Guinness, risas y un lago en calma: despedida suiza
- Alfredo Carias
- Apr 8
- 3 min read
Updated: Apr 11
Esta es la última crónica de mi viaje por este hermoso país. Y como en esas películas que te obligan a armar el rompecabezas emocional al revés, empiezo por el final: el regreso.
El vuelo de vuelta a El Salvador fue, curiosamente, todo lo contrario a la ida. Sin sobresaltos, sin ese pequeño caos que suele acompañar lo desconocido. Como si Suiza, elegante hasta en sus despedidas, hubiera decidido darme una salida limpia, ordenada, casi diplomática… muy acorde a la razón por la que estuve aquí: una cobertura especial en la Organización de las Naciones Unidas.
Pero antes de ese avión, hubo un último día. Y qué manera de despedirse.
Caminé por las calles de Butini, en el cantón de Ginebra. Hay algo en ese barrio —en sus fachadas sobrias pero llenas de carácter, en sus colores que no gritan pero seducen— que transmite una calma casi institucional, como si cada edificio supiera que está a pocos pasos de decisiones que afectan al mundo. Todo es orden, todo es ritmo, todo es… diplomacia.
Ahí, entre pasos lentos y pensamientos largos, me regalé una penúltima mirada al Lago Lemán. El agua parecía inmóvil, como si también estuviera haciendo una pausa para despedirse. Y yo, intentando guardar esa imagen en la memoria con la torpeza de quien sabe que ninguna foto mental será suficiente.
Después vino el tren.
Viajar en tren en Suiza es otra forma de entender el tiempo. Puntual, silencioso, casi poético. Y sí, lo hice muchas veces en este viaje, pero ese trayecto en particular —solo, rumbo a Lausana— tenía un sabor distinto. Era una especie de epílogo en movimiento.
En Lausana me esperaba Mitch.

No hubo protocolo, ni solemnidad, ni discursos. Me recibió con cervezas en la mano y una colección de historias tan absurdas como geniales. Reímos sin medida, de esas risas que te hacen olvidar que estás lejos de casa… o quizá te hacen sentir que ya no lo estás tanto.
Entre conversaciones y brindis, también hubo tiempo para redescubrir la ciudad. Restaurantes donde la pasta tenía ese punto exacto entre lo casero y lo memorable. Y sí, las cervezas fueron protagonistas de esta historia: desde una Guinness intensa y densa, pasando por la clásica Kronenbourg 1664, hasta una sorprendente St. Gotthard Lager que se sentía tan suiza como los trenes puntuales. Todo esto entre restaurantes y algún bar hipster del que, fiel a la costumbre de vivir el momento, olvidé tomar fotos.
También hubo pequeños hacks de viajero: descubrimos Denner, ese tipo de supermercado que se vuelve tu mejor aliado cuando el presupuesto empieza a negociar contigo. Ahí encontramos chocolate bueno, bonito y barato —sí, en Suiza eso existe— y hasta su propia marca de cerveza, mucho más accesible que en bares y restaurantes. Tip aprobado y recomendado para futuros viajeros.
Y como toda buena noche que no quiere terminar, terminamos en el muelle. La luna llena colgaba sobre el Lago Lemán como si alguien la hubiera puesto ahí a propósito para cerrar la escena. Caminamos sin prisa, con esa complicidad silenciosa que solo se logra después de muchas risas.
En algún punto, entendí que lo que hace especial a un viaje no son solo los lugares —por más perfectos que sean— sino las personas que aparecen en el camino y lo convierten en algo más humano, más real.
Y ahora sí, como despedida… al más puro estilo de Anthony Bourdain:
Porque al final, no se trata de los sellos en el pasaporte ni de las postales perfectas. Se trata de las conversaciones incómodas, de las risas inesperadas, de esa cerveza que no pensabas pedir y terminó contándote una historia. Se trata de perderte lo suficiente para entender dónde estás parado… y de aceptar que nunca vas a comprenderlo todo, y está bien.
Suiza no fue solo diplomacia, trenes puntuales y paisajes de catálogo. Fue ese equilibrio extraño entre lo perfecto y lo profundamente humano. Y yo, viniendo de un rincón del mundo donde todo es más caótico pero igual de intenso, encontré en ese orden una nueva forma de mirar.
Uno viaja pensando que va a descubrir el mundo… pero casi siempre termina descubriéndose a sí mismo, en una mesa, en una calle, o en silencio frente a un lago.

Y justo cuando uno cree que ya se despidió como se debe, aparece el francés —elegante, preciso, casi innecesariamente sofisticado— para recordarte que las despedidas aquí también tienen estilo.
Así que no diré adiós… diré on se revoit bientôt.
Que en mi caso, con suerte, significa “hasta pronto”… y no “cuando el presupuesto, la agenda y la vida adulta se pongan de acuerdo otra vez”.

































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