Entre viñedos y amistades: un otoño en Lavaux
- Alfredo Carias
- Apr 6
- 3 min read

Hay viajes que nacen del impulso, y otros que parecen una recompensa silenciosa después del trabajo bien hecho. Este fue de los segundos. Después de cumplir con lo que me llevó hasta Ginebra, me regalé unos días para hacer lo que realmente importa: vivir. Y vivir, en este caso, significaba tomar un tren rumbo a Lausana para reencontrarme con mi amiga Mitch, que ya tenía el plan perfecto: perderme —o encontrarme— entre viñedos que hasta ese momento solo conocía por películas o etiquetas de vino.
El trayecto en tren fue una antesala elegante, como todo en Suiza. Pero nada me preparó para Puidoux. Ahí entendí que los viñedos no son solo cultivos: son arquitectura viva. Terrazas perfectamente dibujadas sobre la montaña, como si alguien con obsesión por el detalle hubiera decidido domesticar el paisaje.
Vimos incluso el sistema de pequeños trenes que transportan las uvas, una coreografía mecánica que mezcla tradición y precisión suiza, porque aquí hasta el vino parece tener logística de reloj.
Seguimos explorando con amigos, moviéndonos entre estaciones como si el tiempo no importara. Nos cruzamos con pequeños trenes antiguos, reliquias que aún respiran historia. Entre ellos, uno que alguna vez fue considerado el más veloz de su época —y que hoy avanza con la calma digna de quien ya no tiene nada que demostrar.
La caminata por Lavaux fue otra cosa. Hay lugares que no necesitan filtros, ni edición, ni siquiera palabras… pero igual uno insiste en describirlos. El pueblo parecía arrancado de un episodio de Heidi de los años 80, con esa inocencia intacta que ya casi no existe. Era otoño, y los colores parecían prestados de Claude Monet, aunque sospecho que ni él hubiera logrado capturar esa mezcla de dorados, ocres y verdes que se rendían lentamente ante el frío.
Desde cualquier punto, el lago —el majestuoso Lago Lemán— se abría como un espectáculo permanente. Una postal viva. Yo, por supuesto, decidí arruinar ligeramente esa perfección con una selfie pésima, solo para dejar evidencia de que sí estuve ahí y que no todo en mi vida es montaje cuidadosamente curado. A veces, la autenticidad también es un ángulo terrible.
La caminata nos llevó hasta Chexbres, un pueblo hermoso que en otoño parece pintado a mano, con colores cálidos que abrazan cada rincón. Luego continuamos hacia Vevey, igual de encantador, donde el colorido otoñal se mezcla con la elegancia del lago, como si la naturaleza y la ciudad hubieran hecho un pacto estético.
Ahí, el día empezó a despedirse con esa elegancia que solo los atardeceres europeos parecen dominar. Nos sentamos frente al lago, acompañados por gaviotas y cisnes que se movían como si estuvieran ensayando una coreografía que nadie les pidió pero todos agradecimos.
Abrimos unas cervezas, brindando por la caminata, por la amistad, por la vida… y en ese momento pensé, muy al estilo de Anthony Bourdain, que no hay lujo más grande que compartir una bebida honesta en un lugar hermoso con gente que te hace sentir en casa, aunque estés a miles de kilómetros.
Que el verdadero viaje no está en los paisajes —aunque ayudan, claro— sino en las conversaciones, en las risas, en ese instante en que todo tiene sentido sin necesidad de explicarlo.
En el camino no dejé de tomar fotos: un clásico Peugeot de los años 50 detenido como si el tiempo lo hubiera olvidado, bares de vino con esa estética que parece improvisada pero no lo es, dibujos en paredes que convertían edificios en galerías accidentales.
Incluso pasamos por un parque dedicado a Charlie Chaplin, donde inevitablemente recordé una de sus frases más humanas: “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos... Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida... Antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos”. Y pensé que, de alguna manera, ese día —entre viñedos, trenes y amistades— había sido una pequeña escena bien interpretada.
Y así terminó el día. Sin grandes discursos, sin momentos épicos forzados. Solo la certeza de que hay viajes que no necesitan cámara para quedarse contigo… aunque igual tomes fotos de todo, por si acaso.









































































Comments