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Barra de Santiago: donde el manglar me enseñó a mirar despacio

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Feb 9
  • 3 min read

Llegué a Barra de Santiago no solo como turista, sino como periodista ambiental, con la costumbre de mirar más allá del paisaje bonito y hacerme preguntas sobre lo que sostiene ese equilibrio. Apenas bajé del vehículo entendí que este no es un lugar para pasar de largo: es un territorio que te pide tiempo, atención y respeto.


Mi primer encuentro fue con la comida, porque también investigo desde el paladar. En el restaurante Bendición de Dios, confirmé algo que he visto en muchas comunidades costeras: cuando el mar está cerca, la cocina no necesita artificios. Comí pescado y mariscos frescos, bien servidos y a precios accesibles. Para quien documenta realidades, eso también es sostenibilidad: comer bien sin que el turismo expulse a la gente local.



Como creador de videos, busco lugares donde la cámara no estorbe, donde la historia se cuente sola. Barra de Santiago tiene esa virtud rara: en un mismo día podés grabar playa y manglar, dos ecosistemas opuestos que aquí conviven sin conflicto. Un plano abierto del Pacífico y, minutos después, un traveling lento entre canales verdes donde el silencio pesa más que el ruido.


Me subí a una lancha para recorrer el estero. El costo es sencillo y justo: 40 dólares por una lancha completa para hasta 12 personas, con la opción de llegar hasta La Zapatera o extender el recorrido hasta la bocana. Pero más allá del precio, lo que importa es lo que se aprende ahí dentro. El manglar no se recorre con prisa; se escucha.


Durante el trayecto confirmé por qué esta zona es un sitio RAMSAR y uno de los humedales más importantes del país. Frente a mí aparecieron cocodrilos americanos (Crocodylus acutus), inmóviles como si fueran parte del paisaje, y caimanes de anteojos camuflados entre raíces. Se pueden tener avistamiento de tortugas marinas Carey, aves como loras de nuca amarilla, garzas y martines pescadores, además de cangrejos azules y, con suerte, nutrias cruzando el agua con una naturalidad que ningún guion puede replicar.



Como periodista ambiental, uno aprende a distinguir entre turismo extractivo y turismo con conciencia. Aquí el recorrido no sería lo mismo sin la gente del lugar. Escuchar a las comunidades hablar de la conservación del corredor Barra de Santiago–El Imposible le da contexto a cada imagen grabada. No es solo biodiversidad: es un esfuerzo colectivo por protegerla.


La experiencia no termina en el manglar. En la playa, las rompientes invitan al surf, y en zonas como El Zapote se pueden practicar otras actividades acuáticas, desde buceo hasta esquí acuático. Para quienes buscan calma, Playa El Zapote, al norte de la barra, ofrece un mar más tranquilo, ideal para nadar, respirar y bajar el ritmo.


He documentado muchos territorios, pero pocos ofrecen esta combinación tan clara entre naturaleza viva, gastronomía local y comunidad organizada. Incluso el simple acto de caminar hacia la Bocana de la Barra de Santiago, donde el estero se encuentra con el mar, se convierte en una metáfora visual perfecta para cualquier video: agua dulce y salada mezclándose, sin imponerse.


Me fui de Barra de Santiago con la tarjeta de memoria llena y la libreta también. Pero, sobre todo, me fui con la certeza de haber estado en un lugar donde la conservación no es discurso, sino práctica diaria. Como periodista ambiental y productor audiovisual, sé que hay historias que se cuentan con palabras y otras que se filman. Esta, sin duda, merece ambas.

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