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Crónica de un viaje al norte profundo de Guatemala

Writer: Alfredo Carias
Alfredo Carias
Apr 9
4 min read

Hay viajes que se sienten como una cobertura periodística… y otros que se vuelven memoria antes de terminar de vivirse. Este fue ambos.


Llegué a Todos Santos Cuchumatán con la grabadora y libreta lista, como corresponsal, pero también con el corazón abierto, como turista. El aire en la sierra tiene algo distinto: no solo es más frío, es más honesto. Los paisajes se despliegan como si alguien hubiese decidido que la belleza no debía esconderse: montañas ondulantes, cielos que parecen recién lavados y caminos que cuentan historias en cada curva.



Antes de asentarnos del todo, hicimos una parada que se quedó grabada como una postal imposible: Chiantla. Ahí entendí lo que significa estar realmente arriba. Tan arriba que las nubes dejaban de ser cielo para convertirse en paisaje. Se extendían como algodón sobre las montañas, suaves, densas, casi al alcance de la mano. El frío no era un detalle: era protagonista. Las bajas temperaturas calaban los huesos, pero también despertaban algo más profundo, como si cada bocanada de aire te recordara que estabas vivo en un lugar extraordinario.



La gente… la gente es otro paisaje. Y lo confirmé en la comunidad de Buena Vista, donde los rostros cuentan historias sin necesidad de palabras. Sonrisas francas, manos trabajadas, miradas que sostienen el tiempo. En cada saludo había una pausa, una conexión breve pero real, como si por un instante dejaras de ser visitante para volverte parte del lugar. Ahí entendí que el viaje no era solo geográfico, sino profundamente humano.



Pero toda crónica necesita un punto de partida, y el nuestro comenzó en Quetzaltenango. Xela, como la llaman con cariño, nos recibió con su elegancia discreta. Hay una belleza arquitectónica que se impone sin ruido: fachadas históricas, detalles coloniales y republicanos, calles que mezclan lo antiguo con lo cotidiano, como si la ciudad entera fuera un testimonio vivo de su propia historia.


Y fue ahí —en un restaurante de paso, fuera de serie, rumbo a las montañas de Todos Santos— donde comenzó la anécdota que aún me hace sonreír: el cordero, pero también algo mucho más profundo.



El lugar parecía salido de una película del oeste: casi desértico, con una estética inesperada en medio del camino, rótulos peculiares que arrancaban sonrisas y una atmósfera suspendida en el tiempo. Era de esos sitios que uno no busca, pero que terminan definiendo el viaje.


Cordero en el desayuno, en el almuerzo y en la cena. Pero ese primer desayuno tuvo otro sabor. Antes incluso del cordero, llegaron a la mesa los esenciales que lo dijeron todo: frijoles negros, densos y reconfortantes, acompañados de tortillas tostadas en comal de leña, con ese aroma ahumado que no se puede imitar. Y no pude evitar pensar qué diría Anthony Bourdain ante algo así: probablemente levantaría la mirada, sonreiría con ese gesto entre irónico y sincero, y diría que aquí —en lo simple, en lo honesto— está la verdadera cocina, la que no necesita pretensiones porque ya lo tiene todo.



Una avena inesperadamente deliciosa —suave, cálida, casi abrazadora— me sorprendió como si fuera un gesto de hospitalidad silenciosa. Y el café… un pacamara de acidez brillante y textura sedosa, de esos que no solo despiertan, sino que afinan los sentidos. Imagino que incluso él haría una pausa más larga de lo habitual, sosteniendo la taza, reconociendo que en ese sorbo hay territorio, historia y oficio.



Entre esos sabores, tuvimos nuestro primer encuentro con mujeres y hombres de comunidades que luchan contra la minería y las hidroeléctricas en sus territorios. No fue solo una comida: fue una conversación que abría los ojos, un intercambio que trascendía lo gastronómico. Había firmeza en sus palabras, pero también una serenidad poderosa, una convicción que parecía nacer de una comprensión holística de la tierra, del agua y de la vida misma.


El cordero seguía siendo protagonista —en caldo, asado, guisado, frito— reinterpretado como si cada plato fuera una forma distinta de rendirle homenaje. Pero desde ese momento, cada bocado llevaba también el peso de esas historias, de esas luchas silenciosas y dignas. Al principio fue fascinación: ese sabor profundo que parecía contar su propia historia de montañas y pastos altos. Luego vino la sorpresa… y finalmente, la rendición.


Mis muelas —testigos involuntarios de tanta devoción gastronómica— comenzaron a protestar. No era solo dolor físico; era la señal de que estaba viviendo algo tan intenso, tan fuera de lo cotidiano, que incluso el cuerpo necesitaba procesarlo. Entre risas y resignación, entendí que también eso era viajar: dejar que la experiencia te sobrepase un poco.



Cuando finalmente llegamos a Todos Santos, el ritmo cambió. Más pausado, más esencial. Los trajes tradicionales llenaban las calles de color y orgullo, como si cada hilo tejiera identidad. Había algo profundamente inspirador en ver cómo la cultura no solo se conserva, sino que se vive con naturalidad, sin esfuerzo aparente.



Caminé por sus calles con la sensación de estar en un lugar donde el tiempo no corre, sino que respira. Y en ese respirar encontré una nostalgia extraña: la de saber que, aunque apenas estaba llegando, ya iba a extrañar todo eso.


Porque así son algunos viajes: no se miden en kilómetros ni en días, sino en lo que te dejan cuando ya no estás.


Y entre montañas, nubes de algodón, paisajes de película, café humeante, cordero interminable, luchas dignas y sonrisas sinceras, supe que esta historia no era solo una crónica… era un recuerdo que empezaba a doler bonito incluso antes de terminar.

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