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La montaña de los sobrevivientes

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • May 14
  • 7 min read

Hay coberturas periodísticas que uno recuerda por la importancia histórica. Otras por el cansancio. Y luego está la caminata hacia la conmemoración de la masacre del Sumpul: una mezcla extraña entre peregrinación, reportaje de guerra, turismo extremo involuntario y curso acelerado de humildad.


Cada año, en Chalatenango, comunidades enteras recuerdan a las cerca de 600 víctimas —niños, mujeres y ancianos— asesinadas en 1980 a orillas del río Sumpul. Algunos hacen la caminata desde el día anterior para recrear el trayecto de quienes huían del ejército. Otros llegan el propio día del homenaje. Yo solo he participado dos veces. Y con eso me bastó para entender por qué la memoria histórica también se carga en las piernas.


La primera vez me tocó ir como fixer, organizando una gira con colegas periodistas. Una decisión valiente considerando que mi conocimiento logístico sobre la caminata se resumía a comentarios ajenos tipo: “es cansada”. Nadie especificó que “cansada” en Chalatenango significa que uno termina cuestionando todas las decisiones que tomó desde la educación básica.


Todo comenzó en un pickup junto a un compañero. Al bajarnos descubrimos que una llanta estaba pinchada. Pero ya era tarde para cambiarla: la caminata arrancaba y en esos recorridos uno aprende rápido que el grupo manda y el sentido común estorba. Dejamos la llanta para el regreso. Mala decisión número uno.


Llegamos a la zona donde se dejan los vehículos y comenzó la caminata. Desde los primeros pasos el terreno fangoso nos recibió como diciendo: “ustedes no pertenecen aquí”. Yo iba en tenis. Mala decisión número dos. Recuerdo haber sentido una mala espina apenas vi aquel lodo tragándose zapatos como si cobrara peaje humano. Pensé: esto va a terminar siendo una historia memorable. Y vaya que el presentimiento tenía vocación de profeta.


Lo que no sabía era que aquellos tenis no sobrevivirían la cobertura.


De regreso, en pleno camino, uno de ellos comenzó a desintegrarse lentamente hasta que la suela terminó desprendiéndose casi por completo. Y ahí iba yo, caminando como si llevara una sandalia artesanal hecha con resignación y cinta invisible. Cada paso sonaba a derrota material. A esas alturas ya no sabía si estaba cubriendo memoria histórica o protagonizando una campaña de concientización sobre la importancia del calzado adecuado.


Pero, siendo justos, aquel tenis destartalado terminó convirtiéndose en uno de mis mejores maestros de periodismo mochilero. Lo metí en mi maleta mental de “aprender de los errores”. Desde entonces entendí que para cubrir historias en campo no basta con llevar libreta y cámara; también hay que sobrevivir el camino. Ahora procuro llevar ropa de montaña, suficiente agua, frutas o chocolates como barras energizantes improvisadas, bloqueador solar, sombrero y protección para la cámara por si la lluvia decide participar también en la cobertura. Porque uno aprende que en ciertos territorios la naturaleza también funge como editora de carácter.



Pero el camino también tiene sus treguas. Las malas vibras se disipaban entre praderas verdes, olor a césped mojado, aves cantando y vacas mugiendo con la serenidad de quienes jamás han tenido que cargar trípodes montaña arriba. Algunos colegas periodistas habían decidido irse un día antes y acampar cerca del sitio de la masacre. Para su suerte —o castigo espiritual— cayó una tormenta que convirtió aquella noche en una experiencia inmersiva de supervivencia centroamericana.



En algunos tramos de la caminata también toca aceptar humildemente los famosos aventones en camiones locales que ayudan a subir y bajar zonas donde el camino deja de parecer sendero rural y empieza a sentirse como clasificatoria para montañismo extremo. Uno viaja en la parte de atrás del camión, apretado entre mochilas, periodistas, campesinos y bolsas de comida, brincando tanto entre piedras y lodo que todos terminamos sintiéndonos como frutas dentro de un canasto. Y, sin embargo, hay algo extrañamente alegre en esos trayectos: la gente ríe, conversa, comparte agua, pan o historias, mientras el camión amenaza con desmontarnos la columna vertebral en cada curva.


Durante la caminata bebimos agua de ríos cristalinos y helados, nacidos en las montañas. Agua de verdad, no esa que venden en botella con nombres que parecen perfumes franceses. También iban jóvenes periodistas amigos en sus primeras coberturas de memoria histórica sobre la guerra civil. Y había algo esperanzador en verlos caminar con esa mezcla de curiosidad e inocencia que todavía sobrevive antes de que el periodismo les enseñe palabras como “presupuesto insuficiente”, “riesgo en campo” o “no hay viáticos”.



Tras casi dos horas llegamos al caserío Las Aradas, en Ojos de Agua, Chalatenango. Desde lejos se escuchaban cantos, conversaciones y el sonido irrepetible de las comunidades compartiendo comida en mesas comunes.



Allí entendí algo que quizá habría narrado Anthony Bourdain mientras fumaba en silencio viendo el humo salir de un comal: que los pueblos también conservan la memoria en sus cocinas. Porque antes de los discursos y las consignas, estaba el aroma de los tamales recién abiertos, el café hirviendo en grandes ollas negras, las pupusas inflándose sobre el fuego y las tortillas pasando de mano en mano como pequeñas hostias campesinas. En aquellas mesas largas nadie era forastero. La comida no aparecía como espectáculo gastronómico, sino como un gesto profundamente humano: alimentar al caminante, compartir lo poco, demostrar que incluso después de la guerra todavía existe algo que no pudieron destruirles: la capacidad de sentarse juntos a comer bajo las montañas.


En esos viajes uno también busca postales de memoria histórica. La mejor que logré fue junto a doña María, sobreviviente de la masacre. Aún conservaba una sonrisa extraña: mitad esperanza, mitad resistencia. Una sonrisa de esas que parecen decir: “nos quisieron borrar y aquí seguimos”.



Claro, la dignidad histórica convivía perfectamente con nuestro caos operativo.


En una de las caminatas ocurrió la legendaria puteada que me regaló mi amigo Marvin. Veníamos de regreso, casi al mediodía, bajo un calor capaz de freír pupusas sobre una piedra.


Primer momento: Marvin feliz caminando en el campo, sin imaginar la cantidad absurda de kilómetros que le esperaban; acto dos: Marvin en la ceremonia, elegante, recién comido y todavía creyendo en nuestra amistad; acto tres: aquí Marvin ya me había puteado por hacerlo caminar media geografía nacional… pero al menos las vistas estaban bonitas.


En un acto de ingenuidad acepté que un colega cargara mi cámara durante un tramo. Trazo error.


En uno de los descansos dejó olvidada la cámara


Nos dimos cuenta media hora después.



Tuvimos que regresar todo el trayecto avanzado mientras yo hacía cálculos mentales sobre cuántas cuotas tendría que pagar en el trabajo por perder un equipo que ni siquiera era mío. La dimos por perdida. Yo ya estaba entrando en esa etapa psicológica donde uno comienza a negociar con santos y promesas religiosas.


Hasta que, en otro descanso, un compañero me preguntó:


—Hey chino, ¿has perdido algo?


Yo, casi llorando, respondí que sí.


Entonces extendió la mano con la cámara.


—Me debés un video —me dijo.


Los dos reímos. Él de felicidad. Yo de alivio financiero.


Como si eso no bastara, en otra ocasión un joven local nos convenció de regresar por “una ruta más rápida”. Mala decisión número tres. Llegamos a las ruinas de un puente y terminamos escalando un cerro improvisadamente. El supuesto atajo parecía diseñado por alguien que odiaba profundamente a los periodistas.



Omitiré el episodio completo donde mi dignidad quedó colgando sobre el precipicio del río Sumpul, porque todavía me sudan las manos de recordarlo. Solo diré que mis compañeros y el guía prácticamente hicieron trabajo de rescate emocional para lograr que terminara el ascenso.


Pero la caminata todavía guardaba su acto final.


Al regresar al pickup descubrimos que la llanta de repuesto seguía debajo del vehículo… protegida por un candado cuyo orificio parecía haberse fusionado con el óxido desde la época de la guerra civil. Pasamos más de tres horas intentando abrirlo. Los lugareños probaron de todo: aceite, alambres, golpes, plegarias y probablemente brujería artesanal.


Nada.


Al final tuvimos que bajar lentamente con la llanta pinchada hasta un pueblo donde había un taller. Ahí descubrimos que no tenían una llanta del tamaño correcto. El mecánico, convertido ya en protagonista secundario de nuestra tragedia, luchó más de una hora contra el candado petrificado hasta lograr abrirlo.


Cuando terminó ya eran casi las siete de la noche.


Llegué a mi casa alrededor de las diez, aunque se suponía que debía estar de regreso unas tres o cuatro horas antes. Para entonces yo ya no sabía si había cubierto una conmemoración histórica o atravesado una versión centroamericana de Mad Max patrocinada por asociaciones comunitarias.


En las últimas conmemoraciones ya no he podido participar. Parte por la situación financiera, porque el periodismo independiente también significa hacer milagros con poco dinero. Aunque, siendo sinceros, cuando uno de verdad quiere ir siempre aparece la posibilidad de subirse de aventón en algún pickup, en un camión comunitario o acomodarse donde sea con tal de llegar. En estas caminatas el transporte casi nunca es el verdadero problema; siempre aparece alguien que hace espacio para uno más.


Pero mi rodilla izquierda sí.


Esa vieja lesión que semanas después todavía me pasa factura como cobrador bancario sin misericordia. Porque el cuerpo también guarda memoria de los caminos que uno recorrió. Y aunque la cabeza todavía quiere subir cerros, cruzar ríos y volver a escuchar los cantos en Las Aradas, la rodilla ahora negocia cada pendiente como sindicato en protesta.


A veces extraño incluso el cansancio brutal de aquellas caminatas. Extraño el lodo, las bromas absurdas entre periodistas, los rayes en camiones brincando entre piedras, el café caliente después de horas bajo el sol y hasta los tenis destartalándose en el peor momento posible.


Y aun así, volvería.


Porque detrás del cansancio, del lodo, de las cámaras perdidas, de los cerros malditos, de las llantas pinchadas y de los tenis destartalados, permanece el verdadero sentido de esa caminata: recordar a las víctimas del Sumpul, exigir justicia y asegurarse de que hechos así nunca vuelvan a repetirse.


Quizá por eso tanta gente sigue caminando año tras año. Porque la memoria, igual que esas montañas, también se sostiene avanzando paso a paso.

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