Lo que no queremos repetir y lo que aún nos atrevemos a soñar
- Alfredo Carias
- Dec 26, 2025
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El año 2025 no se fue de puntillas en El Salvador. Se quedó un rato más, como quien insiste en recordar lo vivido antes de cerrar la puerta. En cada casa, en cada esquina, en cada conversación a media voz, la gente comenzó a repasar los meses que pasaron, preguntándose en qué momento el cansancio se volvió costumbre.
A muchos no les gustó sentirse siempre apurados. El tiempo no alcanzó, el dinero tampoco.
Las semanas se iban rápido entre trabajo, transporte, filas largas y preocupaciones cortas que se acumulaban hasta volverse una sola. No gustó tener que elegir entre pagar una cuenta o darse un respiro. No gustó ver cómo el precio de la comida subía mientras los ingresos seguían iguales. No gustó vivir con la sensación de que esforzarse ya no garantizaba avanzar.

Marta, madre de tres hijos, recuerda el 2025 como el año en que aprendió a estirar el salario hasta hacerlo casi invisible. Cambió marcas, redujo porciones, dejó de comprarse cosas para ella. No le gustó explicarle a sus hijos por qué este año no hubo regalos grandes ni paseos. “El próximo año”, les decía, aunque por dentro no estaba segura.
A José no le gustó el silencio de su casa. Su hijo mayor se fue del país a mitad de año. No fue una despedida alegre, fue una decisión tomada con miedo y esperanza al mismo tiempo.
Desde entonces, los mensajes llegan tarde y las llamadas son cortas. El 2025 le enseñó que la migración no solo mueve cuerpos, también mueve corazones y deja espacios vacíos en la mesa.

Tampoco gustó la incertidumbre. Vivir sin saber qué pasará mañana cansa. Cansó pensar en enfermedades, en accidentes, en deudas que crecen sin permiso. Cansó ver a los jóvenes terminar sus estudios sin encontrar oportunidades, y a los adultos sentir que ya no hay tiempo para empezar de nuevo. Cansó callar emociones por sobrevivir.
Hubo discusiones en casas pequeñas, lágrimas guardadas en baños cerrados, noches sin dormir. El 2025 no fue solo un año difícil; fue un año que obligó a muchos a resistir más de lo que querían.
Pero cuando diciembre llegó, con su mezcla de nostalgia y esperanza, algo empezó a cambiar. No porque todo se resolviera, sino porque la gente decidió mirar distinto. En El Salvador, incluso en los años más duros, la esperanza no desaparece, se transforma.
Las conversaciones ya no solo hablaban de lo que dolió, sino de lo que se desea. El 2026 comenzó a tomar forma en los anhelos colectivos.
Marta, por ejemplo, no pidió lujos. Su propósito fue simple y profundo: estabilidad. Que el dinero alcance sin tanta angustia, que sus hijos crezcan sanos, que el trabajo no le robe toda la energía. Prometió cuidar más su salud y no dejarse para el final de la lista.
José pidió algo que no cabe en un calendario: reencuentros. Que su hijo esté bien, que no olvide sus raíces, que algún día vuelva. Para el 2026 se propuso hablar más, decir lo que siente y no guardarse las palabras importantes.
Muchos salvadoreños se hicieron promesas pequeñas, pero necesarias. Levantarse con menos miedo. Escuchar más y gritar menos. Ahorrar aunque sea unas monedas. Aprender un oficio, terminar un estudio pendiente, emprender algo propio aunque dé temor. Otros se prometieron descansar, apagar el teléfono, volver a caminar sin prisa.
Entre los jóvenes, el deseo fue claro: oportunidades reales. Trabajos dignos, salarios justos, espacios donde el talento valga más que los contactos. Soñaron con un país donde no sea obligatorio irse para vivir mejor.
Las mujeres pidieron respeto, seguridad y tiempo para ellas mismas. Los adultos mayores pidieron salud y no sentirse una carga. Las comunidades pidieron unión, apoyo mutuo y menos indiferencia.
Y hubo propósitos más silenciosos, casi invisibles: perdonarse errores del pasado, sanar heridas, dejar relaciones que lastiman, volver a creer. Porque el 2025 enseñó que sobrevivir no es suficiente; también hay que vivir.
El 2026 no llegó como una promesa segura, sino como una página en blanco. Y aunque nadie sabe qué traerá, los salvadoreños lo reciben con la experiencia del dolor y la fuerza de la esperanza. Con los pies cansados, pero firmes. Con el corazón golpeado, pero abierto.
Y así, cuando el último día del 2025 se apaga como una vela cansada, El Salvador no se queda a oscuras. Quedan las manos que se siguen buscando, las voces que aún se llaman por su nombre, los sueños pequeños que resisten como semillas bajo la tierra.
El 2026 llega despacio, sin prometer milagros, pero con la posibilidad intacta. Llega con el olor del café recién hecho al amanecer, con el primer bus del día, con la risa que vuelve después del llanto. Llega con la certeza de que, aunque el camino sea duro, no se camina solo.
Los salvadoreños avanzan con la memoria de lo vivido y la fe de lo que vendrá. Guardan lo que dolió para no repetirlo y abrazan lo que sueñan para hacerlo realidad. Porque saben que la esperanza no grita: se queda, espera, y vuelve a florecer incluso en la tierra más golpeada.
Y mientras exista un nuevo año, una palabra sincera, un abrazo pendiente, El Salvador seguirá levantándose cada mañana, con el corazón firme y la mirada al frente, creyendo —una vez más— que el mañana puede ser mejor.



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