No todo es chocolate: crónica de un viajero latino en Europa
- Alfredo Carias
- Mar 31
- 5 min read

No solo encuentras chocolates, quesos y vinos en Ginebra.
Llegué a Ginebra con la ingenuidad de quien cree que Europa huele permanentemente a chocolate derretido y diplomacia. Y, en efecto, algo de eso hay. Pero también hay otras cosas que no vienen en las postales.
Esta es la crónica de mi paseo por la autoproclamada ciudad de la democracia y los derechos humanos, un lugar donde las palabras pesan tanto como los relojes… y a veces, curiosamente, no marcan la misma hora.
Como buen salvadoreño con espíritu de explorador (y presupuesto ajustado), crucé el Atlántico después de un maratón aéreo que convirtió mi sentido del tiempo en una anécdota.
Primera escala: Panamá. Cuatro horas de espera que uno intenta dignificar con café, caminatas circulares por la terminal y la noble ilusión de encontrar un enchufe libre. Fue ahí donde viví uno de esos momentos que solo el cansancio y la fe pueden producir: juré haberme encontrado con Oscar de León.

Ahí estaba, o eso creí, con porte de leyenda salsera. Me acerqué, pedí la foto con entusiasmo casi patriótico… y no fui el único. Varias personas también se acercaban, dudaban, sonreían, pedían selfies. Había un consenso silencioso: ese hombre tenía que ser alguien. Al final, nunca supe si realmente era el cantante o un ciudadano con un parecido peligrosamente democrático. Lo cierto es que no fui el único en hacer el ridículo, y eso, en viajes largos, también es consuelo.
La segunda escala fue en Madrid, donde la realidad decidió recordarme que viajar también es un ejercicio de sospecha internacional. Apenas aterrizamos, un policía hizo una mirada y una seña casi coreografiada a sus compañeros. En ese instante supe que algo no pintaba bien. Minutos después, ya éramos un grupo selecto de unas doce personas —de distintas etnias, por supuesto— caminando hacia un cuarto privado para una inspección “aleatoria”, ese concepto tan flexible como incómodo.
Ahí dentro, el ambiente era una mezcla de silencio tenso y resignación globalizada. Un ciudadano rumano no corrió con la misma suerte: fue retenido. Más irónico aún fue el caso de una pareja de hondureños que viajaba emocionada para ver el clásico Real Madrid–Barcelona. Llevaban sus entradas como quien carga pruebas de inocencia… pero aun así fueron interrogados con el entusiasmo de quien cree haber descubierto una conspiración aérea. El fútbol no fue suficiente coartada.
Después de una hora de preguntas, miradas y revisión de pertenencias, nos dejaron ir. Sin explicaciones, sin disculpas, solo con esa eficiencia europea que resuelve rápido pero no necesariamente explica. Para entonces, yo ya llevaba más de seis horas en ese aeropuerto gigantesco, donde moverse implica tomar un metro interno como si uno estuviera cambiando de ciudad, no de sala. Entre pasillos infinitos y señales confusas, casi pierdo el vuelo de conexión. Ahí entendí que no solo estaba viajando entre países, sino entre niveles de experiencia: principiante, claramente.
Finalmente, llegué a Ginebra.
Aterrizo a las seis de la tarde en el aeropuerto, con la confianza de quien no habla francés pero cree firmemente en el poder universal del inglés básico… y de los gestos desesperados. Mi primer objetivo: llegar al hotel. Mi segundo objetivo: no perderme en el intento.
El plan parecía sencillo: tren hasta Cornavin y luego tranvía. Pero eran ya las siete de la noche y mi cerebro, condicionado por el transporte público salvadoreño —esa experiencia límite donde después de cierta hora el usuario entra en modo supervivencia— empezó a fabricar escenarios dignos de película de suspenso. ¿Y si aquí también todo se detiene temprano? ¿Y si me quedo varado? ¿Y si este viaje termina en un episodio internacional de “me robaron en Europa”?
La providencia, o el turismo organizado, me llevó hasta un punto de información donde un joven hablaba inglés. En ese instante, fue más reconfortante que encontrar pupusas en el extranjero. Me explicó con precisión suiza la ruta: tren a Cornavin, luego el bus 15 hacia “Nations”, hasta Butini. Sonaba tan fácil que sospeché.
Y ahí empezó la verdadera historia.
En la estación de Cornavin, me acerqué a dos policías para confirmar cómo tomar el bus. La agente, muy amable, me respondió en francés y me pidió que la acompañara. “Qué eficiencia”, pensé. Caminamos por un pasillo estrecho hasta llegar a una habitación con una máquina de rayos X. “Qué eficiencia… sospechosa”, corregí mentalmente.
Antes de poder procesarlo, ya estaba dentro, con una cortina cerrándose detrás de mí como si estuviera entrando a una consulta médica, pero sin bata ni consentimiento informado. Me pidieron colocar mis pertenencias en la máquina, vaciar bolsillos, entregar cámara, pasaporte, billetera… todo. Yo obedecía con la mezcla exacta de nervios y cortesía que uno desarrolla cuando no entiende bien qué está pasando pero intuye que resistirse no es opción.
—¿Motivo de su visita?
—Periodista. Evento de derechos humanos en la ONU —respondí, con la ironía latiendo en cada sílaba.
Mientras explicaba, ellos revisaban mis cosas con guantes, como si mis calcetines fueran evidencia de un crimen internacional o portadores de una enfermedad exótica. Les mostré mi carta de invitación de la Red Internacional de Derechos Humanos. Problema: estaba en español. Solución: ninguna.
La escena escaló cuando un tercer agente entró con un aparato digno de película policial. Me lo pasaron por las manos, el cuello… probablemente buscando rastros de algo más interesante que el estrés acumulado del viaje. Yo, mientras tanto, empezaba a preguntarme si esta era una prueba práctica sobre discriminación para el evento al que iba a asistir.
Pero el clímax llegó cuando uno de los agentes decidió abrir mi maleta para una revisión más “personalizada”. Apenas levantó la tapa, una pequeña nube blanca —traicionera y oportuna— se elevó en el aire como si hubiera estado esperando su momento dramático. Era el talco, que después del maltrato aéreo había decidido independizarse de su envase y convertirse en protagonista.
La reacción fue inmediata: los policías se miraron entre ellos, dieron un paso atrás casi sincronizado y el ambiente se tensó como escena de serie policial. Por un segundo, ese cuarto dejó de ser una simple sala de inspección para convertirse en el set improvisado de un operativo antidrogas internacional.
—¿Qué es esto? —preguntaron, con una mezcla de alarma y sospecha.
En ese instante, mi presión arterial se fue de excursión sin pasaje de regreso. Pero, no sé si por instinto de supervivencia o por puro orgullo salvadoreño, logré responder con calma quirúrgica:
—Talco.
Hubo un silencio breve, casi ceremonial. Luego, como si alguien hubiera bajado el volumen a la tensión, apareció una sonrisa nerviosa compartida. Un pequeño momento de humanidad en medio del protocolo. Casi nos reímos. Casi.
La nube blanca se disipó… y con ella, por suerte, también la sospecha.
Cuarenta y cinco minutos después, sin cargos, sin disculpas y sin chocolate de cortesía, me dejaron ir. Recogí mis cosas con la dignidad ligeramente arrugada, salí de la estación y finalmente tomé el famoso bus 15 rumbo al hotel.
Esa noche entendí que Ginebra no solo ofrece chocolates, quesos y vinos exquisitos. También sirve, en porciones menos agradables, una realidad donde el color de piel, el acento o el pasaporte pueden convertirte en sospechoso antes que en visitante. Todo, eso sí, envuelto en una cortesía impecable, casi diplomática.
Escribo esto no desde el rencor, sino desde la honestidad. Porque así como hay postales que merecen ser admiradas, también hay historias que merecen ser contadas. Sobre todo por quienes, como muchos migrantes, sostienen silenciosamente economías enteras haciendo los trabajos que otros no quieren, pero que todos necesitan.
Ginebra es hermosa, sí. Pero conviene recorrerla con los ojos bien abiertos… y, por si acaso, el talco bien sellado.















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