El día que dejé el aire acondicionado por el polvo
- Alfredo Carias
- Apr 25
- 5 min read

Antes —no sé si aún persiste— cuando inicié en el mundo del periodismo, aprendí un secreto que no aparecía en los manuales ni en las aulas, pero que circulaba entre colegas con una carga generosa de sarcasmo: había dos clases de periodistas. Estaban los refinados, amantes de las conferencias de prensa en hoteles, aire acondicionado perfecto y micrófonos alineados como soldados; y estaban los “ranger 4x4”, los de botas embarradas, libreta húmeda y corazón acelerado, siempre listos para el siguiente camino sin pavimentar.
En aquella época —cuando al coffee break todavía no le decían brunch— me tocó cubrir más de una conferencia de ese tipo. Paréntesis necesario: lo elegante nunca fue lo mío. Recuerdo una en particular, en un hotel de lujo, donde entre bandejas impecables y copas que tintineaban con discreción, me serví con entusiasmo varios aperitivos empanizados que juraba eran de pollo. Hasta que una colega, entre risas incontenibles, me preguntó: “¿Chino, qué estás comiendo?”. “Pollo empanizado”, respondí con la seguridad del ignorante feliz. Su carcajada fue la antesala de la revelación: eran ancas de rana. Me quedé en silencio un segundo, miré la última que sostenía entre los dedos… y me la terminé. No las he vuelto a comer desde entonces.
Disculpas por el desvío, pero a veces la memoria también escribe con hambre.
Volviendo a las dos clases de periodistas, en algún punto del trayecto empecé a entender —o a aceptar— que quizá nunca encajé del todo en el periodismo de saco y corbata. Tal vez porque siempre he sido, para bien o para mal, un rebelde sin causa. O eso creía. Porque con el tiempo descubrí que la causa existía… solo que estaba lejos de los salones alfombrados. La encontré en lo ambiental. O, siendo honesto, ella me encontró a mí.

Pero algo pasó. Tal vez fue una caricia inesperada de la realidad o una especie de llamado silencioso. Lo cierto es que descubrí una fascinación por el lodo en las botas, por el sol que no negocia, por los viajes en la cama del pick up tragando polvo y, a veces, uno que otro mosquito. Confieso: lo único que realmente no tolero son las picaduras —soy alérgico—, pero ni eso ha sido suficiente para hacerme retroceder.
Siempre me incomodó la etiqueta, los protocolos de la política, esa coreografía ensayada donde cada gesto parece calculado. En ese mundo, muchas veces sentí que las apariencias pesan más que las historias. Y no lo digo como juicio hacia colegas que se mueven en esos espacios —al contrario, ahí es donde se presencian las grandes decisiones, las malas decisiones… o las decisiones que nunca llegan—, pero sí como una confesión personal: nunca fue mi lugar.
Porque lo que se decide —o se deja de decidir— en esos salones, termina repercutiendo allá abajo, donde estoy yo: en el campo.
Y es curioso. En ese periodismo elegante, de alfombra y luces tenues, también descubrí otra división, más silenciosa pero igual de marcada. Una especie de “high school” de popularidad periodística: los de radio, los de prensa escrita, los de televisión, los corresponsales extranjeros… y dentro de cada grupo, más subcategorías, más etiquetas invisibles. Jerarquías que no siempre se dicen, pero se sienten. Y en ese juego de posiciones, tuve más de una mala experiencia, de esas que no se cuentan en voz alta, pero que te van empujando, poco a poco, hacia otro lugar.
El campo, en cambio, es otra cosa.
Ahí no importa de dónde venís ni para qué medio trabajás. Ahí todos somos iguales. Porque todos valemos… o todos salimos vivos en el intento. En las coberturas campesinas no hay tiempo para egos ni credenciales de prestigio cuando el pick up se atasca, cuando la lluvia cae sin aviso o cuando la historia exige que camines más allá de lo que pensabas posible.
Y fue ahí, precisamente ahí, donde ocurrió algo que todavía me cuesta explicar. Un despertar. No de esos que se anuncian con claridad, sino uno más íntimo, más silencioso. Un proceso que solo sucede si estás dispuesto: flexible, abierto, atento a aprender, a reconocer. Porque en el campo pasan cosas todos los días, historias maravillosas que rara vez llegan a ser portada.
En el campo uno empieza a entender de dónde vienen nuestras raíces. De dónde nace nuestra comida, nuestra manera de resistir, esa resiliencia que con orgullo llamamos el alma guanaca. Como lo dijo mejor que cualquiera Roque Dalton en su "Poema de amor", ese país que “no es de los que tienen la barriga llena”, pero que sigue latiendo con dignidad, terquedad y memoria.
Y es que en el campo no solo habita la tradición, también se está escribiendo el presente —y el futuro— en tiempo real. Ahí sucede la exclusiva del cambio climático sin necesidad de boletines: en la incertidumbre del agua, en el calor que aprieta más cada año, en la pérdida silenciosa de medios de subsistencia.

Pero también, y esto es lo que pocas veces se cuenta, ahí florecen las respuestas.
Recuerdo una imagen —una de esas que no siempre salen en portada, pero que dicen más que mil discursos—: yo, rodeado de niños y niñas en medio del relajo, como le decimos nosotros, riéndonos sin protocolo, sin libreto. Una escena sencilla, casi invisible para el ojo apurado, pero cargada de verdad. En esa comunidad, arriba en el volcán, el agua no llega por tubería: sobreviven recolectando lluvia, esperando el cielo como quien espera una promesa. Viven como colonos en una finca, en una lógica que a ratos recuerda a otra época, como si el tiempo se hubiera detenido en una especie de feudalismo silencioso.

Y sin embargo, ahí estaban. Riendo.
Porque en medio de la dificultad, uno encuentra historias de creatividad profundamente humana. Gente que se reinventa, que adapta la tierra, que aprende a leer el clima como antes se leía el cielo. Soluciones pequeñas, ingeniosas, a veces invisibles, pero poderosas. Resistencias cotidianas que no hacen ruido, pero sostienen la vida.
Fue en esos caminos donde nació, casi sin aviso, mi orientación hacia el periodismo ambiental. Entre montañas, ríos y comunidades que no siempre aparecen en los titulares, entendí que las historias más profundas no necesitan escenario, solo atención. He sentido de primera mano la calidez de nuestra gente campesina, en esos gestos que no se olvidan: compartir lo poco como si fuera mucho, abrirte la puerta como si siempre hubieras pertenecido ahí.

En el campo —como decimos en la jerga periodística— uno a veces “queda valiendo”. Y es cierto. Como capitalino, te enfrentás a un mundo donde no sabés exactamente cómo moverte. Pero aprendés. A observar, a escuchar, a adaptarte. A sobrevivir, incluso.
Y en ese proceso, sin darte cuenta, dejás de perseguir historias… porque empezás a encontrarte dentro de ellas.



Comments