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Mientras los precios de los alimentos se disparan, jóvenes siembran esperanza en los rincones de la ciudad

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Oct 2, 2025
  • 2 min read


En el corazón del mercado central de San Salvador, donde cada amanecer suele traer el bullicio de voces, colores y olores familiares, hoy se escucha algo distinto: la preocupación en los pasos y en las palabras de la gente.


Entre pasillos repletos de verduras marchitas por el calor y sacos de granos a medio abrir, Sofia Solorzano —vendedora desde hace más de diez años— observa cómo los clientes llegan, preguntan, suspiran… y se van con menos en las manos. “El maíz subió otra vez… el frijol ya no lo compran por libra, sino por bolsita”, comenta con una mezcla de resignación y tristeza.



Los altos precios de los alimentos están golpeando fuerte los bolsillos de las familias salvadoreñas. El maíz, base de la dieta diaria, ha subido tanto que algunas vendedoras de tortillas en las cocinas del mercado central aseguran que las tortillas ya no dejan ganancia.


Mientras tanto, en la colonia Zacamil, donde cada quincena alcanza menos y el mercado pesa más que la bolsa de compras, el precio de los alimentos vuelve a subir… y con él, la preocupación en los hogares salvadoreños. Para muchas familias, productos básicos como el tomate, la cebolla o el huevo se han convertido en un cálculo diario de sacrificios. Lo que antes era rutina, hoy es un lujo.


Pero entre esas calles estrechas y edificios que han visto generaciones crecer, un grupo de jóvenes decidió no quedarse de brazos cruzados.


Se llaman “Micelio Suburbano” y, armados con guacales reciclados, botellas cortadas y palas improvisadas, están transformando los pasillos y los basureros de la colonia en pequeños huertos comunitarios. Allí cultivan cilantro, espinaca, chiles, rábano y otras hortalizas que, aunque simples, significan alivio y esperanza.



Los vecinos han observado con curiosidad y emoción cómo brotan las primeras hojas entre macetas pintadas a mano. Algunos se han unido; otros ya preguntan cómo empezar el suyo. Lo que comenzó como una idea pequeña para enfrentar los altos costos, hoy florece como un acto de resistencia comunitaria.


El impacto del alza de la canasta básica no es solo económico, es emocional. Los puestos que antes rebosaban productos ahora lucen más vacíos, y muchos vendedores confiesan que han tenido que reducir lo que compran al mayoreo para evitar pérdidas.


En medio del murmullo del mercado, se escucha una frase repetida en distintos acentos y tonos: “Ya no alcanza”. Es el suspiro colectivo de quienes trabajan, compran y sobreviven en este espacio que por décadas fue símbolo de abundancia popular.


Así, entre el sonido de las bolsas plásticas y el eco de los carretilleros, el mercado central de San Salvador refleja hoy una realidad dolorosa: los alimentos esenciales se encarecen y con ellos se encoge la ilusión de miles de familias que luchan por poner comida en la mesa, pero también se encuentran estos jóvenes que siembran esperanza en los rincones de la ciudad.

 
 
 

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