Así se arma el viaje (sin plan y con Chepe)
- Alfredo Carias
- Apr 28
- 3 min read
La mañana empezó como empiezan las buenas historias: sin pretender serlo.
El carro avanzaba con ese ritmo somnoliento de carretera abierta, mientras en la radio sonaba Hysteria de Def Leppard, como si alguien hubiera decidido musicalizar el amanecer a propósito. La luz apenas rompía la noche y uno, con el oficio de periodista pero el alma en modo turista, empieza a sospechar que el día no viene normal. Hay una espina —de esas que no incomodan, pero avisan— que te dice: esto se va a poner bueno.

Y sí, se puso.
Salimos con Netoski en una misión técnicamente inútil —grabar material “por si acaso”—, que en lenguaje freelance significa: escapar de la rutina sin sentir culpa. Nada de clientes, nada de briefs, nada de “¿me podés cambiar ese color?”. Solo cámara, carretera y esa libertad que no factura, pero alimenta.

Rumbo: el Bajo Lempa.
El paisaje empezó a desplegarse como si alguien hubiera colgado un lienzo infinito firmado por Claude Monet, pero con más calor y menos europeos. El Río Lempa nos regalaba postales que no necesitan filtro ni LUT: agua viva, reflejos caprichosos y esa sensación de que el país, cuando quiere, te deja sin palabras.

Ahí la conocimos.
Yanira Cañas, pobladora de San Nicolás Lempa, lavando ropa a la orilla del río bajo el puente, como quien repite un ritual antiguo sin saber que está montando una escena perfecta. Su sonrisa —de esas que no se ensayan— nos desarmó más rápido que cualquier entrevista. La plática fue breve pero honesta; de esas donde dos extraños dejan de serlo sin darse cuenta. Nos despedimos agradecidos, no solo por el tiempo, sino por recordarnos que hay historias que no se buscan: te encuentran.

Más adelante, la realidad decidió bajar el volumen poético.
Nos topamos con jornaleros nicaragüenses en plena antesala de la zafra. Al inicio, la cámara pesa más que de costumbre; no por el equipo, sino por el contexto. Pero poco a poco, entre palabras medidas y silencios compartidos, la confianza se fue colando. Nos contaron que ganan seis dólares la tarea. Seis. Menos que muchos, por ser quienes son. La migración, cuando se cruza con la necesidad, suele volverse terreno fértil para la injusticia. Grabamos, sí, pero sobre todo escuchamos. Y eso pesa más al final del día.

Después de eso, tocaba reequilibrar el alma.
Llegamos a la casa de Bernie, donde el concepto de “almuerzo sencillo” claramente no aplica. Netoski, en un giro argumental digno de cine independiente, sacó un conejo listo para las brasas. Y justo cuando pensás que la historia ya está bien servida, aparece la famosa maleta-hielera: armamento pesado. Regias. Bien heladas. Un acto de amor logístico.
Entre risas, humo de leña y cerveza que iba desapareciendo con sospechosa eficiencia, Bernie hizo lo que todo buen salvadoreño hace: llamar más gente. Porque si algo nos caracteriza, es que nunca sabemos cuándo parar de mejorar un plan.
Y así, sin mucho debate estratégico, terminamos rumbo a la bocana.
El lanchero, cómo no, era Chepe, de La Pita. Porque en estos viajes siempre hay un Chepe. Siempre. Compramos pescado en el camino, más cerveza —porque uno no aprende— y nos subimos a una lancha que, honestamente, competía con cualquier crucero, solo que con mejor historia.
Los manglares nos recibieron como un secreto bien guardado. Llegamos a una isla que no estaba en el guion —porque no había guion— y descargamos lo esencial: provisiones etílicas y pescado. Lo demás era accesorio.

Encendimos la fogata.
Entre cerveza y cerveza —que en ese punto ya es unidad de tiempo—, el atardecer decidió hacer su show. Un espectáculo monumental, sin patrocinadores, sin drones, sin hashtags. Solo nosotros, en medio de una isla, viendo cómo el cielo se despedía como si supiera que lo estábamos mirando.

Cayó la noche, y con ella, la versión más primitiva de nosotros mismos.
Ahí estábamos, como neandertales con presupuesto limitado, asando pescado con escamas y espinazo —invento atribuible, sin evidencia científica, a Chepe— y comiéndolo con tortillas tostadas en las brasas. Una experiencia que probablemente haría sonreír —o cuestionar— a Anthony Bourdain. Un manjar de dioses, o al menos de hombres con hambre y pocas opciones.

Y luego, el regreso.
En lancha. De noche. Porque las decisiones inteligentes no siempre son las más memorables.
El agua brillaba tenue con el movimiento, la luna hacía de niñera silenciosa y el cielo —ese cielo— nos recordó que hacía rato no mirábamos hacia arriba. Estrellas sin contaminación, sin prisa, sin notificaciones.
Llegamos a tierra.
Pero esa —como toda buena historia— merece su propio capítulo.















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