Perderse para encontrar el Bosque de Piedra
- Alfredo Carias
- May 6
- 3 min read
Viajar como periodista tiene algo de oficio y mucho de instinto. Uno aprende a perseguir historias… pero a veces, las mejores te encuentran cuando bajas la guardia y te comportas como lo que en el fondo sos: un turista con mochila, curiosidad y tiempo.
Así continúo todo en La Palma.
Llegamos con Janet sin mayor plan que dejarnos llevar. Lo primero, como dicta cualquier viaje que se respete, fue el café (se recuerdan de la historia del fracaso del viaje a Copán). Un café que no solo despierta el cuerpo, sino también esa necesidad de caminar sin rumbo fijo, como si el pueblo tuviera algo guardado para nosotros.
Y lo tenía.
Después de ese ritual casi sagrado, decidimos recorrer las calles, perdernos a propósito. Entre risas terminamos metiéndonos en un callejón que no prometía nada… y por eso mismo prometía todo. La bajada era estrecha, silenciosa, como si nos estuviera evaluando.
Y entonces apareció.
Un puente colgante.
Oxidado.
Con la madera vencida por el tiempo.
Cubierto de moho.
Y con esa forma particular de temblar que te hace cuestionar todas tus decisiones en segundos.

Lo cruzamos. No porque fuera seguro, sino porque era inevitable.
Del otro lado, como si el universo premiara la terquedad, se abría un lugar que no estaba en ningún mapa emocional que llevábamos: Bosque de Piedra.
Un espacio improbable: hostal, vivero y museo de piedra. Sostenido más por el cariño que por la lógica.
Ahí conocimos a Don Mauricio.
Hay personas que no necesitan presentación. En cuestión de minutos ya estábamos conversando como viejos conocidos, como si el tiempo allá abajo —el de las coberturas, los horarios, las urgencias— fuera apenas un rumor lejano.
Sin darnos cuenta, el lugar nos fue atrapando.
Terminamos acostados en hamacas, con unas cervezas en la mano, dejando que la tarde hiciera lo suyo. El sonido del agua de la montaña, el aire fresco bajando entre las piedras, y esa sensación rara de no querer estar en ningún otro lugar.
No había prisa.
No había guion.
Y por primera vez en mucho tiempo, tampoco había necesidad de documentarlo todo.
Solo estar.
El lugar tenía cabañas en lo alto del cerro, opciones para acampar y una estética rústica que no intenta impresionar a nadie. Pero lo que realmente lo definía era su piscina de piedra, alimentada por agua de montaña. Una experiencia honesta, sin artificios.

Nada que envidiarle a un spa.
Esa tarde fue simple y perfecta: conversación larga, silencios cómodos, risas que no buscaban explicación. Y en medio de todo eso, la certeza de que habíamos encontrado algo más que un lugar.
Habíamos encontrado una historia.
Pero ya teníamos hotel pagado en el centro del pueblo. Nos fuimos con esa sensación incómoda de dejar algo pendiente… sin saber que en realidad solo lo estábamos posponiendo.
Porque algunos lugares no se visitan una sola vez.
Se quedan esperando.
Con el tiempo entendí que ese viaje también fue otra cosa.
Fue la última vez que supe de Janet en el país.
Después me enteré que regresó a Países Bajos, a continuar su vida. Luchando como camarera, pero con ese brillo de quien sabe que está hecha para algo más grande, aunque todavía no sepa exactamente qué.
No sabía, en ese momento, que ese sería nuestro primer viaje… y también el último.
La última vez que conversamos sin prisa.
Que nos reímos sin medir el tiempo.
Que disfrutamos simplemente de la compañía.
Hay amistades que no están hechas para durar, sino para suceder.
Son efímeras… pero no por eso pequeñas.
Trascienden fronteras, idiomas, contextos. Se vuelven recuerdos que no se repiten, pero que tampoco se desgastan.
A veces pienso que debí tomar más fotos.
Pero luego entiendo que no todo está hecho para archivarse.
Algunos recuerdos son demasiado honestos para volverse contenido.
Algunos se quedan con uno.
Y otros —como este— encuentran la forma de salir, años después, desde ese baúl invisible donde guardamos lo que nos cambió sin pedir permiso. Junto a fotos viejas, publicaciones olvidadas y fragmentos de vida que, sin saberlo, estaban esperando convertirse en historia.
Quizá por eso escribo ahora.
Para no perder del todo esos momentos.
Para darle forma a las travesías, las locuras, las aventuras…
y también a esos accidentes fortuitos que terminan siendo lo más importante del viaje.







Comments