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Crónica: Los que se fueron sin despedirse (pero siguen en las esquinas)

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 20
  • 3 min read

Hay ciudades que no se miden por sus edificios restaurados ni por el brillo recién pintado de sus plazas, sino por la memoria invisible de quienes las habitaron. El Centro Histórico de San Salvador hoy reluce distinto: más limpio, más ordenado, más vigilado… y, paradójicamente, más silencioso de ciertas voces que antes lo hacían latir.


Porque hay personajes que no murieron, pero desaparecieron. Como fantasmas desplazados por la modernidad.


Doña Ana no tenía un rótulo luminoso ni permisos municipales plastificados. Tenía algo más poderoso: clientela fiel y una olla humeante de atol shuco que perfumaba la esquina del antiguo mercado Santa Fe, frente a la Plaza Libertad.



Su receta era memoria líquida: maíz fermentado, frijoles, alguashte y esa paciencia que no se aprende en cursos de emprendimiento. Uno llegaba más por la conversación que por el atol. Y ahí estaba ella, repartiendo historias junto con cada vaso.


Hoy, en esa misma esquina, ya no hay humo. Solo una acera limpia que no recuerda.


Doña María, 86 años, venía desde Santa Ana con su carga de canastas para tortillas. No vendía productos: vendía resistencia. Cada canasta era un acto de terquedad contra el plástico y la prisa.



Sus manos contaban una historia que ningún folleto turístico incluiría: la de una economía que sobrevive sin hashtags.


Pero la revitalización no negocia con lo lento. Y Doña María, con su paso de otro siglo, fue quedando fuera de cuadro. Como si el progreso no tuviera tiempo para quien camina despacio.


Don Pablo hacía algo casi subversivo: tocar violonchelo en medio del ruido urbano. Siete años afinando su instrumento frente a la Plaza Libertad, para ganarse, en un buen día, cinco dólares.



Cinco dólares por domesticar el caos con música de combo. Cinco dólares por recordarnos que el arte no siempre tiene escenario, pero sí dignidad.


Hoy, no se escucha el cello. Y uno se pregunta si la ciudad perdió el oído… o el corazón.


Don Chepe Rodríguez, ranchero de vocación y sobreviviente por oficio, llevaba 18 años cantándole al despecho ajeno en las calles del centro. Su repertorio no estaba en Spotify, pero sí en la memoria colectiva de quienes alguna vez dejaron una moneda entre canción y canción.



Cantaba como si cada tarde fuera su última audición. Y tal vez lo era.


Pero las nuevas reglas no afinan con guitarras viejas. Y su voz, que antes rebotaba entre paredes históricas, ahora parece haberse quedado sin eco.


Y luego está Manzanito. Aventurero, payasito, filósofo del absurdo. Un personaje que entendía mejor que nadie que el humor es una forma de resistencia.



En un país donde la realidad suele ser más dura que cualquier chiste, Manzanito hacía reír sin permiso. Su escenario era la calle, su público: cualquiera que necesitara olvidar, aunque fuera por un instante.


Hoy, su ausencia pesa más que cualquier silencio. Porque cuando se va el payaso, la ciudad deja de reírse de sí misma.


La revitalización del centro histórico ha traído orden, seguridad y una nueva postal para el turismo. Nadie puede negar eso. Pero en ese proceso, algo quedó en el camino: la espontaneidad, la economía informal que sostenía vidas, y esos personajes que, sin saberlo, eran patrimonio vivo.



No estaban en los planes maestros. No tenían voz en las decisiones. No cortaron cintas inaugurales.


Pero eran la ciudad.


Y ahora que ya no están —o están desplazados, invisibles, arrinconados en otra esquina menos fotografiable— queda la pregunta incómoda:


¿Puede una ciudad modernizarse sin borrar su alma?



Tal vez la respuesta no esté en los discursos oficiales, sino en el eco de un violonchelo que ya no suena, en el olor de un atol que ya no hierve, en una canasta que ya no se vende, en una canción que ya no se canta.


O en la risa de un payaso que, como tantos otros, se volvió fantasma antes de tiempo.

 
 
 

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