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El café, la cámara y la lluvia

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Jun 10
  • 6 min read

Viajes bajo la lluvia


Mi perspectiva de la lluvia cambió durante mis primeros años ejerciendo el periodismo en la gestión del riesgo. Antes la veía como un simple fenómeno de la naturaleza, una compañera de tardes frescas y cielos grises. Con el tiempo aprendí que hay que tenerle respeto.


La lluvia es una bendición para los cultivos. Es la esperanza que reverdece los campos, el alivio para quienes viven de la tierra y observan el cielo con la misma atención con la que otros revisan una cuenta bancaria. Pero también puede convertirse en amenaza cuando el invierno llega con demasiada fuerza, cuando los ríos olvidan sus límites y el agua reclama territorios que parecían seguros.



Con el tiempo también cambiaron mis percepciones sensoriales. Aprendí a reconocer a la lluvia como un protagonista más de las historias que encontraba en mis viajes.


¿Cómo explicar que el olfato de un periodista funciona de manera distinta al de un ciudadano común? Antes de que caigan las primeras gotas, los sentidos comienzan a registrar señales casi imperceptibles. La brisa cambia de temperatura, el microclima se transforma, las nubes grises se organizan en el horizonte y el viento empieza a contar una historia que todavía no ocurre, pero que está por suceder.


En ese instante se activa algo parecido a un instinto. Mientras otras personas buscan refugio, mi mente comienza a procesar escenarios, riesgos y oportunidades. La lluvia deja de ser solamente agua cayendo del cielo y se convierte en un acontecimiento que merece ser contado.


Las prioridades también cambian. Lo primero no es ponerme una chaqueta impermeable; lo primero es proteger la cámara. Antes de pensar en mi propia comodidad reviso las fundas protectoras, verifico baterías, limpio lentes y trato de anticipar qué imágenes podrían desaparecer en cuestión de minutos.


Luego aparece la lista mental que tantas veces he repetido durante mis recorridos: qué grabar, qué fotografiar, qué historias seguir, qué lugares visitar y, sobre todo, cuándo es momento de dejar de documentar y buscar refugio. Porque ningún reportaje vale más que la vida.


Y si la lluvia finalmente me obliga a detenerme, entonces reviso una última cosa: si todavía queda café en el termo. De lo contrario, encontrar una taza caliente pasa a formar parte de los elementos indispensables que debe tener cualquier refugio. Después de todo, pocas cosas acompañan mejor una tormenta que una buena historia y un buen café.


Esta historia no trata sobre desastres ni estadísticas. Quiero dedicarla a los acontecimientos que marcaron mi vida de manera positiva; a los momentos divertidos, jocosos y profundamente humanos que encontré en mis viajes bajo la lluvia, cuando ejercía el periodismo con el corazón dividido entre el reportero y el turista.


Una de mis aventuras favoritas comenzó durante un invierno particularmente intenso, cuando estaba a cargo de una radio comunitaria en la costa sur salvadoreña. Cerca de la medianoche recibí una alerta de varios jóvenes de la radio: la tormenta no cesaba y las inundaciones comenzaban a afectar las zonas bajas.


Sin pensarlo demasiado, preparé mi mochila. Mi amigo Carlos y yo emprendimos el viaje en plena oscuridad. Debo admitir que probablemente no fue la decisión más prudente de nuestras vidas, aunque en aquel momento parecía necesaria.


La lluvia caía con tal intensidad que formaba una cortina espesa sobre la carretera. La neblina y el agua apenas nos permitían distinguir el camino. Entonces ocurrió.


De repente, desde la oscuridad absoluta, apareció un tráiler avanzando a toda velocidad. Recuerdo el brillo de sus luces atravesando la lluvia y la sensación de que el tiempo se detenía por unos segundos. Gracias a la habilidad temeraria de Carlos, a una cuota generosa de fortuna y, por qué no decirlo, a cierta protección divina, logramos evitar el accidente.


Años después todavía puedo sentir aquel sobresalto. Y también puedo sonreír al recordar que sigo aquí para contarlo.


Otra aventura que permanece grabada en mi memoria ocurrió en Berlín, Usulután. Habíamos pasado gran parte del día realizando grabaciones en comunidades de la zona baja. El paisaje era hermoso: extensiones interminables de caña de azúcar y maizales que parecían fundirse con el horizonte. Sin embargo, detrás de aquella belleza existía una amenaza conocida por quienes habitan el territorio.


Al finalizar la jornada emprendimos el regreso en un pickup. Yo viajaba en la parte trasera junto a varios líderes comunitarios. El cielo comenzaba a transformarse. Nubes oscuras avanzaban con rapidez desde la distancia, como si una tormenta perfecta estuviera organizándose frente a nuestros ojos.



Fue entonces cuando uno de los líderes locales, observando el horizonte con preocupación, gritó al conductor:


—¡Apúrese! ¡Si nos agarra la lluvia aquí, el agua lo inunda todo y nos podemos ahogar!


Sus palabras no eran una exageración. Quienes conocen aquellas tierras saben que cuando llueve con fuerza el agua puede elevarse rápidamente y cubrir grandes extensiones de terreno en cuestión de minutos.


El conductor aceleró. Nosotros nos sujetamos con fuerza mientras el viento comenzaba a soplar con furia. Las primeras gotas golpearon nuestros rostros como pequeñas advertencias. La carrera contra la tormenta había comenzado.


Recuerdo aquella travesía como una de las experiencias más electrizantes de mi vida. El rugido del motor, el olor de la tierra anticipando la lluvia, las nubes persiguiéndonos y la sensación de vulnerabilidad en medio de aquel mar de caña y maíz me provocaron más adrenalina que cualquier película de acción que haya visto jamás. Finalmente logramos salir antes de que el temporal descargara toda su fuerza sobre el camino.


Las lluvias también me regalaron escenas dignas de una comedia.


Durante una jornada de asistencia humanitaria, varios compañeros de trabajo y yo recorríamos comunidades afectadas por las inundaciones. En algún punto del camino, cerca de un río, nuestro vehículo quedó atrapado en un lodazal tan profundo que parecía decidido a tragárselo por completo.


Mientras intentábamos encontrar una solución, uno de mis compañeros extranjeros tomó una decisión memorable: se quitó el pantalón, quedó en ropa interior y comenzó a empujar el vehículo con una determinación heroica.


La escena era absurda y extraordinaria al mismo tiempo.


Entre el cansancio, la preocupación y la lluvia, terminamos riendo a carcajadas mientras el barro nos cubría hasta las rodillas. Hoy recordamos aquel episodio con gratitud y humor, aunque en ese momento la angustia era muy real. A veces la solidaridad tiene formas inesperadas, incluso en ropa interior.


Pero quizás las lecciones más profundas llegaron durante las jornadas maratónicas de asistencia a las familias refugiadas en el albergue instalado en el complejo donde funcionaba la radio.


Allí conocí el verdadero rostro de la solidaridad.


Vi madres compartiendo lo poco que tenían. Vi vecinos ayudando a vecinos sin preguntar de dónde venían. Vi personas que habían perdido mucho y aun así encontraban espacio para ofrecer una palabra de ánimo.


A veces no teníamos grandes comidas. Había días en que la cena consistía únicamente en frijoles, tortillas y un poco de queso. Sin embargo, aquellas mesas improvisadas parecían banquetes.


Nunca faltaba el café.



Y si Anthony Bourdain hubiera pasado por aquel albergue, probablemente habría comprendido que la verdadera riqueza de una comida no depende de ingredientes sofisticados ni de restaurantes famosos. Habría encontrado en aquellos platos sencillos una historia mucho más poderosa: la de personas que, aun teniendo poco, siempre encontraban la manera de compartir. Porque el mejor sazón no estaba en los frijoles ni en el queso, sino en la conversación, en las risas que sobrevivían a la incertidumbre y en la solidaridad servida caliente junto a una taza de café.


Todavía hoy, cuando escucho la lluvia golpear el techo o veo las primeras nubes del invierno acumulándose en el horizonte, recuerdo aquellas travesías.


Pero ya no pienso únicamente en tormentas, inundaciones o pronósticos. Pienso en Carlos esquivando un tráiler en medio de la oscuridad; en aquel pickup huyendo de la lluvia entre cañales y maizales de Berlín, Usulután; en mi compañero cubierto de lodo empujando un vehículo atascado mientras conservaba apenas el sentido del humor y la ropa interior; y en las tazas de café compartidas en un albergue improvisado donde la solidaridad siempre alcanzaba para todos.



Entonces comprendo que la lluvia me enseñó mucho más que los riesgos de la naturaleza. Me enseñó sobre la valentía de la gente sencilla, sobre la generosidad que aparece cuando más se necesita y sobre la capacidad humana de encontrar esperanza incluso en los días más grises.


Por eso, cada invierno trae consigo mucho más que agua. Trae historias, rostros y recuerdos que el tiempo no ha logrado borrar. Y entre todos ellos guardo con especial cariño aquellos viajes de periodista con alma de turista, recorriendo caminos mojados donde, entre tormentas y charcos, encontré algunas de las mejores lecciones de mi vida.


Porque la lluvia no solo moja la tierra.


También riega la memoria.

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