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El festival donde brotó la esperanza

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Sep 29, 2025
  • 3 min read

El chisporroteo del fuego avivaba la llama, lista para salcochar los elotes que perfumaban el aire con su aroma campesino.
El chisporroteo del fuego avivaba la llama, lista para salcochar los elotes que perfumaban el aire con su aroma campesino.

La colonia Zacamil amaneció distinta aquella mañana. Desde temprano, los callejones que antes solo olían a concreto húmedo se llenaron de aromas a hierbabuena, café tostado y elotes recién sancochados. Era el primer festival artístico, gastronómico y cultural denominado: "Zaca-Milpa del Cemento", para celebrar los huertos urbanos que, durante meses, vecinos de todas las edades habían cultivado con sus propias manos.


Entre los callejones grises de los edificios de la Zacamil, un grupo de jóvenes circenses y de batucada irrumpió con tambores, acrobacias y risas, despertando la curiosidad y la emoción de los vecinos que se asomaban a las ventanas como si el barrio volviera a latir.


Un colectivo de artistas urbanos ofreció su talento de forma gratuita para impulsar esta revolucionaria causa de cultivar los alimentos en las áreas urbanas.


Algunas residentes, que antes apenas saludaba a los vecinos, ahora caminaban felices con sus donativos de plantines de tomates, chiles y rábanos cultivados por el Colectivo Micelio Suburbano. A su lado, un grupo de jóvenes se preparan para el torneo de futbol simbolizando la vida que ahora brotaba entre los pasajes grises de la Zacamil.


Las bancas de cemento sirvieron de butacas para el goce de los asistentes que disfrutaron de un espectáculo lleno de magia, risas y travesuras que encendieron el escenario.


En un pequeño escenario improvisado en la cancha de basket, un músico local cantó rap Nawat Nawilia tocaron canciones que hablaban de raíces, de tierra y de comunidad, una iniciativa musical que utiliza el náhuat para revitalizar el idioma y la identidad cultural salvadoreña.


Los niños y niñas, que alguna vez solo jugaban entre carros y paredes, ahora corrían entre macetas de albahaca y flores de jamaica, presumiendo cuál era “su planta”.


Las señoras contaban, entre risas, cómo antes les parecía imposible que algo creciera en esas macetas recicladas o en esos cajones de madera que hoy parecían jardines.


El festival no era solo una celebración: era una prueba viva de que algo estaba cambiando. Los vecinos, que habían resistido al principio diciendo que “esas cosas no duran”, miraba en silencio las plantas trepadoras que sombreaban una pared gris que siempre le había parecido triste. Ahora, al verla cubierta de verde, les nació una sonrisa disimulada.


Las historias se cruzaban como enredaderas: la vecina que superó la soledad cultivando tomates en botellas colgadas; el joven que descubrió que sabía cocinar gracias a las hierbas que él mismo sembró; la niña que aprendió a regar con cariño porque sus maestras le enseñaron que las plantas, como la gente, también sienten.


Un grupo de artesanos de bisutería y de repostería, aprovecharón el festival para exhibir y vender sus creaciones, acercando su talento al público.
Un grupo de artesanos de bisutería y de repostería, aprovecharón el festival para exhibir y vender sus creaciones, acercando su talento al público.

Cuando el sol empezó a calentar, las luces coladas entre los árboles improvisadas con el humo de la olla de elotes brindaron una vista mistica en cada rincón del festival.


Alguien propuso guardar semillas para el próximo ciclo, y otro grupo habló de abrir más espacios en los techos y las azoteas. No era solo un festival, era una promesa compartida.


En la Zacamil, esa mañana, la tierra habló en forma de comida, música y colores. Y cada corazón que antes latía en solitario, comenzó a sentirse parte de algo más grande: una comunidad que, entre manos y raíces, había aprendido a sembrarse a sí misma.

 
 
 

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