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Crónica: Donde el frío también enseña

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 13
  • 3 min read

Hay viajes que uno documenta con cámara… y otros que se quedan grabados donde más pesan: en la memoria y en los huesos. Esta es parte de esa serie personal de deudas viajeras, historias que no filmé pero que me siguen contando cosas cada vez que las recuerdo.


Mi llegada a la aldea Cementera, en el municipio de Lepaera, no fue precisamente directa ni cómoda, pero sí profundamente reveladora. Desde El Salvador, el trayecto es una mezcla de paciencia, curvas y fronteras invisibles que separan geografías pero no realidades. Cruzar hacia Honduras por el occidente es como entrar a una versión más agreste de lo conocido: carreteras que se vuelven caminos de tierra, buses que parecen resistir por pura voluntad y paisajes que, poco a poco, te van recordando que lo esencial nunca fue el asfalto.



Desde Santa Rosa de Copán, el camino hacia Lepaera serpentea entre montañas, y luego se vuelve más íntimo, más rural, hasta que finalmente llegás a Cementera: un lugar donde el tiempo no corre, camina.


Llegamos con un propósito claro: facilitar talleres de video participativo durante una semana. Niñas, niños, jóvenes y adultos se acercaron con una mezcla de curiosidad y timidez, como quien no está seguro si lo que tiene que decir merece ser escuchado… hasta que se da cuenta de que sí.



Ahí entendí algo que ningún manual de periodismo te enseña: cuando le das una cámara a alguien, no solo le das una herramienta, le estás dando permiso de existir en su propia narrativa.


Los días eran intensos, pero llenos de vida. Entre risas, tomas improvisadas y debates espontáneos sobre qué historia contar, la comunidad fue soltándose. Había talento, pero sobre todo había verdad.


El frío que no perdona


Dormíamos en un kínder. Y aunque suene casi poético, la realidad tenía menos romanticismo y más honestidad térmica. Colchonetas delgadas sobre un suelo que parecía guardar siglos de frío acumulado. Cada noche era una negociación con el clima: uno se acomodaba, se enrollaba, se rendía… y aún así el frío encontraba la forma de colarse.



Era de esos fríos que no solo se sienten, se instalan. Que te hacen cuestionar decisiones, pero también te recuerdan por qué estás ahí.


Y aun así, nadie se quejaba demasiado. Porque afuera, la montaña respiraba una calma que compensaba todo.


Comer como en casa, sin ser de casa


Las comidas eran en casa de una familia de la comunidad. Y digo “en casa” con intención, porque así nos hicieron sentir desde el primer día. No éramos visitantes, éramos parte de la mesa.


Tortillas recién hechas, frijoles humeantes, café fuerte como la montaña misma… pero más allá de la comida, lo que alimentaba era la conversación. Historias compartidas sin prisa, risas que no necesitaban contexto, silencios cómodos.


Hay una hospitalidad que no se aprende, se hereda. Y en Cementera, esa hospitalidad no es gesto, es identidad.


La belleza sin filtro


El paisaje era una constante lección de humildad. Montañas cubiertas de neblina, verdes que no caben en una sola palabra, caminos que invitan más a perderse que a llegar.



El clima frío le daba al lugar un carácter especial, como si cada mañana estuviera envuelta en un susurro. Era el tipo de belleza que no necesita filtros… ni tampoco cámaras, aunque uno se arrepienta después.


Lo que uno se lleva


Al final de la semana, los videos que logramos hacer eran importantes, sí. Pero no eran lo más valioso.



Lo más valioso fue ver cómo una comunidad empezaba a mirarse a sí misma con otros ojos. Cómo una niña levantaba la cámara con seguridad. Cómo un joven decidía contar su historia. Cómo un adulto entendía que su voz también importa.


Y yo, que llegué como periodista y facilitador, me fui como aprendiz.


Porque hay lugares como Cementera que no solo se visitan… se quedan con uno. Y aunque no haya video que lo pruebe, hay memorias que no necesitan evidencia para ser reales.

 
 
 

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