No veníamos por la pizza… pero ahí estaba
- Alfredo Carias
- Apr 21
- 3 min read
La cobertura terminó más temprano de lo esperado, y como suele pasar en el periodismo —ese oficio donde uno persigue historias pero también termina encontrándose a sí mismo— decidimos hacer una pausa técnica. No por lujo, sino por supervivencia. El hambre, en Santa Ana, no es negociable.
Llegamos a la ciudad morena, con ese aire elegante que mezcla historia, polvo y orgullo. Santa Ana nos recibió como siempre: con su catedral observándolo todo, como una abuela que sabe más de lo que dice. Pero esta vez no veníamos por la foto, ni por la cuña, ni por la nota rápida. Veníamos por comida… aunque aún no lo sabíamos del todo.
Alguien sugirió el lugar. Nadie tenía demasiada fe. Ese tipo de sitio que desde afuera parece una apuesta arriesgada: ni muy elegante, ni muy popular, como esos bares donde uno entra con dudas y sale con una historia.
Simmer Down Pizza
Y ahí empezó todo.
Entramos con la cautela de quien ha sido decepcionado antes. Pero el olor… el olor no miente. Había algo honesto en ese aire cargado de masa, horno y decisiones bien tomadas.
Las pizzas llegaron sin hacer ruido, como si no necesitaran presentación. Y no la necesitaban. La primera mordida fue una revelación silenciosa. Masa con carácter, ingredientes que no pedían permiso, y una combinación que desarmaba cualquier prejuicio. No era solo buena. Era ese tipo de comida que te obliga a dejar de hablar por unos segundos. En el periodismo, eso es raro.
Pero entre todas, hubo una que se impuso sin necesidad de levantar la voz. La prosciutto.
La ganadora indiscutible.

Aquella pizza no solo se comía… se experimentaba. El prosciutto, delicado y preciso, caía sobre la masa caliente como una caricia bien calculada; el contraste entre lo salado y lo suave era casi poético. Cada bocado era una especie de tregua con el mundo: el tiempo se detenía, la conversación se apagaba, y todo lo demás —la cobertura, el cansancio, la rutina— quedaba suspendido en algún lugar lejano.
Era, sin exagerar, algo celestial al paladar.
De esas cosas que no se describen fácilmente porque pertenecen más a la memoria sensorial que al lenguaje. Una pizza que no buscaba impresionar… pero terminaba marcando territorio.
Silvia, siempre más sensata, se fue por los jugos naturales. Levantó el vaso, probó, y soltó un veredicto simple pero contundente: “Esto sí está fresco de verdad”. En ese momento entendí que estábamos en un lugar que no pretendía impresionar… y por eso mismo lo hacía.
Yo, en cambio, tomé un desvío más predecible. Una Regia bien fría apareció en la mesa como si ya supiera que la necesitaba. Eduardo —el loco de Eduardo— no tardó en sumarse. Nunca lo hace. Hay amistades que no te dejan solo en los momentos difíciles… y otras que no te dejan beber solo. Él es ambas.
Y entonces, en algún punto entre la segunda cerveza y la tercera rebanada —esa de prosciutto que ya tenía nombre propio— el momento se volvió algo más. Algo que Anthony Bourdain habría descrito con esa mezcla de irreverencia y respeto que lo caracterizaba:
“Esto… esto es lo que uno busca sin saberlo. Un lugar que no está tratando de salvar el mundo ni reinventar la cocina. Solo hace una cosa… y la hace condenadamente bien.”
No era solo la pizza. Era la pausa. Era la risa entre colegas que normalmente solo comparten estrés y titulares. Era ese instante donde el trabajo deja de ser una carga y se convierte en excusa para vivir.
Cinco años después, no recuerdo con claridad la cobertura. Ni la nota, ni el enfoque, ni siquiera el titular. Pero recuerdo ese almuerzo. Recuerdo la sorpresa. Recuerdo la prosciutto —esa joya inesperada—, la Regia fría, la risa de Eduardo, y el “te lo dije” silencioso de Silvia en cada sorbo de jugo.
Porque hay ciudades que se cuentan en datos…
y otras, como Santa Ana, que se quedan en la memoria por lo que te hacen sentir cuando bajas la guardia y te sientas a comer sin expectativas.
Y ahí, justo ahí, es donde empiezan las mejores historias.

































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