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Los niños que cruzaban ríos para conectarse al futuro

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • May 30
  • 5 min read

En el baúl de los recuerdos periodísticos: la escuela que nació donde terminaba el internet


Hay historias que uno sale a buscar. Y hay otras que simplemente aparecen en el camino, como si estuvieran esperando ser encontradas.


Esta no estaba en el guion de aquel viaje.


Había llegado hasta el cantón El Níspero, caserío Las Pozas, en Tacuba, para documentar la crisis alimentaria provocada por la pandemia. En aquellos meses difíciles, esa comunidad figuraba entre las más golpeadas por la pobreza y el aislamiento. Mi tarea consistía en recoger testimonios sobre la falta de alimentos, las dificultades económicas y la incertidumbre que vivían muchas familias rurales.


Pero el periodismo tiene la costumbre de esconder las mejores historias detrás de la historia principal.


Llegar hasta Las Pozas no era sencillo. Desde el casco urbano de Tacuba, el camino parecía una prueba de resistencia. Kilómetros de calles de tierra, pendientes pronunciadas, veredas estrechas, cruces de ríos y senderos que desaparecían entre la vegetación. Había momentos en los que uno se preguntaba cómo podían vivir familias enteras tan lejos de todo.


En el mapa podían ser apenas unos cuantos kilómetros. En la realidad, aquella distancia se medía en tiempo, esfuerzo y abandono.


Mientras avanzábamos por aquellos caminos rurales comprendí que el aislamiento no era solamente geográfico. También era educativo, tecnológico y social.


Fue entonces cuando alguien mencionó a la familia Soriano.


—Ellos tienen internet —nos dijeron.


La frase sonó casi tan extraordinaria como si alguien hubiera dicho que tenían un aeropuerto.


En una comunidad donde la señal telefónica aparecía y desaparecía como un fantasma, donde el acceso más cercano a un servicio básico de internet estaba aproximadamente a diez kilómetros de distancia, la existencia de una conexión en medio de las montañas parecía una rareza.


Decidimos desviarnos.


Al llegar encontramos una humilde vivienda de adobe. No había nada extraordinario en su apariencia exterior. Era una casa sencilla, construida con el esfuerzo de años y con las limitaciones propias de una familia campesina.


Pero adentro ocurría algo extraordinario.


La pequeña sala permanecía casi a oscuras. Frente a un televisor se encontraba un grupo de niñas y niños sentados en silencio. Algunos escribían concentrados. Otros observaban atentamente la pantalla. Sobre sus piernas descansaban cuadernos desgastados por la escritura, por la humedad, por el clima y por los constantes viajes dentro de mochilas que ya habían sobrevivido más años de los previstos.



Aquella humilde sala se había convertido en escuela.


Durante la pandemia, cuando los maestros dejaron de llegar y las clases se trasladaron a plataformas digitales imposibles de alcanzar para muchas comunidades rurales, la familia Soriano tomó una decisión que cambió la vida de decenas de niños.


Instalaron internet satelital.


No porque fuera fácil.


No porque fuera barato.


Lo hicieron porque entendieron que la educación no podía esperar.


La hija mayor de la familia trabajaba en San Salvador cuidando niños. Mes a mes enviaba parte de su salario para ayudar a pagar el servicio. Cuando el dinero no alcanzaba, la familia recurría a lo único que tenía: vender animales de granja para cubrir los costos de la conexión.


Cada cerdo vendido, cada gallina sacrificada para generar ingresos, representaba algo más que una pérdida económica.



Era una inversión en educación.


Era una apuesta por el futuro.


Gracias a ese esfuerzo, las niñas y niños de la comunidad podían continuar sus estudios.


Pero incluso para asistir a aquellas clases improvisadas debían vencer otros obstáculos.


Muchos caminaban cerca de dos kilómetros por veredas y senderos. Cruzaban ríos. Atravesaban terrenos irregulares. Salían temprano de sus casas para llegar a tiempo al hogar de los Soriano.



La escuela no quedaba a la vuelta de la esquina.


La escuela quedaba al final de un recorrido que exigía voluntad.


Y aun así llegaban.


Mientras observaba aquella escena pensé en una de las contradicciones más profundas de nuestro tiempo.


Vivimos en una época capaz de transmitir información al otro lado del planeta en segundos. Una época de teléfonos inteligentes, videollamadas y avances tecnológicos que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. Sin embargo, todavía existen comunidades donde acceder a internet requiere caminar kilómetros, vender animales o depender del sacrificio silencioso de una familia entera.


La llamada brecha digital suele describirse con estadísticas, porcentajes y gráficos.


Pero aquella tarde entendí que la brecha digital también tiene rostros.


Tiene los rostros de las niñas y niños que cruzan ríos para conectarse a una clase.


Tiene el rostro de una joven que trabaja lejos de su hogar para enviar dinero y mantener encendida una señal de internet.


Tiene el rostro de padres que renuncian a parte de su sustento para que otros puedan aprender.


Porque el internet, cuando llega a lugares como Las Pozas, deja de ser una herramienta tecnológica.


Se convierte en una oportunidad.


En una ventana.


En un puente hacia un futuro distinto.


Ahora que escribo esta historia y vuelvo a abrir este baúl de recuerdos periodísticos, me nace una inquietud inevitable. Me pregunto qué será de aquellos niños y niñas que encontré aquella mañana sentados frente al televisor. Qué caminos habrán tomado sus vidas. Si alguno se convirtió en maestro, enfermera, ingeniero, agricultor o emprendedor. Si aquellos cuadernos gastados lograron transformarse en oportunidades.


También me pregunto cómo estará hoy la familia Soriano. Si continúan viviendo en aquella casa de adobe. Si la antena satelital sigue apuntando al cielo o si finalmente la conectividad llegó hasta la comunidad sin depender del sacrificio de una sola familia.


Quizá recordarles a través de estas líneas es también una forma de agradecerles.


Porque historias como esta alimentan esa búsqueda incesante que me llevó al periodismo: encontrar y contar relatos que inspiren en tiempos turbulentos. Historias que nos recuerden que, aun en medio de las dificultades, siempre existen personas capaces de pensar en el bienestar de otros.


Son también historias que nos obligan a detenernos un momento y observar nuestras propias circunstancias. A reconocer las comodidades, oportunidades y privilegios que muchas veces damos por sentados.


La pandemia nos dejó muchas lecciones, pero quizá una de las más importantes fue recordarnos que no todos enfrentamos las crisis desde el mismo lugar.


Es verdad que todos navegamos en el mismo barco de la vida. Pero algunos lo hacen desde cubiertas protegidas, mientras otros enfrentan las tormentas en embarcaciones mucho más frágiles. Algunos pudieron continuar trabajando, estudiando y comunicándose desde una conexión estable. Otros tuvieron que cruzar ríos, caminar kilómetros o vender parte de su patrimonio para no quedar desconectados del mundo.


La familia Soriano y aquellas niñas, niños de Las Pozas me enseñaron precisamente eso.


Que la solidaridad puede convertirse en infraestructura cuando el Estado no llega.


Que una remesa puede transformarse en un aula.


Que una humilde casa de adobe puede convertirse en una escuela.


Y que una antena satelital instalada en medio de las montañas puede abrir horizontes tan amplios como el propio cielo.


Fui a documentar el hambre.


Regresé con una historia sobre esperanza.


Y quizás por eso merece ocupar un espacio en este baúl de recuerdos periodísticos. Porque entre tantas noticias que desaparecen con el paso de los días, hay historias que siguen iluminando mucho tiempo después de haber sido contadas.


Historias que nos recuerdan que el progreso no siempre llega en forma de grandes obras o discursos oficiales. A veces llega en silencio, en una sala oscura, frente a un televisor, donde un grupo de niñas y niños toman apuntes en cuadernos desgastados mientras una familia entera apuesta su futuro para que ellos puedan construir el suyo.

 
 
 

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