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La Montaña Sagrada y mi deuda con el botón de “rec”

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 12
  • 3 min read

Estoy en una especie de ajuste de cuentas con mi propia memoria: una serie íntima —y ligeramente culpable— de viajes memorables que no grabé en video. Sí, lo sé, imperdonable en estos tiempos donde si no está en YouTube parece que no ocurrió. Pero aquí estoy, saldando esa deuda pendiente a mi manera: escribiendo lo que no filmé, recordando lo que sí viví. Y créanme, hay viajes que merecen ser contados con palabras porque la cámara, simplemente, no habría sabido dónde apuntar.


La carretera hacia Parque Nacional del Agua Juan Castro Blanco tiene algo de rito iniciático. A medida que uno asciende, el paisaje se vuelve más silencioso, más verde, como si el mundo decidiera bajar el volumen para dejar hablar a la montaña. Así comenzó mi viaje hacia la llamada Montaña Sagrada, en las cercanías de La Fortuna: un trayecto envuelto en neblina, donde el clima fresco no solo acariciaba la piel, sino que parecía despejar la mente.


No era un viaje cualquiera. Había algo profundamente especial en saber que esta experiencia me fue regalada por amistades que entienden el valor de los momentos que no se compran, sino que se atesoran. Quizá por eso, en lugar de pensar en encuadres o tomas, me permití algo casi revolucionario: simplemente estar.



Uno de los momentos más memorables llegó en Restaurante El Congo. Ahí, por primera vez, probé la trucha fresca pescada directamente del estanque. No hubo artificio (se me olvido la foto), solo el acto casi ceremonial de llevar del agua al plato un alimento que todavía parecía contar su propia historia. Y aquí no puedo evitar invocar a Anthony Bourdain —a quien no me canso de citar porque, seamos honestos, uno no elige sus influencias, ellas lo eligen a uno—: esta trucha no era solo comida, era contexto, territorio, verdad. De esas que no necesitan reseña, porque el primer bocado ya te está diciendo todo lo que importa.



El recorrido continuó entre senderos húmedos y cubiertos de vegetación exuberante, hasta llegar a un puente colgante que parecía suspendido entre dos mundos: el de lo visible y el de lo imaginado. Cruzarlo fue un pequeño acto de fe. Abajo, el rumor del agua; alrededor, la neblina abrazándolo todo. Ese puente conduce hacia las minas y al enigmático Pozo Verde, un lugar donde el color del agua desafía cualquier intento de descripción precisa. Es verde, sí, pero también es profundo, misterioso, casi hipnótico.



Y es que la poza —escondida como un secreto bien guardado de la montaña— no solo se mira, se contempla. El verde no es un color, es un estado de ánimo. Cambia con la luz, con la neblina, con el silencio. Hay algo casi sagrado en quedarse unos minutos frente a ese espejo natural, donde el agua parece inmóvil pero viva, profunda pero serena. No es un lugar para hacer ruido ni para pasar de largo; es uno de esos rincones donde uno entiende, sin necesidad de explicaciones, por qué este sitio carga con el nombre de Montaña Sagrada. Si uno se queda lo suficiente, incluso siente que el tiempo —ese que tanto perseguimos— decide sentarse a descansar también.



Cada paso en este rincón de Costa Rica se sentía como entrar en una historia que alguien más había empezado a escribir hace siglos. La neblina no se disipó en todo el trayecto, y lejos de ser un obstáculo, fue parte del encanto: convertía cada árbol en una silueta, cada sonido en un susurro, cada instante en algo íntimo.


Regresé de la Montaña Sagrada con la sensación de haber estado en un lugar que no se visita, se vive. Y con la certeza de que esta serie —la de los viajes que no grabé— quizá no tenga imágenes en movimiento, pero tiene algo mejor: recuerdos que todavía respiran.

 
 
 

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