
México, lindo y querido: el viaje que no grabé pero nunca olvidé
- Alfredo Carias
- Apr 11
- 4 min read

Llegué a Ciudad de México con esa mezcla de emoción y vértigo que solo se siente cuando uno cruza una frontera por primera vez. No era solo otro viaje: era mi debut fuera de Centroamérica, una especie de bautizo personal en el mundo. Y lo más curioso de todo, visto desde hoy, es que no grabé ni un solo video. Mi canal aún no existía, pero quizá por eso el viaje quedó mejor registrado: en la memoria, sin filtros, sin cortes, sin la ansiedad de documentarlo todo.
La primera bofetada —amable pero contundente— fue el clima. Un cartel en el aeropuerto anunciaba 13 grados. Para un salvadoreño, eso no es temperatura, es advertencia. Caminé como quien entra a una cámara frigorífica con dignidad tropical, tratando de no parecer turista sorprendido… fracasando en el intento.
En el avión ya había comenzado la lección que cambiaría mi forma de viajar. Una cerveza en el menú —así, casual— me hizo entender que el viaje no empieza al aterrizar, sino desde el primer sorbo. Y entonces recordé las palabras de Arnulfo, amigo querido que hoy descansa en paz: “Chino, cuando viajés, no dudés en comer y beber todo lo que te ofrece un país.”
Dicho y hecho. Desde entonces, esa frase es más que un consejo: es una filosofía de vida.
México no decepcionó.
Mi primer encuentro con el mole fue casi espiritual. Ese plato no se come: se descifra. Pero antes, me explicaron un ritual no escrito: un tequila, en este caso un Don Julio, acompañado de limón y sangría. La sangría —aprendí esa noche— no es vino como la española, sino una mezcla fresca de jugos cítricos y especias que equilibra el golpe seco del tequila. Es como un pequeño pacto entre el fuego y la calma antes del gran plato.
Y luego, el mole. Profundo, complejo, como si alguien hubiera decidido cocinar la historia entera de México en una sola salsa. Ahí entendí que algunos sabores no se olvidan porque no se pueden explicar del todo.
En el legendario Café Tacuba probé enchiladas con chorizo y chilaquiles que parecían tener memoria propia. Pero ese lugar no es solo un restaurante: es una cápsula del tiempo. Fundado en 1912, en un edificio colonial que alguna vez formó parte de un convento, el café ha sido testigo de revoluciones, tertulias, artistas y bohemios que han pasado por sus mesas como si fueran estaciones de tren en la historia cultural de México.
Y sí, su influencia trasciende la gastronomía. El icónico grupo Café Tacuba tomó su nombre de este mismo sitio —aunque con una ligera variación ortográfica— como una especie de homenaje a esa identidad profundamente chilanga, mestiza y culturalmente rica que el restaurante representa. Comer ahí no es solo alimentarse: es sentarse en un lugar que también inspiró música.
La Indio, en particular, fue mi segundo amor mexicano. Oscura, honesta, sin pretensiones. Al estilo de Anthony Bourdain, podría decir que no es una cerveza que intente impresionarte: es una cerveza que te entiende. Afuera, una banda de músicos bohemios tocaba como si el tiempo no existiera, regalándole a la noche ese tipo de magia que no se agenda, simplemente sucede.
Más tarde, en la icónica Plaza Garibaldi, entramos a una de sus cantinas tradicionales. En una pared, la mirada eterna de Chavela Vargas nos observaba desde un mural de Felipe González Aguilera Ferguz. Ahí, entre tequila y conversaciones que se alargaban como la noche misma, confirmé que en México el beber también es un arte. Y sí, acompañado de sangrita —esa mezcla cítrica y ligeramente picante que despierta el alma— todo tiene más sentido. Las enchiladas divorciadas, con sus dos salsas que no se mezclan pero conviven, parecían una metáfora perfecta de la vida misma.
Los desayunos no se quedaban atrás. Recuerdo unos canapés de pollo con vegetales, acompañados de un jugo verde de nopal, apio y manzana que sabía a disciplina y redención. Y otros días, chilaquiles con ese picante que no solo despierta el cuerpo, sino también los recuerdos.
Una noche caminamos por calles que parecían susurrar historia en cada esquina. Me encontré con una que llevaba el nombre de mi país —un guiño inesperado, como si México me dijera “aquí también pertenecés un poco”. Llegamos al majestuoso Palacio de Bellas Artes, ese templo donde el arte se vuelve casi sagrado. Y en el Zócalo, una exposición de alebrijes llenaba la plaza de colores imposibles, como si los sueños hubieran decidido tomar forma.
Esa misma noche, entre risas y pasos sin rumbo, terminé comiendo burritos con chile chipotle y una Bohemia oscura —obvio—, porque ya para entonces había entendido algo: repetir también es una forma de homenaje.
Y como cierre de esa iniciación mexicana, la lucha libre en la Arena México. Aquello no es un espectáculo: es un ritual colectivo. Más cercano a una misa pagana que a un deporte. Máscaras, gritos, drama, catarsis. Salí de ahí convencido de que, en México, hasta la ficción se vive con una intensidad profundamente real.
Hoy, cuando pienso en ese viaje, sonrío. No hubo videos, no hubo contenido, no hubo estrategia. Solo experiencia pura. Y quizá por eso, sigue siendo uno de los viajes más honestos que he tenido.
Porque a veces, viajar sin cámara es la única forma de capturarlo todo.
























































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