El instante exacto (aunque no estés listo)
- Alfredo Carias
- Apr 15
- 4 min read
Hay días en los que el periodismo no se ejerce: se sobrevive.
Salgo con la mochila al hombro como quien va a una expedición más que a una cobertura. Porque en este oficio uno no solo carga cámara, libreta y grabadora; carga la sospecha permanente de que algo va a fallar… y casi siempre acierta. La noticia no espera, pero tampoco perdona.
Recuerdo una cobertura cualquiera —porque así empiezan las buenas historias, como si no fueran a pasar— cuando mi grabadora decidió suicidarse justo antes de una entrevista clave. Batería muerta. Silencio absoluto. Y yo, con cara de “esto no estaba en el guion”. En ese preciso instante, como enviado especial del destino o del comercio informal, apareció un vendedor de juguetes. Entre trompos y carritos de plástico, tenía el tesoro más valioso del momento: un par de baterías a 25 centavos. Baratas, milagrosas y probablemente con más vidas que un gato. Me salvó la nota… y de paso la dignidad.

Porque en la calle uno aprende que la logística es un mito urbano. Aquí todo es resolver. Improvisar. Negociar con la realidad. Y a veces, con la fauna.
En El Salvador hay una constante que ni los manuales de fotografía ni las escuelas de periodismo se atreven a enseñar: el perro aguacatero. Ese que no fue invitado, no sabe de encuadres, pero siempre —siempre— logra colarse en la foto. Es más puntual que uno, más terco que el sol del mediodía y más fotogénico que muchos funcionarios. No es coincidencia. Es patrimonio cultural no declarado.
Y hablando de ingenio —ese recurso que nunca falta cuando falta todo—, en una comunidad nos topamos con una escena que merecía portada sin necesidad de tragedia. Frente a una casa humilde, alguien había construido una especie de armadura doméstica para proteger un foco: una champa improvisada con aluminio, cartón y una botella plástica reciclada. Una cápsula artesanal contra la lluvia, el polvo y quizás contra los apagones del olvido.
No era solo un foco. Era una declaración de principios: aquí la luz se cuida, se defiende, se inventa.

Esa misma lógica la vimos replicada —con más urgencia que poesía— en la escuela y en la comunidad en San Jerónimo, en Nejapa. Ahí, donde el agua potable llega tarde o no llega, la comunidad decidió no esperar milagros institucionales. Instalaron sistemas para captar agua lluvia: canaletas, barriles, saco de tela con bolsa, plástica ingenio puro convertido en supervivencia.
“La necesidad es la madre de la invención”, dicen, y en ese patio escolar la frase deja de ser cita para convertirse en infraestructura. Mientras otros discuten soluciones en oficinas con aire acondicionado, ellos ya están bebiendo —literalmente— de su propia creatividad.
Y hablando de momentos que no se planifican, una vez en una escuela rural de Berlín, Usulután, mientras buscábamos historias, la historia nos encontró. Un niño, con esa mezcla de curiosidad y valentía que solo da la infancia, se acercó y dijo:
“Tómeme una foto, por favor”.

No había manera de negarse. En ese instante, la cobertura dejó de ser sobre nosotros y pasó a ser de él. Porque a veces, el periodismo no es capturar la realidad… sino concederle a alguien el derecho de ser visto.
Pero no todo se explica con lógica.
Durante la conmemoración de la beatificación de Óscar Arnulfo Romero, en la plaza del Divino Salvador del Mundo, el cielo decidió opinar. Un halo solar apareció como si alguien hubiera encendido un reflector celestial. La multitud se detuvo, algunos rezaron, otros señalaron al cielo como buscando confirmación divina.
¿Milagro? ¿Fenómeno óptico? ¿Coincidencia atmosférica con buen sentido del timing?
En el periodismo uno aprende a narrar, no a dictar sentencia. Pero hay imágenes que no necesitan explicación… solo testigos.
Y luego están las postales incómodas.
En Chalatenango capturamos una imagen que no parecía del presente, sino de un futuro que preferiríamos posponer: un árbol solitario en medio de un terreno árido. Nos dijeron que antes ahí había bosque. La foto no necesitó pie de página; era, en sí misma, una advertencia. De esas que nadie quiere publicar, pero todos deberían ver.

Aunque si de coincidencias hablamos, hay encuentros que rozan lo literario.
En una elección en El Salvador, entre papeletas, tinta indeleble y discursos reciclados, tuvimos la oportunidad de entrevistar a Rigoberta Menchú. Años después, en su tierra, Guatemala, nos la volvimos a encontrar. Como si el periodismo fuera un círculo y no una línea recta.
¿Casualidad?
Claro. Y también, probablemente, una prueba de que el mundo no es tan grande cuando uno anda persiguiendo historias.
Porque al final, este oficio es eso: una persecución constante.
Perseguir la noticia.
Perseguir el momento exacto.
Perseguir la batería que nunca alcanza, la luz que se va, el personaje que aparece y desaparece, el perro que insiste en salir en la foto… y esas soluciones invisibles que sostienen la vida cuando todo lo demás falla.
Y en medio de todo, perseguirse a uno mismo.
Porque ser periodista no es estar en el lugar correcto a la hora indicada…
es equivocarse de lugar, llegar tarde, quedarse sin batería… y aun así, encontrar la historia.
O que la historia —con un poco de sarcasmo y mucha paciencia— te encuentre a ti.



























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