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La juventud que dejé corriendo detrás de una pelota

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • May 11
  • 6 min read

La pelota bajo el brazo


Dormía abrazado a una pelota de fútbol como quien protege un tesoro. A veces amanecía con el balón marcado en el brazo, pero no importaba. El amor por este deporte me lo inculcó el viejo.


Mi padre fue un gran defensa. De esos recios, elegantes para barrerse y con carácter para ordenar la zaga. Jugó en varios equipos reconocidos de la liga inferior, entre ellos el tradicional Quiñónez, y también para el equipo de Pachín, el hermano de Jorge González.



De él heredé la pasión por la pelota.


Me contaba que su hermano mayor no lo dejaba jugar porque creía que el fútbol era una pérdida de tiempo. Hasta le regaló sus tacos una vez. Pero el viejo era tan bueno que sus compañeros le prestaban zapatos para que pudiera entrar a la cancha.


En el barrio jugábamos en el pavimento usando dos piedras como porterías. Éramos varios equipos en el pasaje y todas las tardes armábamos partidos eternos. Pero los domingos eran los verdaderos clásicos: peleábamos la gloria absurda de ser “los mejores del barrio”.


El fútbol me enseñó disciplina, resistencia y respeto. Porque uno aprende rápido que en la vida, igual que en la cancha, no siempre gana el más talentoso, sino quien sabe aguantar los golpes.


Soñaba con ser como Pelé. A veces también imaginaba ser como Diego Maradona, “en una tómbola”, como cantaba Manu Chao.


Mi padre no quería que jugara ligas nacionales por la fama de los excesos y los vicios. Y es irónico decirlo en un país donde el futbolista más grande de nuestra historia vivió justamente así. Ya saben de quién hablo.


Espartano


A los veinte años jugaba en el equipo de la universidad, en el del barrio y en uno de maquila. Tres partidos por semana. Bendita juventud que hacía sentir invencible el cuerpo.


Eso me llevó a jugar tercera categoría con el Espartano. Feo el uniforme: rayas verdes con blanco, como mantel barato de pupusería. Pero uno termina amando esas camisetas porque huelen a sudor, sacrificio y camaradería.


Ahí descubrí que el fútbol amateur salvadoreño no solo se juega contra el rival. También contra el clima, las canchas y la posibilidad real de no salir entero.


Las Flores, San Martín


La cancha de Las Flores parecía diseñada para sobrevivientes.


Llegamos después de caminar más de una hora bajo el sol. Jugábamos “a la hora del zope”: calor insoportable, humedad espesa y un aire hervido.


La cancha tenía una inclinación absurda. Jugar cuesta arriba era castigo bíblico. Yo era delantero. No precisamente una mezcla entre Pelé y Diego Maradona, pero al menos hacía correr bastante a los defensas.


Anotamos primero y el público se encendió.


—¡Paren a ese greñudo, los está haciendo quedar mal! —gritaban desde la línea lateral.


Entonces aparecieron los corvos.


Comenzaron a lanzarme cumazos cerca de los pies cada vez que pasaba frente a ellos. Vi salir chispas cuando el filo chocaba contra la tierra seca.


Busqué a Henry y le dije:


—Maje, aquí tenemos que perder… porque si ganamos, no salimos enteros.


Nos dolió el orgullo, pero bajamos el ritmo y terminamos perdiendo 2 a 1. Esa tarde entendimos que a veces la mejor victoria es regresar vivo a casa.


La Luna


La cancha del Marte era conocida como “La Luna” (así la apodamos) por la cantidad de cráteres que tenía.


En una corrida casi dejo incrustada la rodilla en uno de aquellos hoyos.


Ahí también vi el arbitraje más absurdo de mi vida.


Henry recuperó un balón en nuestra área y me lanzó un pase larguísimo. Yo estaba todavía en nuestro campo cuando arranqué rumbo al marco. Ya iba listo para definir cuando el árbitro pitó fuera de lugar.


Todavía creo que aquel hombre vio el futuro y decidió cobrar adelantado.


Lo mejor fue que ganamos y metí dos goles. En ese torneo peleaba el campeonato de goleo.


En el último partido seguía arriba en la tabla de goleadores y soñaba con mi primer trofeo individual. Pero el jugador que venía detrás de mí enfrentó al último lugar del torneo y anotó cuatro goles.


Yo solo hice dos.


A nosotros nos tocó enfrentar al campeón.


Así entendí que en el fútbol también se necesita que el calendario tenga misericordia.


La noche que quisimos ser el Mágico


Una de las anécdotas más divertidas ocurrió fuera de la cancha.


La noche antes de un partido, Henry y yo decidimos imitar al Jorge González… pero fuera del terreno de juego.


Salimos a beber.


Aquella noche conocí a Adela y la pasamos increíble. Entre cervezas y música llegué a mi casa casi a las cinco de la mañana.


Y jugábamos a las siete.


Solo me bañé, agarré el maletín y me fui al partido.


Cuando llegamos a la concentración todavía olíamos a cerveza. Nuestros compañeros comenzaron a hacernos ese clásico sonido salvadoreño de desaprobación:


—Uuuuuuhhh…


Hasta el árbitro nos dijo:


—Vayan a comer goma de mascar aunque sea.


Lo increíble es que ese partido anoté cuatro goles.


Y como si no bastara el absurdo, en el medio tiempo Henry y yo encendíamos un cigarro “para relajarnos” antes de volver a jugar.


No lo hagan en casa, chicos.


Apopa y la Zacarraca


En Apopa el enemigo era el lodo.


Había llovido toda la noche y la cancha parecía un pantano. El balón no rodaba: nadaba. A media mañana volvió a caer otro aguacero y ya no sabíamos si jugábamos fútbol o sembrábamos arroz.


Cada barrida levantaba lodo hasta en las pestañas, pero seguíamos celebrando goles embarrados de tierra como si fuera una final del mundo.


La Zacamil —o la Zacarraca, como le decíamos— era todo lo contrario.


Polvo, piedras y ventiscas infernales.


Había momentos en que apenas se miraba el balón entre la nube café. Parecía que jugábamos en Qatar, en plena tormenta del desierto.


Creo que aquella vez comí más tierra que cuando uno viaja acostado en la cama de un pickup.


San José de la Montaña


Entre tantas canchas pelonas apareció una que parecía espejismo.


La del convento San José de la Montaña.


Verde intensa, recién regada y con aroma a césped podado. Jugar ahí era una maravilla.


Aunque también fue escenario de una de las rarezas más grandes que me dejó el fútbol.


Había un jugador panzón, con un mostacho inolvidable, que decidió quitarse los tacos y seguir jugando solo con medias rojas.


El árbitro nunca notó que pasó medio partido prácticamente descalzo.


Yo sí lo noté.


Sobre todo porque me dejó estampada una patada en la espinilla que todavía recuerdo más que algunos goles.


Los Planes de Renderos


La cancha de Los Planes quedó marcada en mi memoria por otra razón.


En el segundo campeonato casi no jugaba. Henry y yo éramos los “foráneos” del Espartano y teníamos que ganarnos el puesto a puro sudor, goles y pases. Nunca faltaba la envidia de algunos compañeros.


Aquel día íbamos perdiendo. Era estreno de uniforme y hasta la camisa me la prestaron antes de entrar.


Cuando me lanzaron un balón desde media cancha corrí feliz por volver a tocar la bambina. Y pensé:


“Si anoto, les voy a callar la boca”.


Pero el rival decidió lesionarme.


Sentí los tacos enterrarse en la pantorrilla. El dolor me bajó hasta el tobillo y caí al instante.


Por fortuna mi padre había llegado a verme jugar. Él mismo me ayudó a salir de la cancha y me llevó a casa.


Esa fue la última vez que jugué para Espartano.


La lesión me dejó fuera toda la temporada.


El verdadero fútbol


Con los años entendí que quizá nunca jugué en grandes estadios ni frente a miles de personas. Pero recorrí un país entero detrás de una pelota.


Conocí pueblos, caminos, canchas imposibles y personajes que parecen inventados.


Y ahora, cuando el mundo vuelve a paralizarse por otro Mundial, pienso que el fútbol más hermoso quizá no siempre fue el de las estrellas millonarias ni el de las cámaras en alta definición.



A veces el verdadero fútbol estaba en los pasajes del barrio, en las camisetas feas, en las canchas llenas de lodo o polvo, en los viajes eternos bajo el sol y en los amigos que te advertían cuándo era mejor perder para seguir vivo.


Porque al final los goles se olvidan.


Pero nunca se olvida la juventud que uno dejó corriendo detrás de una pelota.

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