Crónica de una guarida de lobas
- Alfredo Carias
- May 8
- 6 min read

La noche en el centro de San Salvador siempre tuvo su propia respiración. Una mezcla de cigarro, fritanga callejera, perfume barato, cerveza derramada y sudor atrapado entre paredes húmedas. Bajo aquellas luces rojizas que durante años funcionaron como una señal clandestina sobrevivía uno de los negocios más antiguos del mundo. No hacía falta anunciarlo demasiado. Todos sabían lo que ocurría detrás de aquellas puertas metálicas corroídas por el tiempo, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
La sociedad las miraba desde la comodidad de la doble moral. De día eran motivo de desprecio; de noche, objeto de búsqueda. Los mismos hombres que durante la mañana condenaban aquellos lugares en conversaciones familiares o discursos moralistas, al caer la tarde caminaban discretamente por la primera calle poniente buscando refugio entre cerveza, música y penumbra. La condena pública convivía con la fila silenciosa de clientes entrando a los lupanares del centro histórico, muchos de ellos obreros, mecánicos, albañiles, comerciantes, vigilantes o empleados públicos intentando olvidar por unas horas el peso de la rutina y la soledad.
Guaridas de lobas, habría dicho algún cronista romano evocando el legendario Lupanar de Pompeya, aquel sitio donde las paredes estaban cubiertas de pinturas eróticas y las camas de piedra sostenían encuentros rápidos entre viajeros, soldados y comerciantes. En San Salvador no había frescos romanos ni esculturas antiguas, pero sí habitaciones pequeñas de paredes húmedas, ventiladores agotados girando sobre camas desgastadas y luces tenues alumbrando cuerpos cansados que aprendieron a ganarse la vida vendiendo compañía, deseo o simplemente un poco de conversación.
Una tarde de verano ingresé a una de aquellas guaridas sobre la primera calle poniente. Toda una avenida de bares donde la ciudad fingía ignorancia frente a los secretos más visibles.
El lugar parecía detenido en otra época. Había mesas de madera golpeadas por el tiempo, bancas incómodas, saleros con la sal endurecida por la humedad y servilleteros vacíos que probablemente llevaban años sin una servilleta adentro. Desde algún rincón sonaban reguetón, canciones tex mex, boleros melancólicos y pop en español de los años 70 y 80 mezclados como una banda sonora improvisada de derrotas y nostalgias.
Apenas crucé la puerta, dos lobas se aproximaron con la naturalidad de quien repite el mismo ritual cada noche. Me ofrecieron cerveza, me explicaron el menú de bocas y también el otro menú secreto que nunca aparecía escrito en ninguna parte. Bastó asentir con la cabeza para entender los términos silenciosos de aquel contrato carnal donde casi nadie hacía preguntas.
Me senté frente a un ventanal enorme de aquellas antiguas casas de época colonial. La luz de la tarde atravesaba los barrotes de acero de la ventana y proyectaba sombras sobre el piso y las mesas. Parecían barrotes de cárcel dibujados por el sol, una ironía perfecta para aquel escenario donde todos, de alguna manera, parecían atrapados en algo.
Poco después llegó la chica con la cerveza. Sin pedir permiso se sentó a mi lado. Su perfume dulce y penetrante contrastaba con el olor impregnado en las paredes. Me susurró al oído que le invitara una cerveza, aunque la bebida para ella costaba el doble que para cualquier cliente. Asentí nuevamente, entendiendo que en esos lugares hasta la compañía tenía tarifa diferenciada.
Entonces apareció la administradora. Una mujer grande, endurecida por las noches largas, con un delantal viejo y un cigarro encendido colgando a un costado de los labios. Sus ojos permanecían medio cerrados mientras colocaba la cerveza sobre la mesa y cobraba de inmediato, como quien administra un negocio donde la confianza nunca ha existido.
Después de pagarle, tomó una pequeña pulsera de hule y se la colocó a la muchacha en la muñeca. Fue ahí cuando comprendí que cada cerveza tenía su propio sistema de control, casi industrial, como si las emociones también necesitaran inventario.
La mujer me pidió un dólar para poner cuatro canciones en la rocola. Ahí la música solamente la elegían las lobas. Eran ellas quienes controlaban el ambiente de la noche, como directoras invisibles de aquel pequeño teatro de cerveza y desvelo. Algunas coreaban las canciones con euforia; otras lo hacían con una melancolía pesada provocada por las bebidas espirituosas y las madrugadas interminables.
En aquella época yo solía andar rapado, usando botas rockeras y cargando siempre una mochila negra. Desde que entré noté que un cliente no dejaba de mirarme fijamente desde otra mesa. Su mirada me seguía cada vez que levantaba la cerveza o volteaba hacia la puerta. Se lo comenté a la loba que estaba conmigo y ella soltó una pequeña risa antes de decirme:
—Creen que sos policía encubierto.
Por desgracia, aquella tarde-noche terminó pareciéndose demasiado a una película policial.
Sin darme cuenta, la tarde comenzó a morir lentamente. Lo noté cuando los rayos de sol empezaron a colarse por debajo de la mesa y el interior del bar adquirió ese tono naranja triste de los lugares donde el tiempo parece quedarse atrapado. Mientras las cervezas se acumulaban, observaba a los clientes entrar y salir de pequeños cuartos donde los ventiladores trabajaban al máximo, girando desesperadamente sobre camas desgastadas. Trabajaban tanto como las mujeres.
En aquellos bares, la cerveza nunca llegaba sola. Venía acompañada de boquitas estratégicas: maní salado para provocar más sed, pepino con limón, jícama recién cortada o frutas de temporada servidas en pequeñas bolsas transparentes. Ahí coincidía la clase trabajadora que rara vez aparece en las campañas publicitarias del país. Obreros terminando la jornada con las botas cubiertas de polvo. Mecánicos con grasa incrustada en las uñas. Albañiles agotados después de cargar bloques bajo el sol. Lustrabotas que, irónicamente, sí llegaban a lustrar el calzado de algunos clientes antes de pedir una cerveza para ellos mismos.
Las llamadas “lobas” también conocían la alegría efímera. Se notaba cuando aparecía uno de “sus clientes favoritos”, esos hombres de los que se decía en buen salvadoreño que “manejaban feria”. Eran los que dejaban la quincena entera en una sola noche. Siempre ocupaban la mesa VIP, disparaban cervezas para todos, invitaban a varias mujeres al mismo tiempo y terminaban pidiendo pizza o pollo a domicilio mientras las bocinas seguían reventando.
En medio de aquella aparente abundancia ocurrían gestos pequeños que decían más que cualquier discurso. Algunas mujeres apenas probaban la comida. Disimuladamente guardaban una o dos rebanadas de pizza entre servilletas para llevarlas a casa después de la jornada. Nadie decía nada. Todos entendían.
Y entonces volvió a mi mente Con Nombre de Guerra:
“Entra despacio
Que nadie oiga tus pasos
Mientras tanto
Si los nervios no traicionan
Todo irá bien…”
Por primera vez entendí aquella canción de una manera completamente distinta. Ya no era solamente rock y poesía. Era casi un manual para quienes vivían entrando y saliendo de habitaciones pequeñas donde los nombres verdaderos rara vez importaban.
La muchacha movía obsesivamente la pierna derecha mientras fumaba. Toda su piel estaba cubierta de brillantina que bajo aquellas luces parecía polvo de estrellas cansadas. Sus uñas conservaban restos de esmalte turquesa desgastado y la brillantina comenzaba a desvanecerse bajo el sudor de la noche que recién empezaba.
Entonces ocurrió.
La música siguió sonando, pero el ambiente cambió de golpe cuando dos policías y un soldado entraron al lugar pidiendo documentos personales. Las conversaciones murieron instantáneamente. Algunos clientes bajaron la mirada. Otros intentaron aparentar normalidad mientras escondían la tensión detrás de un trago.
Mis pensamientos explotaron en especulaciones. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué buscaban? Intenté mantener la calma encendiendo un cigarro para ocultar los nervios.
El policía comenzó a revisar mesa por mesa hasta llegar donde nosotros estábamos. Extendió la mano pidiéndome mis papeles. Se los entregué lentamente, sintiéndome dentro de una película de espías de bajo presupuesto.
Mientras revisaba mi DUI me preguntó:
—¿Y usted a qué se dedica?
—Soy periodista —respondí casi en un murmullo.
El policía levantó la mirada, sorprendido, y soltó una pequeña sonrisa cansada.
—¿Relajándose un rato?
Asentí con la cabeza.
Me devolvió el documento y continuaron el cateo hacia el siguiente bar de la avenida. Desde la puerta alcancé a ver cómo arrestaban a dos sujetos por cargar unos porros de marihuana para consumo personal. La noche siguió avanzando como si nada hubiera ocurrido.
Muchas veces, las conversaciones más honestas de la ciudad ocurrían en esas barras oscuras. Recuerdo una mujer que me dijo mientras encendía un cigarro:
—Aquí la gente cree que venimos porque queremos destruirnos… pero a veces este lugar fue lo único que nos dejó sobrevivir.
Y quizás esa era la gran contradicción de aquellos bares: eran escenarios de decadencia y al mismo tiempo refugios improvisados para los olvidados. Un microcosmos donde convivían la miseria, la ternura, la explotación, la amistad y la soledad.
Con el paso del tiempo muchos de aquellos locales quedaron vacíos. Algunas puertas fueron clausuradas y otras simplemente quedaron olvidadas entre el polvo y el silencio del centro histórico. Donde antes había música y risas artificiales, ahora solo quedan paredes envejecidas y láminas desteñidas por el sol.
En uno de esos bares, cuentan, sonó por última vez Fue en un Cabaret:
“Fue en un cabaret donde te encontré bailando
Vendiendo tu amor al mejor postor soñando…”
Cuando salí a la calle todavía llevaba el olor a cigarro, perfume dulce y brillantina impregnados en la camisa. Las luces del bar acababan de apagarse. Adentro, la rocola seguía sonando “Fue en un cabaret”.



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