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Cuando la montaña despierta: relatos del volcán de San Salvador

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Feb 10
  • 3 min read

El amanecer en el volcán de San Salvador no ocurre: despierta.

Nace desde las entrañas de la montaña, empujado por los vientos antiguos que recorren la cima como espíritus errantes. Subí antes de que el sol recordara su nombre, cuando la noche aún gobernaba los senderos y la tierra respiraba en silencio bajo mis pasos.


El viento no soplaba: susurraba. Traía consigo voces viejas, palabras que no se dicen, memorias atrapadas en la lava endurecida. El frío atravesaba el cuerpo como una prueba, como si el volcán exigiera respeto antes de permitir el ascenso. Cada paso era una ofrenda.


Cuando el cielo comenzó a abrirse, lo hizo lentamente, en tonos de fuego suave y ceniza sagrada. Desde lo alto, la ciudad dormida parecía un recuerdo lejano, envuelta en neblina, pequeña frente a la presencia inmensa del volcán. Allá abajo existe la modernidad; aquí arriba, el tiempo se arrodilla.


En una curva del sendero, cuando el viento parecía hablar más claro, nos encontramos con Eugénica. Bajaba con paso firme, abrazando su celular como quien protege una pequeña llama. No había electricidad en su casa, así que descendía para recargarlo donde la montaña lo permite. Mientras caminábamos juntos unos metros, fue ella quien abrió el umbral de lo invisible. Habló del Cipitillo, travieso y burlón, apareciéndose entre los cafetales para confundir a los distraídos; de la Ciguanaba, bella y temida, peinándose en los barrancos cuando la neblina baja espesa; y del Jinete sin Cabeza, que según cuentan se deja oír cuando los vientos soplan con furia. Eugénica no narraba: recordaba, como si esas presencias siguieran caminando a su lado.


Más arriba, el volcán nos cruzó con Leónidas. Avanzaba despacio, pero con determinación, cargando un cántaro rumbo a la zona del tanque comunitario, de donde se abastecen de agua. Su caminar tenía algo ritual, como si cada paso repitiera un gesto aprendido desde siempre. Nos habló sin prisa de la vida en la montaña, de la escasez que se vuelve costumbre, de la paciencia que enseña el volcán. No hay agua potable ni energía eléctrica, pero hay una relación profunda con la tierra, una forma distinta de medir el tiempo. “Aquí uno aprende a esperar”, dijo, y el viento pareció asentir.



Un poco más arriba, el sendero nos regaló una pausa. Nos detuvimos en un claro, donde el volcán abre el pecho hacia el horizonte. Sacamos café caliente, y el vapor se mezcló con la neblina como una ofrenda silenciosa. Bebimos despacio, en respeto, mientras el sol comenzaba a asomarse detrás de las montañas. El amanecer nos encontró en silencio, con los ojos abiertos y el corazón atento, contemplando cómo la luz despertaba la tierra. En ese instante entendí que no solo estábamos mirando el alba: estábamos siendo parte de ella.


El sol, finalmente, se asoma como un antiguo dios cansado pero justo. Su luz cae sobre la ciudad y enciende la montaña desde dentro. Las cicatrices de lava brillan, no como heridas, sino como escritura sagrada. En ese instante comprendo que el volcán no es paisaje: es altar.


Desciendo en silencio, con el viento golpeando el rostro y el corazón encendido. Sé que en plena modernidad hay comunidades sin agua ni luz, pero también sé que aquí, en esta cima, persiste algo más antiguo y más fuerte: la dignidad, la memoria y la certeza de que cada amanecer es un pacto renovado entre la tierra y quienes la habitan.


El volcán de San Salvador no se visita.

Se escucha.

Se respeta.

Y, si uno llega con el espíritu abierto, se revela.

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