Un país que todavía sorprende
- Alfredo Carias
- Apr 14
- 3 min read

El camino hacia lo inesperado siempre empieza con una idea simple: “eso no puede estar en mi país”. Y sin embargo, ahí íbamos, saliendo desde San Salvador, con equipo en mano y la curiosidad encendida, rumbo a un destino que parecía más una exageración de sobremesa que una ubicación real en el mapa: el Cristo Redentor de San Luis del Carmen.
La ruta es de esas que se sienten como transición entre mundos. Unas dos horas —quizá un poco más si uno se deja seducir por las pausas inevitables del paisaje— bastan para abandonar el ruido urbano y empezar a escuchar el idioma de la montaña. La carretera se va estrechando, el aire se vuelve más fresco y, de pronto, Chalatenango aparece como un viejo sabio que no necesita presentaciones.
Un Cristo entre montañas
No es Río de Janeiro, pero tampoco intenta serlo. Ese es precisamente su encanto. El Cristo Redentor de San Luis del Carmen se levanta con una humildad monumental, abrazando no a una ciudad gigantesca, sino a un paisaje íntimo, de cerros verdes y silencios profundos. Ahí, uno entiende que la grandeza no siempre necesita multitudes.

Como periodista, uno aprende a no romantizarlo todo… pero como turista, hay momentos en los que la emoción gana. Y este fue uno de ellos.
El espejo inmenso del Cerrón Grande
A pocos kilómetros, el Embalse del Cerrón Grande —o lago Suchitlán, como muchos lo llaman con cariño— se abre como un espejo inmenso que refleja el cielo con una paciencia casi poética. Hay algo hipnótico en esa quietud: el agua apenas se mueve, pero lo dice todo.
Y en medio de esa inmensidad, justo frente a la llamada isla del Cristo, hay una cabaña solitaria que parece sacada de una postal que alguien olvidó firmar. Desde la distancia uno intenta descifrar su propósito: ¿restaurante improvisado?, ¿refugio de pescadores?, ¿o simplemente un capricho humano en medio del agua? Nadie nos dio una respuesta clara, y quizá eso la hace más interesante. Hay misterios que funcionan mejor sin explicación, como ciertas buenas historias.
Ahí uno entiende por qué la gente se queda. O por qué, a veces, también se va.
La historia que no se ve en las postales
El motivo del viaje no era solo contemplar. Llegamos a una comunidad campesina para escuchar una historia que se repite demasiado en El Salvador: la migración forzada. Pero esta vez, además de la libreta y la cámara, llevábamos un propósito más lejano: aquella entrevista formaría parte de un reportaje radial destinado a audiencias en Alemania.
Pensar que esas voces, nacidas entre cerros y caminos de tierra, cruzarían el océano para ser escuchadas en otro idioma, en otro clima, en otra realidad… le daba al momento un peso distinto. No era solo contar lo que pasa aquí, era traducir la dignidad de una familia salvadoreña para un mundo que muchas veces solo conoce cifras.
Nos recibieron como si nos conocieran de toda la vida. Sin protocolos, sin distancia. En esas casas donde la puerta no solo está abierta, sino que parece no haber sido diseñada para cerrarse.
Ahí, entre conversaciones y silencios, entendí algo que no cabe en ninguna nota periodística: la dignidad no se pierde, incluso cuando todo lo demás se tambalea.
La cocina que no pide permiso para enamorar
Y entonces llegó la comida.
Una olla al fuego de leña, humeante, como si estuviera contando su propia historia. Sopa de gallina india, de esas que no necesitan presentación ni filtros de Instagram. Tortillas recién salidas del comal, infladas como orgullo campesino, acompañadas de una cuajada del lugar, fresca y honesta, de esas que no conocen intermediarios.
Y el café…
con quesadilla hecha en leña.
Aquí es donde invoco, sin pedir perdón, al espíritu de Anthony Bourdain: hay comidas que no solo se comen, se entienden. Y esta fue una de ellas. No era alta cocina, era alta verdad. Sabores que no buscan impresionar, sino quedarse. Y vaya que se quedan.
Lo que uno se lleva sin grabar
Ese día llevábamos cámaras, micrófonos, libretas… y una responsabilidad que viajaría mucho más lejos que nosotros. Porque mientras nosotros regresaríamos a San Salvador, aquellas voces seguirían su camino hasta Europa, colándose en la intimidad de una radio en Alemania, recordándole al mundo que las historias pequeñas son, en realidad, universales.
Pero hubo momentos —cada vez más frecuentes, por cierto— en los que simplemente decidí no grabar. Porque hay historias que no necesitan ser documentadas para ser eternas.
Me fui de San Luis del Carmen con material para un reportaje, sí. Pero también con algo más difícil de archivar: la certeza de que El Salvador todavía tiene rincones que sorprenden, conmueven y enseñan.
Y que, a veces, el mayor privilegio no es contar la historia…
sino haber estado ahí para vivirla.































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