Mamí también fue joven
- Alfredo Carias
- May 10
- 4 min read

A veces uno cree que las historias llegan porque las anda buscando. Pero hay otras que aparecen como visita inesperada, casi como reclamo cariñoso del destino. Me pasó viendo YouTube, cuando el algoritmo —que a veces conoce más nuestras nostalgias que nosotros mismos— me sugirió escuchar Diego Verdaguer y su canción Mamá, Ven A Sentarte Aquí.
Y ahí estaba yo, sin inspiración para escribir algo en estas fechas del Día de la Madre, pensando que quizá este año las palabras no iban a llegar. Pero bastaron unos acordes para que comenzaran a desfilar recuerdos como cipotes saliendo de la escuela.
Porque uno habla mucho de las madres heroínas —y sí, mi mamá y mi abuela ya tienen apartado un pedacito de cielo por todo lo que han hecho—, pero pocas veces hablamos del otro lado: de nosotros, los hijos, que también nacemos sin manual. Uno aprende a ser hijo a puro golpe… y en mi caso, literalmente.

Mi primera gran contribución a la paz familiar fue quebrarme el coco. La escena parece escrita por alguien con humor negro: mi familia visitando la tumba de mi hermano David, un momento solemne y triste… y yo decidiendo estrenarme en el mundo abriéndome la cabeza y poniendo en apuros a mi mamá y a mi papá. Desde entonces quedó claro que yo venía a darle desarrollo de personaje a la familia.
Y si de traumas infantiles hablamos, también puedo confirmar que soy testigo fiel de la legendaria “yina voladora” de las madres salvadoreñas. Una noche —ya ni recuerdo por qué discutía con mamí— cometí el grave error de responderle gritando.
Desde el arco del pasillo hasta el corredor de la casa, vi cómo se quitó la yina y me la lanzó como búmeran. Y no falló. Me pegó directo en el hocico. Desde ese día aprendí dos cosas importantes: el respeto y que una yina en manos de una madre tiene puntería sobrenatural.
Hasta hoy la molesto diciéndole que es vengativa, obviamente en broma. Porque detrás de ese carácter también vivía alguien que llenó la casa de alegría. Mi mamá casi nunca jugaba dentro de casa porque le gustaba mantenerla impecable, ordenada, como si fuera de exhibición. Pero existía una excepción sagrada: las guerras de agua.
Todo comenzaba en la pila del patio. Agarraba un guacal y empezaba el ataque sorpresa. Nos tiraba agua sin misericordia y ya no importaba si el agua llegaba hasta la sala recién trapeada. La casa terminaba convertida en un caos de carcajadas. Y visto ahora desde la distancia, quizá eso era la felicidad: una madre olvidándose por un momento del cansancio para simplemente reír con sus hijos.

Con los años uno entiende que las madres viven en estado permanente de emergencia emocional. Son enfermeras, psicólogas, cocineras y mediadoras del caos doméstico. Y aun así encuentran tiempo para preguntar: “¿Ya comiste?”.
Mi mamá incluso asumió tareas que en muchas familias todavía se esconden bajo la alfombra de la vergüenza. Fue ella quien me habló de educación sexual y quien me dio mi primer condón. Un momento incómodo para ambos, pero necesario. En una época donde muchos jóvenes enfrentaban embarazos no deseados por falta de orientación, ella prefirió tragarse la pena antes que dejarme crecer con silencios peligrosos. Ahora entiendo que eso también era amor.
Y si algo aprendí también, es que mi mamá fue la primera gran embajadora diplomática que conocí. Sobre todo cuando mi papá descubrió, por primera vez, que yo fumaba, que bebía cerveza o cuando llegué ebrio a la casa queriendo entrar silenciosamente, como si el olor a guaro no hablara primero que uno. Ironías de la vida: él, que también luchó con el alcoholismo, se enfurecía profundamente.
Ahí aparecía mi mamá negociando tratados de paz imposibles, bajándole intensidad al conflicto y evitando que la situación explotara más. Porque aunque uno de cipote siente que los padres exageran, con el tiempo entiende que muchas veces el miedo estaba disfrazado de enojo.
Y hablando de traumas domésticos, hay algo que sí odié durante años: los cortes de pelo patrocinados por mi mamá. Ella me llevaba religiosamente donde el barbero y yo salía con un corte que bauticé como “estilo Lugubrio de Los Picapiedra”. Un corte sin flow y sin derechos humanos capilares.
Pero ahora, curiosamente, hasta esas vainas las recuerdo con cariño. Porque detrás de ese corte horrible existía una mamá preocupada porque su hijo anduviera limpio y “presentable”. Aunque para uno en la adolescencia eso significara perder posibilidades románticas por dos semanas.
Por eso me golpea tanto esa parte de la canción de Residente en René cuando dice:
“Pero mami bailando flamenco nos alegraba el día
Dejó de actuar pa' cuidarnos a los cuatro
Y nos convertimos en su obra de teatro…”

Porque esa metáfora le pertenece a medio continente. Las madres dejan versiones enteras de sí mismas guardadas en una gaveta invisible. Cambian sueños por útiles escolares, descanso por desvelos y tranquilidad por criar a sus “pollitos”.
Hasta que uno crece.
Y entonces llega el momento donde descubres que tu mamá también era una persona antes de ser mamá. Que tuvo juventud. Que tuvo ganas de salir, de despejarse, de sentarse a tomar una cerveza sin sentirse juzgada. Ahora, en sus otoños, disfruto muchísimo cuando me cuenta esas historias donde salir de paseo parecía casi un acto de rebeldía femenina. Había demasiado juzgamiento social… y aunque amo profundamente a mi padre, en esa parte quizá no colaboró mucho.

Con el tiempo he entendido algo sencillo pero poderoso: las mujeres también merecen descanso, ocio, amor propio y espacios donde no tengan que ser únicamente madres o cuidadoras.
Por eso cada vez que salimos a pasear, aunque sea a un lugar sencillo, me quedo observando el brillo en los ojos de mi mamá. A veces se emociona por un café, por una carretera bonita o por una conversación tranquila. Y verla feliz produce una paz difícil de explicar.
Quizá por eso aquella canción apareció de casualidad aquella noche. Porque la vida a veces encuentra maneras extrañas de recordarnos que nuestras madres también fueron niñas, jóvenes, mujeres con sueños propios antes de convertirse en refugio de nuestros desastres. Y ahora, cuando veo el brillo en los ojos de mamí durante un paseo sencillo, entiendo que quizá amar también consiste en devolverles un poco de la alegría que un día entregaron completa por nosotros.







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