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Crónica de un café que no se tomó en Ginebra

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Apr 5
  • 3 min read


La mañana en Ciudad Vieja de Ginebra comenzó como empiezan los viajes que dejan huella: sin prisa, con la intuición de que cada paso iba a revelar algo antiguo, casi secreto. Subí lentamente por la colina al sur del Río Ródano, sintiendo cómo el pulso moderno de la ciudad se iba quedando atrás, reemplazado por un murmullo de siglos.



En el trayecto, el paisaje se abría por momentos para dejar ver el río y algunos de los puentes que lo cruzan, como pequeñas arterias que conectan no solo puntos de la ciudad, sino épocas distintas. Detenerse unos segundos ahí, mirando el agua avanzar con calma bajo las estructuras de piedra y metal, era recordar que Ginebra también se cuenta desde sus orillas.


La Vieille Ville no es solo un barrio: es una acumulación de tiempo. Sus calles empedradas, irregulares y caprichosas, parecen diseñadas para perderse a propósito. Entre fachadas que han resistido más de 2000 años de historia, cada esquina ofrece una postal distinta: una puerta de madera envejecida, una ventana con flores, un eco de conversaciones en francés que suenan como música suave.



Llegué al Parc des Bastions, donde la ciudad respira diferente. Ahí, bajo la sombra de árboles centenarios, el pasado se vuelve contemplativo. En medio de ese paisaje sereno, me encontré con la Estatua de Charles Pictet de Rochemont, esculpida por Peter Hartmann en 1962. La figura honra a Charles Pictet de Rochemont, el diplomático que logró asegurar la neutralidad de Suiza durante el Congreso de Viena. Frente a ella, el tiempo parecía condensarse: política, historia y arte dialogando en silencio bajo el mismo cielo.


Muy cerca se alza la Catedral de San Pedro, imponente incluso desde afuera, dominando el paisaje de la ciudad antigua. La contemplé a la distancia, consciente de su peso histórico y espiritual, pero esta vez no crucé sus puertas. Hubo algo de prisa, tal vez de descuido, y seguí de largo. Mientras avanzaba, no pude evitar sentir una leve punzada: la certeza de haber dejado pendiente un encuentro importante. Lugares como ese no son solo arquitectura, son símbolos, memoria viva… y perderse su interior fue como quedarse a medio camino de una historia que merecía ser escuchada completa.


Continué hacia la Place du Bourg-de-Four, considerada una de las plazas más antiguas de la ciudad. Allí, los cafés con terraza se abrían como pequeños escenarios donde la vida cotidiana se vuelve espectáculo. Me detuve un momento, tentado por la idea de sentarme y dejar que el tiempo pasara con una taza de café entre las manos. Pero esta vez no era un viaje cualquiera: estábamos en Ginebra por trabajo, acompañando a representantes del ayuntamiento en una agenda apretada, rumbo a una entrevista con un grupo de periodistas con quienes compartíamos la gira. El café quedó como una promesa pendiente, una pausa que no ocurrió, pero que le dio aún más valor a ese instante fugaz.



Siguiendo el recorrido, casi escondida entre las calles estrechas, apareció la Fontaine de la rue du Puits-Saint-Pierre. No era imponente ni buscaba serlo; su encanto estaba en lo discreto. Esa fuente, silenciosa y persistente, parecía haber estado ahí siempre, acompañando el paso de generaciones enteras. El sonido del agua cayendo suavemente contra la piedra añadía una banda sonora íntima al paseo, como si la ciudad susurrara sus secretos a quienes se detienen lo suficiente para escuchar.



Entre callejones y plazas descubrí joyas como el Ayuntamiento de Ginebra, con su arquitectura sobria y elegante que remite al poder político de otra época, y la Maison Tavel, la residencia privada más antigua de la ciudad, donde las paredes parecen guardar historias que aún no terminan de contarse.


Caminar por la Ciudad Vieja de Ginebra es aceptar que el tiempo no es lineal. Es un lugar donde el pasado no está detrás, sino alrededor. Y mientras descendía nuevamente hacia el presente, entendí que hay ciudades que se visitan… y otras, como esta, que se recorren como si fueran un recuerdo que siempre estuvo ahí, esperando ser descubierto.

 
 
 

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