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Verde entre el Concreto

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Aug 4, 2025
  • 2 min read

Updated: May 5

En medio del ruido constante de motocicletas y el eco lejano de sirenas, en una comunidad marginada del Área Metropolitana de San Salvador, un grupo de jóvenes decidió plantar algo más que esperanza. Lo hicieron literalmente: cavaron entre el concreto agrietado de un espacio de tierra abandonada, donde antes se libraban peleas y se vendía droga, para sembrar tomates.


Las jóvenes del Colectivo Micelio Suburbano seleccionan los tomates cherrys que serán parte de la ensalada de la "Mesa Común".
Las jóvenes del Colectivo Micelio Suburbano seleccionan los tomates cherrys que serán parte de la ensalada de la "Mesa Común".

En el corazón de una ciudad gris y ruidosa, entre callejones olvidados y azoteas llenas de antenas, un grupo de jóvenes decidió plantar esperanza. Se hacían llamar "Micelio Suburbano", un colectivo de jóvenes que nació en los condominios multifamiliares de la colonia Zacamil, impulsado por el alto costo de los alimentos y la frustración de ver su comunidad deteriorarse entre basura, calor y humo.


Con ayuda de unos agroecólogos y algunos vecinos, comenzaron a limpiar el lote donde antes hubo un basurero, ahora convertido en un huerto de chiles cherry. No tenían herramientas, así que usaron cucharones de cocina, palas prestadas y guantes rotos.

Poseen un Santuario de Semillas Criollas para sembrar rábanos, tomates cherry, cilantro, chiles y algunas flores para atraer abejas.
Poseen un Santuario de Semillas Criollas para sembrar rábanos, tomates cherry, cilantro, chiles y algunas flores para atraer abejas.

Con el tiempo, los huertos crecieron. Entre los pasillos de zacate seco, comenzaron a brotar lechugas, cebollas, papas, rábanos, chiles y hasta plantas medicinales. Los colores vivos contrastaban con los muros llenos de grafiti. Las niñas y niños del barrio se acercaban a mirar, y algunos pedían ayudar. Los vecinos empezaron a traer botellas para hacer riego por goteo. El proyecto se convirtió en algo más grande que ellos.


Pronto, el lugar se llenó de color verde. Los que antes pasaban con prisa, ahora se detenían a mirar.


Cada tarde, los jóvenes salían de sus apartamentos directo al huerto. Aprendieron a hacer compost con los restos del almuerzo, recogían agua lluvia en barriles y fabricaron bancales con cajas viejas. Todo era reciclado, improvisado, pero lleno de vida.


La noticia corrió por redes sociales. Instituciones y escuelas se admiraron. Un día, llegarón muchas invitaciones para impartir charlas de está innovación ecológica en los centros escolares y en foros públicos. La exposición mediática les trajo popularidad por la aventura loca de cultivar alimentos en medio de los edificios de una ciudad.


El proyecto creció. Se sumaron mujeres, adultos mayores y más jóvenes. El huerto no solo alimentaba a algunas familias con verduras frescas, también regeneraba un tejido social roto por años de abandono.


Y así, entre el concreto y la prisa, el huerto se volvió más que un jardín. Se volvió un símbolo. De rebeldía, de ternura, de que los jóvenes pueden —con tierra, agua y voluntad— cambiar la ciudad desde abajo.


 
 
 

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