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El que se quedó al fondo de la pista

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 24
  • 6 min read


Desde joven fui ese adolescente con las hormonas al 100… pero siempre en silencio.

Mientras otros hablaban de conquistas en voz alta, yo escuchaba, me reía por inercia… y me guardaba todo.


No tuve noviazgos en esa etapa. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Era introvertido, ingenuo, tímido… de esos que sienten mucho, pero no encuentran el momento para decirlo.


Iba a todas las fiestas del colegio sin perderme una. A todas.


Las luces, la música, el ruido, las risas… yo estaba ahí, siempre. Pero nunca bailé con alguien.


Las ganas me desbordaban, pero se quedaban adentro.


Fui, durante mucho tiempo, parte del paisaje: uno más entre las luces del baile, moviéndome sin realmente estar en la pista. Mirando cómo otros se atrevían mientras yo ensayaba conversaciones en la cabeza que nunca llegaban a existir.


Y de fondo sonaban canciones como Can’t Fight This Feeling de REO Speedwagon, de esas que te mueven por dentro, que te empujan a hacer algo, a dar un paso… pero mis piernas no reaccionaban. Todo pasaba adentro: el impulso, la emoción, el momento. Afuera, nada.


Esa fue la ironía de mi inicio en el amor: no era que no quisiera, era que no confiaba en mí. No tenía el valor de invitar a una chica a salir, ni siquiera a bailar. Y lo más curioso es que eso lo entendí años después, cuando una ex compañera del colegio me dijo algo que todavía me cuesta creer del todo: que yo era de los “populares”.


No sé si era por el deporte, o porque en algún punto me perdí intentando ser ese tipo rebelde sin causa que parecía tenerlo todo bajo control. Pero mientras afuera parecía encajar, por dentro seguía siendo el mismo: el que no se atrevía.


Y no es que faltaran ganas, lo que faltaba era orientación.


Porque a esa edad no te enseñan a amar, te enseñan a conquistar. Te empujan —sin decirlo directamente— a medirte en números, en historias, en “récords”. Como si ser hombre fuera tener más nombres en la lista que emociones en el pecho. Como si sentir fuera debilidad y acumular fuera triunfo.


Eres “macho” si tienes más mujeres en tu récord que en tu corazón.


Crecí viendo eso. Y aunque no lo viví de inmediato, eventualmente también me alcanzó.


Porque hacerse adulto no siempre viene acompañado de madurez. Eso lo digo por mí… y también por varios amigos que, como yo, aprendimos tarde que una cosa es sumar experiencias y otra muy distinta es entender lo que significan.


Mi viaje con el amor no empezó como una historia épica, sino como una serie de intentos torpes. Confundí amar con resistir, con aguantar, con no decir. Fracasé más veces de las que quisiera admitir, y no por falta de sentimientos, sino por miedo a mostrarlos. Qué ironía tan precisa en este mundo de machos: nos enseñan a insistir, pero no a ser vulnerables. Grave error.


A veces me repito esa frase que tantos defienden —que es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado— y, siendo honesto, no siempre la compro. Hay días en los que el amor duele como si no hubiera valido la pena, en los que la nostalgia no es dulce sino punzante, y uno se pregunta si no habría sido más fácil quedarse al margen, ileso, intacto.


Pero si algo he aprendido, es que el amor también pone a prueba. Y no de forma suave ni romántica, sino fuerte, dura, a veces cruel.


Hubo un momento en que me puso contra la pared.


Una de las mujeres que amé me pidió que me fuera con ella a otro país. Así, sin rodeos. Como si la vida pudiera doblarse en una maleta y empezar de nuevo en otro lugar. Y por un instante —uno muy breve— imaginé lo que eso significaba: otra ciudad, otra historia, otra versión de mí.


Pero en mi cabeza la respuesta fue inmediata.


No.


No porque no la quisiera. No porque no valiera la pena. Sino porque ese “sí” venía con un costo que no estaba dispuesto a pagar: dejar a mis hijas, perderme su crecimiento, ausentarme de esa historia donde yo ya tenía un papel que no podía abandonar. Y yo había estado ahí en todo: en los momentos buenos, en los malos… y en los peores también. Aprendiendo a ser papá mientras la vida pasaba sin manual.


Así que me quedé.


Y claro, con el tiempo aparece ese pensamiento incómodo, casi burlón: ¿y si hubiera dicho que sí?


Ese universo paralelo donde todo salió distinto, donde tal vez fui otro, donde tal vez la historia duró más… o menos. El famoso “hubiera”. Ese que, según dicen, no existe… pero vaya que sabe aparecer cuando uno está solo.


Porque sí, ahora que ellas han crecido, hay momentos en los que el silencio pesa distinto. Momentos en los que la casa ya no suena igual, y la soledad se sienta cerca, como queriendo conversar. Y en esas pausas, la pregunta vuelve, casi con ironía: ¿cómo habría sido?


Pero no.


El hubiera no existe. O al menos eso nos repetimos para poder dormir tranquilos.


Lo que sí existe es lo que fue. Y lo que fue, en este caso, fue un amor intenso, breve, de esos que no duran lo suficiente como para desgastarse, pero sí lo suficiente como para dejar marca. Un amor que no necesitó tiempo para ser profundo.


No me arrepiento.


Porque aunque no nos quedamos, nos amamos con una intensidad que, si me apuras, habría hecho que el mismo infierno se quemara.


Y eso también cuenta. También construye. También enseña.


Como aquella discusión que todavía resuena en mi memoria.


No recuerdo exactamente cómo empezó. Tal vez por algo mínimo, como suelen empezar las conversaciones que terminan diciendo lo que de verdad importa. Pero sí recuerdo el ambiente: la tensión flotando, las palabras saliendo más rápido de lo que uno puede ordenar, y esa sensación incómoda de estar siendo visto más allá de lo que uno quiere mostrar.


Fue ahí cuando me lo dijo.


Que yo me iba a quedar como en la canción Caballo Viejo.


No fue una frase lanzada al azar. Venía cargada de algo más profundo, de una certeza que en ese momento me incomodó más de lo que quise admitir. Ella ya había visto en mí algo que yo seguía negando: mi miedo a la intimidad, mi miedo a quedarme solo. Y yo hice lo único que sabía hacer entonces: cerrarme. Negarlo. Defenderme como si aceptar eso fuera perder.


Pero hay palabras que no terminan cuando se dicen.


Esa se quedó.


Se me metió en la cabeza sin pedir permiso. Volvía en momentos absurdos: en silencios después de una cita, en despedidas que no sabía cómo sostener, en esos instantes donde alguien empezaba a acercarse demasiado y yo, sin saber bien por qué, daba un paso atrás. No era algo constante, pero aparecía justo cuando algo podía volverse más real.


Y lo más incómodo era que, aunque me resistía, también había algo de verdad ahí.


Durante mucho tiempo no supe qué hacer con eso. Solo sentía el peso de la frase, como si me hubiera puesto una etiqueta invisible. Y sin darme cuenta, fui repitiendo ciertas distancias, ciertos silencios, ciertas huidas. No porque quisiera hacer daño, sino porque no sabía cómo quedarme sin sentir que me estaba perdiendo.


Con el tiempo —y después de varios tropiezos— empecé a ver esa escena de otra manera. Ya no como una herida lanzada en medio de una discusión, sino como un espejo incómodo. De esos que uno evita al principio, pero que tarde o temprano toca mirar.


Y entendí algo que no había querido aceptar entonces: no era la frase lo que me perseguía, era lo que despertó en mí.


Porque al final, no se trataba de esa canción, ni de aquella discusión. Se trataba de mí, aprendiendo —a veces tarde, a veces mal— a no salir corriendo cuando alguien decide quedarse.


Ese fue apenas uno de los muchos momentos de este viaje. Porque amar no ha sido una línea recta, ni una colección de historias exitosas. Ha sido más bien un proceso torpe, lleno de intentos, errores y pequeños descubrimientos.


Aprendí que amar no siempre es quedarse, ni prometer eternidades al estilo Disney. Es también saber irse, soltar, agradecer lo que fue sin exigirle que dure para siempre. Es entender que cada persona que pasó por mi vida dejó algo: una risa, una herida, una canción, un aprendizaje. Y que todo eso, incluso lo que dolió, fue parte de un mismo proceso: aprender a querer mejor.


Y en medio de todo eso, también apareció otra verdad más silenciosa: la relación más difícil que tenía pendiente era conmigo mismo.


Durante mucho tiempo vi la soledad como un enemigo, como un espacio incómodo que había que llenar rápido. Pero poco a poco fui entendiendo que también puede ser un lugar donde uno se reconstruye. Que estar en paz con uno mismo no es una frase bonita, sino un trabajo constante, a veces incómodo, pero necesario.


Porque solo desde ahí se puede amar sin urgencia, sin miedo a perderse en el otro.


Tal vez por eso, en algún punto de este recorrido, volví a esa sensación de las fiestas, a esas canciones que te empujaban por dentro. Como Can’t Fight This Feeling de REO Speedwagon, recordándome que hay impulsos que no deberían quedarse atrapados en el pecho.


Y entendí algo sencillo, pero que me tomó años: la vida sigue.


No sé si terminaré solo. Nadie lo sabe realmente.


Pero hay algo que sí tengo claro:


Yo ya decidí no volver a quedarme sentado.


Esta vez, al menos, voy a salir a la pista… aunque sea una vez.


Porque esta vez, cuando suene la música, no quiero ser el que mira desde la orilla.

Quiero ser el que, aunque no sepa cómo, da el primer paso.

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