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La magia de antes y la magia de ahora

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Dec 13, 2025
  • 5 min read

Yo crecí en los años 80 y parte de los 90, cuando la vida tenía un ritmo más lento y las cosas simples eran suficientes para hacernos sentir que lo teníamos todo. Era una época donde la imaginación era nuestra mejor consola, la calle nuestro parque de diversiones y los amigos del barrio nuestra pequeña familia escogida. No había pantallas que nos distrajeran, y quizá por eso cada momento se quedaba grabado en el alma con colores más vivos.


Recuerdo levantarme temprano, cuando el sol apenas calentaba los techos de las casas y el aire olía a pan recién salido del horno. Salía con mis juguetes favoritos: el trompo con la cuerda ya gastada, las chibolas brillantes que llevaba en una bolsa de tela, la patineta algo raspada que había sobrevivido más caídas de las que yo podía contar. Eran objetos sencillos, sí, pero tenían un poder mágico: podían convertir cualquier tarde en una aventura.


La calle donde crecí era un mundo entero. Ahí se escuchaban los gritos de los niños llamándose unos a otros, el sonido de los balones rebotando, el zumbido lejano de las bicicletas pasando a toda velocidad. El fútbol era nuestro idioma universal. Las porterías las hacíamos con piedras o con dos camisas viejas tiradas en el suelo, y nadie se quejaba: todos queríamos jugar, correr, sentir el viento en la cara. Cada gol era un triunfo que celebrábamos como si estuviéramos en un estadio lleno.



A veces, cuando el sol empezaba a esconderse, encendían las primeras luces del vecindario. Ese instante marcaba el final del partido, aunque siempre insistíamos en “el último gol”, ese que a veces tardaba media hora en llegar. Y cuando por fin nuestras madres nos llamaban desde las puertas, sabíamos que el día había valido la pena: regresábamos sudados, felices, con la ropa sucia y el corazón lleno.


Pero si había una época que transformaba todo, era la Navidad.


Mis padres se esmeraban en mantener viva la ilusión de Santa Claus. Recuerdo acostarme temprano, tratando de mantener los ojos abiertos por si lograba verlo entrar por la ventana o aparecer por la puerta con su saco rojo. Nunca lo vi, claro, pero a la mañana siguiente ahí estaban los regalos, envueltos con papeles brillantes y un lazo un poco torcido que delataba el esfuerzo. Entre todos, hubo uno que siempre guardo en mi memoria: un He-Man y un Batman con su Batimoto. Aquellos juguetes no fueron solo regalos; fueron símbolos del sacrificio de mis padres, de su amor incondicional, de su deseo de verme feliz aunque ellos renunciaran a algo para lograrlo. Aún puedo sentir la emoción de aquella mañana, sosteniendo mis héroes de plástico como si fueran verdaderos trofeos.



Con los años, la Navidad adquirió nuevos sabores y costumbres. En mi adolescencia, disfrutaba visitar a mis amigos en sus casas durante las fiestas. Nunca lo pedía, pero parecía que en cada hogar había un pan con salsa y pavo esperándome, como una tradición silenciosa que se repetía año tras año. Llegaba sonriente, agradecido… y completamente sin apetito a mi propia casa. Mi mamá siempre se reía cuando me veía llegar lleno, sabía exactamente lo que había pasado.


La cena de Nochebuena tenía un destino fijo: la casa de mi tía Elba y mi tío César. Mi papá nos llevaba con una felicidad contagiosa en su viejo escarabajo Volkswagen, que para mí era como un carruaje navideño que anunciaba la llegada de la fiesta. Ahí se reunía buena parte de la familia; el bullicio, las risas y las conversaciones llenaban cada rincón. Ver a mis primos era de mis momentos favoritos, porque la casa se convertía en un escenario de juegos, travesuras y complicidades. Desde la esquina de la cuadra se podía oler el aroma de la lasaña que preparaba mi tía, acompañada de su famoso escabeche. Esa lasaña tenía un encanto especial: podía repetirme el plato tantas veces como me lo permitieran, y cada bocado sabía a hogar, a tradición, a cariño.



Cuando crecí y formé mi propia familia, sentí la necesidad de conservar ese brillo especial que había iluminado mi infancia. Así nació mi propia tradición con mis hijas cuando eran unas niñas: decorar juntos la casa y encender el árbol, tal como mis padres lo hacían conmigo. Ver sus ojos brillar frente a las luces, sentir su emoción al colgar cada adorno, revivió en mí todo aquello que tanto había atesorado. Esas tardes de diciembre se convirtieron en pequeñas cápsulas de felicidad, donde mi pasado y su presente se encontraban en un mismo latido.


Con el tiempo, también heredé otra tradición, esta vez creada por mí mismo: levantarme temprano cada 24 y 31 de diciembre para inventar, experimentar y preparar una cena navideña que me recordara los sabores de mi tía y aquellas reuniones familiares del pasado. Cocinar se volvió un ritual lleno de memoria, un puente entre lo que fui y lo que soy. Paso a paso, entre olores y sazones, me siento acompañado por quienes ya no están físicamente, pero viven en cada recuerdo que resurjo en la cocina.


Y es que en Navidad soy feliz con muy poco, pero a la vez con lo más importante. Basta con tener a mis hijas en Nochebuena y recibir el Año Nuevo junto a mi madre y mi hermano, todos en casa, compartiendo la compañía, los aperitivos, la cena y una buena cerveza. La música navideña (especialmente las cumbias) llena el ambiente, se mete por las ventanas, alegra cada rincón del hogar donde brillan mis luces y mi árbol, ese árbol que ahora es también un árbol de recuerdos, de amor y de todas las historias que me han hecho quien soy.


Hoy, en mi adultez, sigo encontrando en diciembre un refugio, una pausa, un abrazo. Colocar las luces, abrir las cajas de adornos, decorar con calma… todo eso se ha convertido en un acto de agradecimiento. Es volver a conectar con mi niño interior y con cada persona que marcó mis navidades de ayer.


Y es que la Navidad sigue siendo la mejor temporada del año. Invade los corazones con un espíritu que no entiende de edades. Se respira nostalgia en el aire, una alegría que contagia hasta al más serio y una esperanza silenciosa que nos dice al oído que el próximo año será mejor que el que se va. Que todavía quedan sueños por cumplir, abrazos por dar y momentos por atesorar.


Porque la magia nunca se ha ido. Acompaña cada paso que doy, vive en mis recuerdos, en las luces que cuelgo con ilusión, en las melodías que llenan mi casa, en el brillo de los ojos de quienes amo. La magia de antes se mezcla con la magia de ahora, y en esa mezcla encuentro mi propia forma de ser feliz.

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