Ginebra sin filtro: lo que pasa cuando dejas de grabar y empiezas a vivir
- Alfredo Carias
- Apr 1
- 5 min read

Después de once horas de vuelo, más las escalas que parecían no tener fin, el cuerpo entra en una especie de limbo donde el tiempo deja de importar. Así llegamos a Ginebra: con la mente nublada, las piernas pesadas y esa mezcla de emoción y agotamiento que solo se siente al aterrizar en un lugar completamente nuevo.
Escribo esta crónica ahora, tiempo después, con una especie de deuda personal. Durante el viaje no entendía del todo lo valioso que era documentar cada momento, grabar, registrar, capturar en video lo que estaba viviendo. Hoy lo veo distinto: cada escena, cada error, cada descubrimiento habría sido oro puro para compartir en YouTube. Pero en ese entonces estaba más ocupado sobreviviendo al cansancio que pensando como narrador. Esta crónica, de alguna forma, intenta recuperar lo que no grabé, reconstruir en palabras lo que la cámara nunca captó.
Nuestra primera prueba de supervivencia fue el tren. Salimos desde la Gare de Cornavin, la principal estación ferroviaria del cantón, un punto neurálgico donde todo parece moverse con precisión suiza. Y no es una forma de hablar: los trenes parecen hacer honor a la reputación de los relojes suizos, con una puntualidad casi ofensiva. Llegan exactamente a la hora indicada, ni un segundo antes, ni uno después. Es un nivel de eficiencia que te hace revisar tu propio reloj, como si el problema fueras tú.
Ahí, sentado dentro de ese sistema perfectamente sincronizado, no pude evitar pensar —con un toque de humor y resignación— en cómo sería tener algo así en casa. Un transporte público donde uno no dice “ya casi viene”, sino “viene exactamente en 2 minutos con 15 segundos”. Donde esperar no es un acto de fe, sino una ciencia exacta. Era tan impecable que, por un momento, me hizo sospechar que los trenes suizos no se atrasan… simplemente el tiempo se ajusta a ellos.
Al bajar del tren, comenzamos a caminar por las calles de Ginebra en busca del Hotel Longchamp. Las calles eran ordenadas, silenciosas, casi impecables… pero no por eso aburridas. En algunos edificios, durante el trayecto, nos topamos con una combinación casi surrealista: afiches perfectamente diseñados promocionando obras de teatro, conciertos o exposiciones, pegados justo al lado de grafitis espontáneos que rompían con toda esa estética pulida. Era como si la ciudad elegante y diplomática tuviera pequeñas fugas de rebeldía en sus paredes.
Esa mezcla tenía algo fascinante. Por un lado, el glamour que uno espera de una ciudad como Ginebra; por otro, ese toque urbano que parecía decir: “sí, somos organizados… pero tampoco tanto”. Confieso que me sorprendió. Uno viaja con la idea de que todo será impecable, casi intocable, y de repente aparece un muro intervenido que te recuerda que la ciudad también respira, se expresa y, de vez en cuando, se despeina. Un contraste que, lejos de decepcionar, le daba carácter.
Pero nuestro sentido de orientación no estaba a la altura de la ciudad. Fue entonces cuando aparecieron, como enviadas por el destino, un par de argentinas que, con acento familiar y buena disposición, nos ayudaron a encontrar el rumbo. En ese momento, escuchar español en medio de ese entorno europeo se sintió como un pequeño refugio.
La llegada al hotel fue, sin exagerar, una escena digna de comedia… y también de revelación. La recepcionista nos habló en francés con total naturalidad, como si fuera obvio que debíamos entenderle. Yo, armado con mi inglés básico y una sonrisa nerviosa, traté de responderle mientras improvisaba gestos y palabras sueltas. Fue torpe, sí, pero también genuinamente divertido.
Pero hubo un momento que se me quedó grabado. Al finalizar, la recepcionista nos dijo “"Bonsoir" (pronunciado aproximadamente bonsuá). No necesité entender francés para saber que nos estaba deseando buenas noches. Y, sin embargo, en mi mente sonó distinto… sonó lejano, elegante, casi cinematográfico. En ese instante lo interpreté no solo como un saludo, sino como una confirmación silenciosa: estaba en otro país, en otro idioma, a miles de kilómetros de casa. Y qué bonito se sintió.
El hotel está ubicado en una zona bastante céntrica, cerca de la estación de autobuses Butini, lo que facilitaba movernos. A pocos minutos caminando se encuentra el majestuoso Lago Lemán, un lago de aguas tranquilas que parece sostener la ciudad en equilibrio. Caminar por sus orillas al atardecer es casi obligatorio: el aire es fresco, el paisaje limpio y las montañas al fondo le dan una sensación casi irreal.

Muy cerca también están espacios verdes como el Parc La Grange y el Parc des Eaux-Vives, parques amplios donde la ciudad respira. Allí la gente corre, lee, conversa o simplemente se sienta a mirar el lago. Son lugares que invitan a bajar el ritmo, algo que uno agradece después del caos de un viaje largo.
Otro punto cercano es el Palacio de las Naciones, un sitio cargado de historia donde se toman decisiones que impactan al mundo entero. Estar a pocos kilómetros de un lugar así te hace sentir pequeño, pero también parte de algo más grande.
Sin embargo, no todo en Ginebra es lo que aparece en las postales. Muy cerca del hotel descubrimos una zona menos mencionada: el barrio rojo de la ciudad, discreto pero presente, y una creciente mezcla cultural marcada por comunidades árabes y sudamericanas, especialmente colombianas. Esa diversidad se siente en las calles… y sobre todo en la comida.
Fue ahí donde tuve mi primer encuentro con el kebab. Este platillo, de fuerte influencia del Medio Oriente y en este caso de origen libanés, consiste generalmente en carne —pollo, res o cordero— cocinada en un asador vertical, cortada en finas láminas y servida en pan con vegetales y salsas. Algo sencillo, rápido… pero sorprendentemente delicioso. Recuerdo haberlo probado con cierta curiosidad y terminar completamente convencido. En ese momento me sentí como Anthony Bourdain, descubriendo el mundo a través de sus sabores, encontrando historias en cada bocado.
Y claro, hablar de comida en Suiza es inevitablemente hablar de precios. La moneda local es el franco suizo, que juega en otra liga frente al dólar gringo. Cada vez que veía un menú, hacía una conversión mental automática que venía acompañada de una ligera crisis existencial. Fue ahí donde tuve que sacar mis dotes de consumidor ahorrador salvadoreño: comparar, calcular, justificar… y a veces simplemente aceptar que ese almuerzo era una inversión cultural. Había momentos en los que no sabía si estaba pagando por la comida o patrocinando discretamente la economía suiza. Aun así, dentro de todo, lugares como los de kebab ofrecían un respiro al bolsillo: opciones accesibles que permitían seguir explorando sin sentir que cada bocado era una decisión financiera de alto riesgo.
Así fue Ginebra para nosotros en esos primeros días: una mezcla de cansancio extremo, descubrimientos inesperados, pequeñas confusiones y grandes momentos. Una ciudad elegante, sí, pero también humana, diversa y llena de contrastes que se revelan solo cuando uno se pierde caminando por sus calles… y cuando uno, tiempo después, intenta volver a vivirla escribiéndola.

































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