El arte de perder el equilibrio y encontrar historias
- Alfredo Carias
- Apr 24
- 5 min read
Hay viajes que uno no planea como historias, pero terminan contándose solos. Yo he aprendido a recorrerlos con dos miradas: la del periodista que documenta, y la del turista que se deja sorprender. En ese cruce nacen las mejores postales… y también los momentos más absurdos, de esos que no caben en la fotografía pero se quedan tatuados en la memoria.
Recuerdo a Doña María, por ejemplo. En la imagen que capturé aparece serena, equilibrando cántaros mientras bajaba hacia la quebrada con la ayuda de su caballo, Lucero. La escena parecía salida de una pintura rural: digna, silenciosa, casi poética. Pero lo que la cámara no contó fue el instante en que Lucero decidió ponerse nervioso. Bastó un ruido seco, un movimiento brusco, y el caballo tiró con fuerza cuesta abajo. El tiempo se detuvo en seco. Gritos, polvo, un corazón latiendo más rápido que la lógica. Por suerte, todo quedó en susto, aunque uno de esos que sacude hasta el alma. Doña María, más valiente que cualquiera de nosotros, fue la primera en reír después.

No todos los encuentros tienen esa nobleza. Hubo un día en que un chompipe decidió declararme la guerra. Yo, inocente, vestido de rojo bajo el sol, sin saber que en la lógica local ese color puede alterar a las aves, como si de toros se tratara. Durante toda la grabación, el animal me siguió con una hostilidad que rozaba lo personal. Cada toma era una negociación silenciosa entre avanzar o salir corriendo con dignidad. Nunca supe si era mito o realidad, pero ese chompipe estaba convencido de que yo era su enemigo.

Entre esas escenas inesperadas, hay una postal que guardo con especial cariño: Doña Angélica bajando por el sendero de los nances, en Sisimitepec. No estaba planeada. Apareció como aparecen las cosas auténticas: sin aviso. Pero lo más memorable no fue solo su paso firme, sino el contraste que nos regaló segundos después.
Ella y sus compañeras calzaban unas épicas yinas Balco, de esas que parecían diseñadas por alguien con sentido del humor… o por Spider-Man en versión rural: ligeras, flexibles, con una tracción que desafiaba al lodo. Mientras nosotros descendíamos con torpeza, midiendo cada paso como si el suelo fuera una trampa, ellas avanzaban con naturalidad, casi flotando sobre el musgo. Nos miraban y sonreían —no con burla, sino con esa mezcla de ternura y picardía que da la experiencia— mientras nosotros prácticamente patinábamos en cámara lenta.
Lo más curioso es que nos la encontramos apenas unos minutos antes del episodio de Guayo, como si la calma de su paso anunciara —sin saberlo— el caos que venía después. Porque sí, la caída de Guayo no llegó sola. Veníamos bajando ese mismo sendero, húmedo tras la lluvia, con el musgo haciendo de las suyas. Él iba adelante, en su papel casi heroico de guía improvisado, y nos gritó: “¡tengan cuidado que está liso!”. No habían pasado ni dos segundos desde su advertencia cuando desapareció de nuestra vista. El golpe fue sonoro, casi cinematográfico. Lo encontramos entero, por suerte, aunque con el orgullo golpeado y la ropa blanca convertida en un lienzo verde musgo.

Y si esa escena ya tenía su cuota de comedia, la mía corría en paralelo. Yo, equipado con unas botas de montaña impermeables —muy útiles para el agua, pero traicioneras para el barro— avanzaba como podía. No eran antideslizantes, y cada paso era una negociación con la gravedad. Hubo un tramo en que el sendero se volvió tan empinado que no tuve más opción que agarrarme de un alambre de púas para no terminar protagonizando mi propia versión de la caída de Guayo. Ahí iba, periodista de oficio, equilibrista por necesidad, aprendiendo que el equipo correcto puede salvarte… o ponerte en aprietos.
Y fue justo en ese instante, entre resbalones, risas contenidas y miradas cómplices, que surgió la imagen perfecta. La escena tenía todos los elementos: la dignidad tranquila de Doña Angélica y sus compañeras avanzando con firmeza, y detrás, nosotros, una procesión desordenada de periodistas intentando no caer. De ese momento cómico, casi coreografiado por el azar, salió la foto de portada de revista. Una imagen que, sin proponérselo, capturó la esencia del viaje: la distancia entre observar y vivir, entre llegar preparado… y aprender sobre la marcha.

Y en ese mismo recorrido aparece Doña Rosa, como si el guion la hubiera escrito con cariño. Nos regala una sonrisa dulce —de esas que no necesitan azúcar añadida— tan honesta como el pan que vende mientras caminamos por lo que yo bauticé, con más entusiasmo que rigor geográfico, como “el sendero de los nances”. No estoy seguro si así se llama, pero debería. En invierno, el suelo se cubre de pequeñas frutas amarillas que caen formando una alfombra natural, hermosa… y traicionera. Un paisaje digno de postal, si no fuera porque cada paso es una negociación directa con la gravedad.

Les debo la foto del sendero.
No por falta de intención periodística, sino por un acto de supervivencia básica. Digamos que en ese momento prioricé mantener mi dignidad —y mi columna vertebral— intactas. Y si más adelante en esta historia alguien más (aparte de Guayo) termina en el suelo… bueno, solo diré que el sendero de los nances no perdona a los distraídos ni a los románticos con cámara en mano.
También hay momentos que no son graciosos, pero sí profundamente reveladores. En la montaña de San Miguel, durante una grabación, llegamos a un punto fronterizo con Honduras que yo no conocía. No había muros ni retenes visibles. Lo que marcaba la división entre ambos países era un puente colgante, sencillo, casi frágil a la vista, que unía más de lo que separaba. Me sorprendió la ironía: mientras en otros lugares las fronteras se blindan con medidas extremas de seguridad, ahí bastaba una estructura humilde para conectar dos territorios. A veces la geografía tiene más sentido común que la política.

En San Lorenzo, en Berlín, Usulután, las montañas nos hablaron de otro ritmo: el de los cultivos de loroco. Pero más allá del paisaje, conocimos a las manos trabajadoras que están detrás de esa flor comestible que para nosotros es casi cotidiana, un manjar imprescindible en las pupusas, y que para los foráneos resulta un descubrimiento exótico. Ahí entendí que cada ingrediente tiene rostro, historia, esfuerzo. Que lo que llega al plato viene cargado de madrugadas, de tierra en las uñas y de una sabiduría que no siempre se nombra.

Y en Nejapa, en la comunidad Los Angelitos, la historia fue otra: el calor inclemente, el suelo marcado por el deslizamiento, y nosotros grabando bajo un sol que no daba tregua. La insolación llegó como advertencia tardía. Ese día entendí que el cuerpo también cuenta historias, y que ignorarlo es un error que se paga caro. Desde entonces, siempre llevo conmigo algo sencillo: fruta, chocolate, un pequeño acto de prevención que se vuelve casi ritual.

Viajar así es aceptar que cada cobertura es también una experiencia humana. Que detrás de cada imagen hay un antes y un después que no siempre se publica. Que el oficio no solo consiste en contar lo que pasa, sino en sobrevivirlo, sentirlo y, a veces, reírse de ello.
Porque al final, entre sustos, caídas, animales temperamentales y paisajes que desarman, uno se lleva algo más que material de archivo: se lleva historias que respiran, que se escapan del encuadre… y que, con suerte, encuentran la forma de ser contadas.



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