top of page

Sobreviví al jet lag… y a la seguridad de la ONU

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 7
  • 3 min read

Hay lugares donde uno llega como turista… y otros donde entra casi como si estuviera atravesando un filtro invisible entre el mundo cotidiano y las decisiones que lo moldean. La sede de la Organización de las Naciones Unidas en Ginebra es uno de esos.


Nuestra historia comenzó mucho antes de cruzar sus puertas.


El arte de entrar al mundo


Éramos cuatro periodistas salvadoreños, una pequeña comitiva con más curiosidad que certezas, intentando descifrar ese universo llamado diplomacia global. Pero antes de cualquier discurso, panel o entrevista… estaba la seguridad.


Estricta es decir poco.


Sin los trámites adecuados, entrar ahí es tan probable como colarse en una reunión de jefes de Estado con una pupusa en la mano. Por suerte, una organización con la que trabajábamos en la ciudad nos ayudó a gestionar el pase. Y así, con credenciales en mano —que uno sostiene con un orgullo casi infantil—, nos sentimos oficialmente parte de algo más grande.


El tren, ese gran diplomático suizo


Salimos desde Butini rumbo a la sede de la ONU en tren, y ahí descubrimos una de las primeras lecciones suizas: la eficiencia no se discute, se vive.


El tren no solo era más rápido, también más barato que moverse en carro. En una ciudad donde el tráfico y la gasolina parecen tener su propia agenda internacional, el tren se convierte en el verdadero mediador de conflictos urbanos.


Entre estaciones, conversaciones y silencios, uno empieza a entender por qué todo funciona.


El primer impacto: una silla que grita


Al llegar, lo primero que nos golpeó —no físicamente, pero sí emocionalmente— fue la imponente Broken Chair.



Doce metros de altura. Una pata rota. Y un mensaje imposible de ignorar.


Ahí está, frente al Palacio de las Naciones, recordándole al mundo que la diplomacia no es solo discursos elegantes, sino también heridas que aún no sanan.


Nos quedamos unos segundos en silencio. Algo raro en periodistas.


La ONU también se vive con café


Dentro, la experiencia cambia de tono. Pasas de lo monumental a lo humano.


En otra crónica ya lo había dicho —y lo sostengo—: la comida en la ONU es sorprendentemente buena. Pero lo que realmente nos salvó durante los primeros días fue la cafetería de prensa.



Ese pequeño santuario donde el café no solo despierta… también reconcilia.


El jet lag nos tenía negociando con el sueño en horarios poco diplomáticos, y ese café fue nuestro aliado silencioso mientras tratábamos de entender agendas, horarios y términos que suenan más complejos de lo que deberían.


Entre pasillos y causas globales


Tuvimos la oportunidad de conocer de cerca el trabajo de Amnistía Internacional dentro de la ONU.


Ahí uno recuerda que, más allá de la formalidad de los trajes y las banderas, hay gente trabajando todos los días para que las cosas sean un poco menos injustas.


Y eso, en medio de tanta estructura, se siente.


Un bosque, esculturas y sorpresas


Algo que no te cuentan suficiente: la sede de la ONU en Ginebra no es solo salas de conferencias. Es también un espacio verde, casi contemplativo.



Caminando por el bosque dentro del complejo, nos encontramos con el Monumento a los Conquistadores del Espacio, una obra que parece sacada de otra época, recordando que la humanidad también mira hacia arriba mientras intenta resolver lo que pasa abajo.



Más adelante, otra pieza nos detuvo: “Pax”, del artista Mimmo Rotella. Una obra que, como muchas en ese lugar, no necesita explicación larga… solo tiempo para mirarla.



Y finalmente, “La Creación del Hombre”, una representación que encaja perfectamente en ese entorno donde todo gira en torno a lo que somos y lo que intentamos ser como especie.


La belleza inesperada


Uno llega pensando que encontrará edificios grises, burocracia y formalidad. Y sí, todo eso está.


Pero también hay belleza.



Las instalaciones son enormes, sí, pero también más armoniosas de lo que uno imaginaría. Hay luz, hay arte, hay naturaleza… hay intención.


Y eso sorprende.


Epílogo de un periodista curioso


Entre credenciales, trenes, cafés y esculturas, entendí algo:


La diplomacia global no es un concepto lejano. Es un conjunto de personas, espacios y momentos donde el mundo intenta —a veces con éxito, a veces no— ponerse de acuerdo.


Y nosotros, cuatro periodistas salvadoreños, estuvimos ahí… observando, aprendiendo, y por momentos, simplemente disfrutando como turistas en uno de los escenarios más importantes del planeta.


Porque al final, incluso en la ONU, uno sigue siendo viajero.


Y siempre hay algo nuevo que contar.

 
 
 

Comments


bottom of page