El calor que nació del bosque perdido
- Alfredo Carias
- Sep 3, 2025
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Updated: Apr 6

Hace algunas décadas, San Salvador estaba rodeada de una franja verde que refrescaba sus barrios y avenidas. Bosques como los del Espino, la cordillera del Bálsamo y las faldas del volcán servían como un escudo natural: regulaban el clima, filtraban el aire y mantenían la ciudad a temperaturas agradables incluso en los meses más secos.
Con el paso de los años, la expansión urbana fue devorando esos bosques. Lo que antes eran cafetales de sombra y árboles centenarios se transformó en centros comerciales, residenciales y carreteras. El cemento y el asfalto comenzaron a reemplazar el verde, y con ello, los habitantes notaron un cambio silencioso: cada verano se volvía más insoportable que el anterior.
Los abuelos recuerdan que antes se podía caminar por las calles sin sentir que el sol quemaba la piel, y que las lluvias eran más constantes. Hoy, los termómetros en San Salvador registran temperaturas que superan fácilmente los 35 grados, mientras el calor atrapado entre edificios y vehículos convierte la ciudad en una olla de concreto.
Los científicos lo llaman “efecto de isla de calor urbano”, pero para la gente común es simplemente un castigo diario: noches sin poder dormir, jornadas de trabajo sofocantes, y enfermedades agravadas por el calor extremo. Todo ello ligado a la pérdida de árboles que alguna vez protegieron a la capital.

Aún quedan fragmentos de bosque en las laderas del volcán y en reservas como El Espino, luchando por sobrevivir ante la presión inmobiliaria. Muchos ambientalistas advierten que proteger lo poco que queda no solo es un acto de conservación, sino una medida urgente de supervivencia: cada árbol que se pierde, aumenta el calor que siente la ciudad.
La historia de San Salvador y sus altas temperaturas es, en realidad, la historia de una ciudad que olvidó la frescura de sus bosques y que ahora busca desesperadamente recuperar un poco de sombra bajo el sol inclemente.



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