El canto de las aves y el arte de cuidar
- Alfredo Carias
- Oct 29, 2025
- 4 min read
Updated: Dec 7, 2025

Durante los primeros meses de la pandemia, cuando el mundo entero parecía haberse detenido, mis mañanas comenzaron a tener una nueva melodía: el canto de las aves. En el silencio profundo del confinamiento, cuando el bullicio de los carros desapareció, me di cuenta de que en el parque del barrio había vida más allá de los vecinos. Ese concierto natural se convirtió en mi despertador cotidiano y, sin saberlo, en el primer indicio de una transformación personal que estaba por vivir.
Antes del encierro me había quedado sin empleo. De pronto, el tiempo libre se volvió infinito y silencioso. Para no dejarme vencer por la monotonía, empecé a buscar refugios dentro de casa: experimenté en la cocina con nuevos platillos, grabé mis primeros videos para YouTube y convertí mis días en una especie de laboratorio emocional donde la creatividad era mi salvavidas.
Me convertí —sin planearlo— en el comprador designado de la casa, el único autorizado para salir al supermercado, armado con mascarilla, alcohol gel y una lista precisa que mi madre repasaba con minuciosidad. Entre el temor y la incertidumbre, ese pequeño encargo se convirtió en mi contacto con el mundo exterior, y también en mi manera de sentirme útil.
En medio de esa búsqueda por mantenerme ocupado, antes y después del confinamiento, sin planearlo, me convertí en el cuidador del hogar. Mi madre, que ya sobrepasaba los 80 años, seguía gozando de buena salud, pero su energía física se había ido apagando poco a poco. Le costaba cada vez más realizar su rutina diaria, así que asumí esas tareas con una mezcla de responsabilidad y ternura. No lo vi como una carga, sino como un acto de amor.
Mis días empezaban temprano, casi de manera ritual. Lo primero que hacía era preparar el café —de esa marca que ella siempre pide, con ese aroma que se impregna en toda la casa— y acompañarlo con su pan dulce favorito. A las seis en punto, religiosamente, mi madre se sentaba en su cama. Mientras ella disfrutaba su café con sus novelas, yo me disponía a enfrentar los quehaceres del día: lavar los platos, barrer y trapear, tender la ropa, regar las flores del jardín. Después preparaba el desayuno, sin olvidar servirme mi propia taza de café, que se había convertido en el impulso necesario para iniciar la jornada.
Esa rutina se volvió mi nueva vida. Sin darme cuenta, estaba realizando un trabajo invisible, uno que millones de personas —en su mayoría mujeres— llevan sobre sus hombros todos los días sin reconocimiento ni salario. No fue sino hasta que empecé a colaborar con una fundación que escuché por primera vez el término “persona cuidadora”. Entonces comprendí que lo que hacía no era solo ayudar en casa: era un acto profundo de sostenimiento y amor, una labor social que el mundo rara vez valora como merece.
En los días buenos, cuando mi madre amanecía con ánimo, me pedía que saliéramos. Siempre había una excusa: comprar unas sandalias, unos saleros, cualquier motivo para escapar de la rutina y respirar aire “fresco”. Esos paseos se convirtieron en pequeñas aventuras, y casi siempre terminaban en el centro histórico de San Salvador.
Caminar junto a ella por esas calles llenas de historia era como abrir un libro de su memoria. Me hablaba de la farmacia donde trabajó casi toda su vida —que ya no existe—, de la barbería donde me llevaba a cortar el cabello de niño, del restaurante La Bella Nápoles donde, cuando le pagaban la quincena, nos llevaba a mi hermano y a mí a comer pizza como si fuera una fiesta. “Era un lujo que me daba porque sabía que los hacía felices”, me decía con una sonrisa que mezclaba orgullo y nostalgia.
Su memoria sigue intacta, aunque su paso sea lento. Y al caminar a su lado, aprendí algo que el sistema moderno nos arrebata: el arte de ir despacio. Mientras la mayoría corre hacia sus trabajos, hacia la “productividad”, yo empecé a disfrutar los detalles: el bullicio de los vendedores, los olores de la comida callejera, los colores vibrantes de los mercados. Comprendí que la vida no se trata solo de producir, sino de sentir.

Mi madre es una de esas mujeres que, en su juventud, no se permitió descansar. Siempre trabajó, siempre se preocupó por los demás, y rara vez pensó en ella. Ahora que transita el otoño de su vida, me toca a mí acompañarla, ayudarla a vivir con dignidad y calma. Cuidarla me ha enseñado que todos caminamos hacia ese destino inevitable: la vejez. Y qué hermoso es recorrer ese camino sabiendo que hay alguien que te espera, te escucha y te cuida.
Hoy entiendo que el cuidado no es una tarea menor, sino una forma de resistencia y de amor. Cuidar a mi madre me devolvió la fe en los vínculos humanos, en la ternura cotidiana que sostiene al mundo.
Mientras escribo estas líneas, las aves del barrio vuelven a cantar. Y en su canto reconozco el eco de mi propia transformación: de desempleado a cuidador, de la rutina impuesta al ritmo pausado de la vida compartida.
Porque cuidar, descubrí, también es una manera de amar.















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