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El último humo del asador

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Jun 28
  • 3 min read

Mi amor por los asados no nació en una parrilla elegante ni en un jardín de revista. Nació en una casa humilde donde la abundancia no se medía por lo que había en la cuenta bancaria, sino por lo que cabía en la mesa cuando la familia se reunía.


De pequeño aprendí que el amor podía tener olor a carbón encendido.


Mi papá no era un hombre de cocinar todos los días. De hecho, la cocina no era su territorio habitual. Pero cuando la economía del hogar daba un pequeño respiro, ocurría algo extraordinario: era tiempo de hacer un asado.


Entonces aparecían el garrobo, el cuzuco, la carne de res o un pollo adobado con paciencia. Mi padre se transformaba. Tiraba la casa por la ventana para nosotros. No porque sobrara el dinero, sino porque sobraba el corazón.


Desde mi vista de niño de barrio, lo observaba encender el fuego. Parecía un ritual sagrado. Mientras las brasas despertaban, llegaban las conversaciones, las risas de los vecinos, los primos corriendo y el aroma que se escapaba por las calles anunciando que en aquella casa había fiesta, aunque no hubiera ninguna fecha especial.


Con el tiempo comprendí que aquellos asados nunca trataron únicamente sobre comida.


Eran una forma de decir: "Los quiero".


Mi padre nunca fue rico en cosas materiales. Pero era millonario en generosidad. Y esa riqueza terminó heredándose como se heredan las mejores cosas: sin documentos, sin firmas y sin testamentos.


Se heredan por el ejemplo.


Por eso, cuando crecí, descubrí que me gustaba asar carne para mi familia y mis amigos. No porque me creyera cocinero. Mucho menos chef. Lo hacía porque cada domingo frente al fuego me acercaba un poco más a aquel hombre que me enseñó que alimentar a alguien es una de las formas más sinceras de amar.



Así comenzaron mis propios asados domingueros.


Llegaron los sobrinos, los amigos de siempre, las conversaciones interminables y las carcajadas que sólo aparecen cuando el estómago está contento y el corazón también.


Mi viejo asador fue testigo silencioso de todo eso.


Ha soportado lluvias repentinas, tardes soleadas, celebraciones improvisadas y hasta algunos experimentos culinarios que es mejor no recordar. Si pudiera hablar, seguramente tendría suficientes historias para escribir un libro entero sobre las alegrías y tragedias de la cocina al aire libre.


Ahora ese asador envejecido descansa en el patio como un viejo amigo que empieza a despedirse.


El metal está gastado. El tiempo ha dejado sus marcas. Y cada vez que lo enciendo siento que quizá estoy viviendo los últimos capítulos de una tradición que me ha acompañado durante años.


Mientras las brasas vuelven a encenderse, recuerdo a mi padre.


Recuerdo sus manos alimentando el fuego y a toda la familia esperando alrededor como si estuviéramos asistiendo a una ceremonia.


Y quizá lo era.


Porque el asado nunca fue sobre la carne.


Fue sobre la gente.


Sobre la familia.


Sobre los amigos.


Sobre esos momentos que parecen simples mientras ocurren, pero que terminan convirtiéndose en los recuerdos más valiosos de una vida.


Anthony Bourdain decía que las mejores comidas rara vez son las más sofisticadas; son aquellas donde el contexto y la memoria les dan sabor. Tenía razón. Porque ningún restaurante del mundo puede competir con una tarde cualquiera en la que mi padre decidió gastar un poco más de dinero para hacernos sentir inmensamente ricos.


Hoy, cuando el humo vuelve a subir hacia el cielo y el viejo asador cumple una jornada más de servicio, entiendo que las brasas también tienen memoria.


Y mientras quede un poco de fuego, seguiré alimentándolo.


No para cocinar carne.


Sino para mantener encendida la manera en que mi padre me enseñó a querer.

 
 
 

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