Crónicas del absurdo cotidiano: postales de un país que siempre sorprende
- Alfredo Carias
- Apr 10
- 5 min read
Viajar en El Salvador —cuando uno lo hace con libreta de periodista y alma de turista— es aceptar que la realidad siempre va un paso adelante de cualquier guion.
Recuerdo aquella mañana en el oriente del país donde el calor no pedía permiso y la carretera parecía derretirse bajo el sol. De pronto, como si alguien hubiera coreografiado una escena improbable, una gallina cruzó la calle por la zona peatonal, con una precisión que haría sonreír a los cuatro de The Beatles en la portada de Abbey Road. Se detuvo un segundo, miró —o eso quise creer— y siguió su camino. No tuve tiempo de preguntarle por qué cruzó. Y quizás ahí está la gracia: hay preguntas que solo existen para acompañar el viaje, no para resolverse.

He perdido la cuenta de las veces que he comido polvo. Literal. En la cama de un pickup, atravesando zonas áridas donde la tierra se levanta como un suspiro cansado, uno entiende que el cambio climático no es un concepto: es ese paisaje reseco, ese árbol que resiste, ese ganado flaco que te observa pasar como si también llevara prisa. El polvo se te mete en la ropa, en la boca, en la memoria. Y de alguna forma, te bautiza como viajero.
Y es ahí, en esas mismas rutas, donde uno confirma algo profundamente nuestro: ver a gente trabajadora transportándose en la parte de atrás de un pickup o de un camión es parte del paisaje cotidiano. Es logística popular, economía en movimiento, vida resolviéndose como puede. Pero basta que un extranjero lo vea por primera vez para que sus ojos se abran como si estuvieran frente a una escena de película de acción, algo entre persecución de alto riesgo y documental de supervivencia. Nosotros lo vemos como rutina; ellos, como adrenalina. Dos lecturas de un mismo trayecto, separadas no por la distancia, sino por la costumbre.

Y como si el país no tuviera suficiente imaginación por sí solo, una vez en una isla fuimos testigos de un espectáculo que merecía transmisión en horario estelar: un perro acróbata que se lanzaba desde el muelle con una técnica que haría sonrojar a más de un humano. Tomaba impulso, calculaba —o eso parecía— y se dejaba caer con la elegancia de un clavadista profesional de La Quebrada de Acapulco. Entrada limpia, sin salpicaduras dramáticas, emergiendo segundos después con esa dignidad canina que solo tienen los que no necesitan aplausos… aunque claramente los merecen. Nosotros, por supuesto, aplaudimos como si estuviéramos en una final olímpica improvisada. Él, indiferente, volvió a subir para repetir la hazaña. Porque cuando el talento es natural, el espectáculo también.
Pero El Salvador también sabe endulzar el cansancio. En el llamado Cerro de los Niños Muertos —nombre duro, historia pesada— la vida se abre paso en forma de minutas y jocotes. El hielo raspado, el sirope brillante, el ácido delicioso de la fruta. Comer ahí es una contradicción: la historia duele, pero el presente insiste en sonreír.
Y en otra cobertura, esta vez en las cercanías del Río Ostúa, ocurrió una escena que todavía no termino de procesar del todo. Entre el calor, el lodo y esa atmósfera de trabajo de campo donde todo puede pasar, apareció una monja caminando con una serenidad que contrastaba con el caos logístico del momento. Hasta ahí, todo normal —si es que algo lo era—, pero lo verdaderamente memorable fue verla coincidir en paso y dirección con Neto.

La escena tenía algo de alegoría improvisada: la monja avanzando firme, y Neto, sin saber muy bien cómo ni por qué, siguiéndole el ritmo como si hubiera recibido una convocatoria espiritual de último minuto. Por un segundo —lo admito— pensé que estábamos presenciando una especie de reclutamiento simbólico, como si se lo estuvieran llevando al rebaño sin previo aviso, sin formulario, sin entrevista… solo con presencia y timing perfecto.
Neto, ajeno a la narrativa que ya le habíamos construido en la cabeza, caminaba con esa mezcla de confusión y resignación que uno adopta cuando siente que algo importante está pasando… pero no tiene claro si es bueno o si debería empezar a despedirse. Nosotros, por supuesto, observando la escena con el respeto que merece lo sagrado… y el sarcasmo que exige la amistad.
A lo largo del país, he saludado más vacas de las que podría recordar. Algunas indiferentes, otras curiosas, todas parte de ese paisaje rural que no sale en los folletos turísticos.

En una ocasión, en las riberas del Río Jiboa, dos hermanos accedieron a una foto a cambio de una “cora”. El precio, en ese instante, nos pareció risible… no por injusto, sino porque entendimos que estábamos pagando un “momento Kodak” en su versión más honesta: sin filtros, sin repetición y sin garantía de que saliéramos bien. Una sola toma, como la vida misma, donde lo caro no era la moneda, sino la oportunidad de capturar algo que no iba a volver a ocurrir igual.
Y es que en lugares como ese, uno no puede evitar pensar —muy al estilo de Anthony Bourdain— que la autenticidad no está en lo bonito, sino en lo real. En ese intercambio sencillo, casi crudo, donde la dignidad no se negocia, solo se presenta y se respeta. Donde la cámara es una excusa y la vida ocurre sin filtros.

Y entre tantas vacas saludadas y caminos recorridos, hay una imagen que siempre me generó más preguntas que respuestas: esos cráneos de vaca colgados en cercas, ranchos o entradas de propiedades. Al principio pensé que era decoración rural con aspiraciones góticas, una especie de curaduría campesina digna de galería contemporánea. Pero no. Luego descubrí que se trata de una práctica tradicional: una especie de sistema de seguridad espiritual contra la envidia y el mal de ojo. Un “antivirus” ancestral instalado en versión ósea.
Confieso que me tomó por sorpresa. Uno viene preparado para baches, polvo y gallinas con sentido de tránsito… pero no para encontrarse con una cabeza de vaca mirándolo fijamente como si estuviera evaluando tus intenciones antes de dejarte pasar. Y ahí vas, caminando despacio, no por respeto al ganado —que ya no está— sino por respeto a la creencia. Porque en esos territorios, uno aprende rápido que hay cosas que no se cuestionan: se observan, se respetan… y se anotan en la libreta.
No todos los viajes son cómodos. Una vez llevé a mi amigo, el Gatillo, a una conmemoración de una masacre. Caminamos tres horas bajo un sol que no daba tregua. Entre piedras, polvo y silencio, su molestia crecía como olla de presión. La puteada llegó puntual, sin adornos, como buen salvadoreño. Pero al final, entre risas y cansancio, entendimos que incluso en los momentos más duros hay espacio para el humor, ese mecanismo de defensa que también es identidad.
He bebido agua de manantiales en comunidades donde la hospitalidad no se anuncia, se ofrece. Agua fresca, limpia, casi dulce. Y uno no puede evitar pensar en la paradoja: en las ciudades desconfiamos del grifo, mientras en la montaña bebemos directo de la tierra, como si el mundo aún estuviera en equilibrio.

Y luego están esos momentos en los que uno está tan arriba que el ruido desaparece. No hay motores, no hay voces, no hay prisa. Solo el viento, los insectos, o a veces, nada. Un silencio tan puro que incomoda al principio. Porque no estamos acostumbrados. Porque en ese silencio uno se escucha a sí mismo, sin excusas.
Viajar así —entre rarezas, contradicciones y pequeñas epifanías— es entender que El Salvador no se explica: se vive. Y que las historias más memorables no son las que planeas, sino las que te sorprenden… como una gallina cruzando la calle, con más estilo del que uno jamás tendrá.

































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