del mundo.
Aunque, en mi caso, ya llevo vacaciones permanentes patrocinadas por la precariedad financiera y las malas decisiones creativas. Procuro hacer estos escapes para mantenerme emocionalmente “estable”, o al menos distraído.
El camino hacia el río parecía una postal olvidada.
Como estamos cerca de Guatemala, para llegar hay que pasar por una aldea donde el tiempo se mueve distinto. El recorrido entre el campo era hermoso: árboles enormes, tierra húmeda y vacas… muchísimas vacas.
Vacas aquí.
Vacas allá.
Muuuu por todos lados.
Hubo un momento donde sentí que nosotros éramos los turistas y ellas las verdaderas dueñas del territorio observando cómo cuatro humanos urbanos iban rumbo a tomar malas decisiones acuáticas.
En el camino también nos topamos con algunos jóvenes lugareños que nos dieron la bienvenida con esa naturalidad que todavía existe en el campo. La hospitalidad rural es otro rollo. Ahí todavía la gente te saluda aunque no te conozca y uno siente que el tiempo baja las revoluciones.
Durante el recorrido también vimos a un bicho —un joven del lugar— pescando tranquilamente con una caña artesanal a la orilla del río.
Nada sofisticado.
Solo paciencia, río y oficio aprendido entre generaciones.

Mientras nosotros llegábamos cargados de hieleras, carne y provisiones etílicas, él estaba ahí, en silencio, practicando algo que para muchos podría parecer un simple hobby campesino, pero que en realidad también forma parte de una tradición ancestral: pescar sus propios alimentos.
Había algo profundamente bonito en esa escena.
El agua corriendo.
El cipote concentrado mirando la corriente.
Y esa sensación de que en algunos rincones del campo todavía sobreviven costumbres que el ruido moderno aún no logra arrastrar.
Después de intercambiar saludos seguimos el recorrido hasta encontrar lo que, según nuestra brillante estrategia improvisada, parecía el punto tácticamente perfecto: cerca del montículo para lanzarse a la poza y también cerca de un sendero que bajaba hacia el río.
Abajo, entre las piedras y la corriente, había un grupo de jóvenes de la zona “punchando”.
Es decir, cazando cangrejos de río.
Metían el brazo dentro de huecos entre las rocas bajo el agua y, sorprendentemente, sacaban punches enormes como si estuvieran haciendo magia campesina ancestral. Aquellos cangrejos terminarían siendo el ingrediente principal de una sopa que cocinaban ahí mismo y que olía escandalosamente sabrosa.
Los mismos bichos también se aventaban desde una rama altísima frente a la poza.
Pero eso ya es demasiado extremo para mí en la actualidad.
A cierta edad uno deja de pensar: “Qué adrenalina”.
Y comienza a pensar: “¿Cuál es el porcentaje real de supervivencia y cuánto tarda una ambulancia en llegar aquí?”.
Les confieso que sí me aventé un par de veces desde el montículo hacia la poza.
Aunque quien terminó protagonizando probablemente la clavada menos olímpica registrada en la historia del río Talpetates fue mi amigo Roberto.
En uno de sus gloriosos intentos deportivos se pegó un tremendo pansazo contra el agua.
De esos que hacen sonar todo el cuerpo como bolsa de cemento cayendo desde un pick up.

El impacto fue tan absurdo que hasta el río seguramente pensó: “Este muchacho no trae técnica, trae problemas”.
Y nuestro amigo Rey… bueno, Rey perdió completamente el control de la risa.
Pero de verdad.
No podía parar de reír viendo aquella desafortunada escena acuática donde Roberto había pasado, en menos de dos segundos, de sentirse atleta extremo a parecer una tortilla mal tirada sobre el comal.
Mientras Roberto revisaba internamente si todavía tenía hígado y dignidad, Rey seguía doblado de la risa señalando el lugar exacto donde su cuerpo había negociado violentamente con la gravedad.
Eso sí, el agua estaba tan helada que después del pansazo todos sentimos el dolor de manera solidaria.
Aun así, por unos minutos volvimos a ser niños.
Jugamos en el agua, gritamos tonteras y olvidamos completamente las cuentas, el estrés y las notificaciones pendientes.
Después colgamos las hamacas entre los árboles y encendimos la fogata improvisada para asar los chorizos, el pollo y la carne.
El fuego estaba en su punto más alto, así como nuestra hambre.

Comimos como cavernícolas alrededor de la fogata, sudados, felices y con las manos oliendo a humo y limón. Y ahí entendí algo muy al estilo de Anthony Bourdain: la comida nunca sabe mejor que cuando uno está lejos de casa, cansado, medio bolo y rodeado de amigos que se ríen de las mismas tonteras desde hace años.
Bromeamos sobre todo y sobre nada.
Después de comer nos fuimos a sentar a la orilla del río, literalmente dentro del agua, dejando que la corriente nos golpeara suavemente las piernas mientras caía la tarde.
Y pasamos horas ahí.
Hablando de la eternidad del cangrejo.
De los punches.
De la vida.
De recuerdos inútiles que en realidad son los más importantes.
Y algo que tenía muchísimo tiempo de no hacer volvió a suceder: reírme a carcajadas.

De esas risas sinceras que duelen en el estómago y hacen olvidar por un rato el cansancio de existir.
Los silencios eran interrumpidos únicamente por el sonido de una lata abriéndose.
El río corriendo.
Los pájaros cantando.
Los rayos de sol atravesando los árboles.

Y mientras todo eso pasaba, una idea me daba vueltas en la cabeza: qué importantes son las amistades que todavía sobreviven al tiempo, a los problemas y a los achaques.
A veces uno cree que necesita grandes cosas para sentirse vivo. Pero basta una poza helada, humo de fogata, carne asada y buenas conversaciones para recordar que todavía quedan momentos capaces de salvarnos un poco el alma.
Al final del ocaso recogimos todas nuestras provisiones. Y de alguna manera también sentimos que dejábamos atrás algunas cargas de la vida.
El atardecer nos despidió lentamente mientras las vacas aparecían otra vez acompañándonos en el recorrido de salida, como si fueran guardianas silenciosas de aquella aventura absurda y hermosa.

Pero para mí no fue un adiós.
Tal vez no volvamos exactamente a esa poza.
Tal vez la próxima aventura sea en otro rincón perdido, con otra fogata improvisada y nuevas historias para reírnos durante años.

Uno sigue buscando esos momentos donde el corazón descansa un poco del ruido del mundo.
Y mientras regresábamos pensé en una frase que sonaba perfecta para cerrar el viaje:
“Hoy vo'a darle paz a mi corazón,
por eso me perdí”.









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