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Crónica: Los susurros de la tierra en tiempos de silencio

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 22
  • 3 min read

Hubo un momento —no tan lejano, pero ya con olor a memoria— en que el mundo bajó la voz. Las calles quedaron suspendidas en un silencio extraño, casi incómodo, como si alguien hubiera apagado de golpe el ruido constante de la vida moderna. Fue en ese vacío, en ese paréntesis impuesto por la pandemia, donde la tierra comenzó a hablar.



Y esta vez, la escuchamos.


Desde mi ventana en San Salvador, el paisaje no cambió de forma abrupta, pero sí de carácter. Los cerros que siempre habían estado ahí —testigos pacientes del crecimiento urbano— parecían más nítidos, más vivos, como si alguien hubiera ajustado el enfoque del país entero. El aire, menos pesado, dejaba colarse sonidos que antes eran devorados por motores y bocinas.



El canto de los pájaros ya no era fondo: era protagonista.



Las chicharras, persistentes y casi obstinadas, tejían una banda sonora que marcaba las horas del día. No era solo ruido: era ritmo, era insistencia, era vida reclamando su espacio. En los patios, en los árboles de mango, en los cafetales lejanos y cercanos, algo estaba ocurriendo: la naturaleza no estaba regresando, porque nunca se fue; simplemente estaba ocupando el espacio que le habíamos arrebatado.



En esos días de encierro, el país se redescubrió desde adentro.



Las costas, sin turistas, respiraban con una calma inusual. Las olas rompían sin testigos, como si ensayaran su eternidad. En los manglares, la vida seguía su curso sin interrupciones humanas: aves, cangrejos, peces, todos en una coreografía milenaria que no necesitaba audiencia. Las montañas de Morazán, cubiertas de neblina, parecían guardar secretos aún más antiguos, como si el tiempo ahí avanzara con otra lógica.


La biodiversidad salvadoreña —tan golpeada, tan resistente— mostró su carácter. No con estridencia, sino con una dignidad silenciosa. Desde los insectos diminutos hasta las aves migratorias, desde las flores que se abrían sin que nadie las fotografiara hasta los ríos que corrían más claros, el país natural respiró con una libertad que hacía tiempo no tenía.


Pero no todo fue contemplación.


También hubo una especie de incomodidad, una pregunta persistente: ¿por qué tuvimos que detenernos para escuchar? ¿Por qué hizo falta una crisis global para notar la riqueza que siempre estuvo aquí?


La tierra no gritó durante la pandemia. Susurró.



Susurró en el viento que movía las hojas como si fueran páginas de una historia olvidada. Susurró en la lluvia que caía más limpia, golpeando techos y suelos con una cadencia casi terapéutica. Susurró en los atardeceres que, sin prisa, pintaban el cielo de naranjas y violetas intensos, como recordándonos que la belleza no necesita permiso para existir.



El Día de la Tierra, en ese contexto, dejó de ser una fecha simbólica para convertirse en un espejo incómodo. Porque lo que vimos en esos meses no fue una “recuperación milagrosa” del planeta. Fue, más bien, una demostración clara de cuánto influye nuestra ausencia… y de cuánto podríamos cambiar con nuestra presencia consciente.


Hoy, cuando el ruido ha vuelto —porque inevitablemente vuelve— queda la tarea más difícil: no olvidar.


N

o olvidar que hubo un tiempo en que los pájaros nos despertaban antes que las alarmas. Que las chicharras eran conversación y no interrupción. Que el aire tenía otro peso, otro sabor. Que la tierra, cuando tiene espacio, florece con una generosidad que no exige nada a cambio.


Esta crónica no es nostalgia. Es advertencia.



La naturaleza no necesita salvarse a sí misma. Somos nosotros quienes necesitamos reconciliarnos con ella. Porque en cada bosque, en cada río, en cada sonido que alguna vez ignoramos, hay un recordatorio constante: la tierra sigue hablando.


La pregunta es si, esta vez, decidiremos seguir escuchando.

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