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Guardianes del mangle: los hijos e hijas del estero que luchan por la vida

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Oct 10, 2025
  • 3 min read

A primera hora de la mañana, cuando la neblina aún descansa sobre los espejos de agua del estero de la costa sur de Ahuachapán, un grupo de hombres y mujeres se alista para navegar entre las raíces entrelazadas del manglar. No son turistas ni pescadores. Son las guardianas del bosque salado, los protectores silenciosos de uno de los ecosistemas más valiosos y amenazados de El Salvador.


Hombres hundidos en el fango removiendo el lodo mientras mujeres cargan cubetas rebosantes de sedimento, unidos en una faena maratónica para devolverle la vida a los manglares.
Hombres hundidos en el fango removiendo el lodo mientras mujeres cargan cubetas rebosantes de sedimento, unidos en una faena maratónica para devolverle la vida a los manglares.

Armados no con redes, sino con palas, cubetas, botas y sacos de yute, emprenden su misión diaria: limpiar los canales de agua dulce y salada que alimentan el manglar, recolectar las mejores semillas de mangle para reforestar las zonas degradadas, y medir la temperatura y salinidad del agua para monitorear la salud del ecosistema.



“Cada sedimento que sacamos, cada semilla que sembramos, es como devolverle un respiro al manglar”, dice Benigno, pescador, quien desde hace siete años lidera las jornadas de limpieza en la comunidad de Garita Palmera. A su lado, Ana de Jesús González , una mujer de piel curtida por el sol, sostiene —una semilla viva del mangle— como si fueran pequeños tesoros. “Antes se pensaba que el manglar solo servía para sacar madera o camarón. Ahora sabemos que sin él no hay vida”, agrega.


Un grupo de hombres y mujeres se adentra en el manglar para medir los orificios de las madrigueras de cangrejo, un método clave para evaluar el estado de sus poblaciones y la salud del ecosistema.
Un grupo de hombres y mujeres se adentra en el manglar para medir los orificios de las madrigueras de cangrejo, un método clave para evaluar el estado de sus poblaciones y la salud del ecosistema.

El estero por el que navegan —declarado Área Natural Protegida— es un laberinto de canales donde el agua dulce del río se abraza con el agua salada del océano. En esas aguas conviven peces, cangrejos y aves migratorias que viajan desde el norte del continente. Pero también conviven dos amenazas constantes: la contaminación y la deforestación.



Durante años, los manglares fueron talados para abrir paso a granjas camaroneras, salineras y proyectos turísticos. A eso se sumó la basura arrastrada desde los caseríos y ríos. El bosque salado, que alguna vez fue un muro verde, comenzó a abrir heridas que tardarán décadas en cicatrizar.


Sin embargo, estos guardianes se niegan a rendirse. Con pequeñas lanchas recorren canal por canal, retirando plástico, llantas y hasta electrodomésticos. Clasifican las semillas más fuertes para sembrarlas en viveros comunitarios y luego las trasplantan en zonas erosionadas. Cada árbol nuevo es una promesa.



Además, llevan monitoreo biofísico comunitario de registros constantes de la temperatura y salinidad del agua, porque el cambio climático ha comenzado a alterar los equilibrios del ecosistema. Si el agua se calienta demasiado o la salinidad aumenta, muchas especies simplemente desaparecen. “Este manglar es como un niño enfermo: hay que revisarle la fiebre todos los días”, dice entre risas Lucia Medina, mientras sostiene un termómetro sumergido en la corriente.


Lo que pocos saben es que los manglares son guardianes del planeta tanto como estas personas lo son de ellos. Sus raíces almacenan más carbono que muchos bosques de tierra firme. Son defensas naturales contra las tormentas, barreras vivas contra el avance del mar y cunas de vida para cientos de especies.



Hoy, en el sur de Ahuachapán, ese legado está en manos de varias comunidades unidas que decidierón no esperar a que otros llegaran a salvar lo que ellos mismos aman. Su lucha es incansable, humilde y profundamente humana.


Porque en cada raíz que vuelve a crecer, hay un mensaje silencioso que resuena entre el murmullo del agua y el canto de las garzas: todavía estamos a tiempo de sanar lo que un día creímos perdido.

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