“Con la esperanza que llueva vamos a cultivar”
- Alfredo Carias
- Jun 7
- 5 min read
Crónica desde El Picacho, Honduras
El sol cae sin misericordia sobre las lomas agrietadas del sur de Honduras. El viento levanta polvo donde antes hubo cultivos y los árboles parecen resistir en silencio una batalla que se prolonga desde hace años. En medio de ese paisaje áspero aparece El Charcón, un estanque que forma parte del horizonte de la comunidad El Picacho, una pequeña porción del Corredor Seco Centroamericano donde la lluvia se ha convertido en una promesa cada vez más incierta.

Durante mi recorrido por el sur hondureño escuché una frase que parecía repetirse como una plegaria colectiva:
—Con la esperanza que llueva vamos a cultivar.
La escuché en distintas voces, pronunciada con resignación, pero también con una obstinada fe en el futuro. En esta región, donde la sequía ha golpeado durante años consecutivos, la esperanza sigue siendo una de las pocas cosechas que no se pierde.
A unas dos horas y media de la frontera salvadoreña, siguiendo caminos de tierra que serpentean entre cerros resecos, llegué al municipio de Goascorán, en el departamento de Valle. Tras recorrer más de 130 kilómetros rumbo al Golfo de Fonseca, el paisaje parecía contar una misma historia: pozos menguantes, cultivos perdidos y familias aferradas a la tierra.
Antes de llegar a El Picacho hice una parada en el caserío El Platero. Allí encontré a Kathy Yarisela Ortez sacando agua de un pozo comunitario para lavar la ropa de su familia. El sonido del balde golpeando el agua rompía el silencio de una mañana sofocante.
Kathy me contó que la comunidad lleva años enfrentando la escasez de agua.
—La situación del agua es crítica. No hay como tener un pozo propio, pero aquí compartimos estos pocitos entre todos. Uno sirve para lavar la ropa y otro para beber. Si se seca este, tenemos que ir a traer agua hasta el río Goascorán, y queda bastante lejos —explicó.
Mientras hablaba, observaba con preocupación el nivel del agua. Para ella, la sequía no es una noticia ni una estadística: es la rutina diaria de cargar cántaros, medir cada litro y sobrevivir con lo indispensable.
La mujer atribuye parte del problema a la tala indiscriminada de árboles.
—Antes había más monte. Ahora casi no queda nada y cada año llueve menos.
El pozo donde nos encontrábamos está dentro de la propiedad de don Fausto Sandoval Reyes. A sus más de ochenta años, apoyado en un bastón de madera gastado por el tiempo, se acercó curioso para saber quiénes éramos y qué hacíamos en sus tierras.
Al explicarle el motivo de nuestra visita, comenzó a recordar.
—En 1987 hubo una gran sequía. Todos los pozos se secaron, pero este respondió por toda la comunidad. Aquí venían a beber más de trescientas cabezas de ganado y también las familias del lugar.
Don Fausto habla despacio, como quien va desenterrando recuerdos junto con las palabras. Mientras señala el terreno, describe un paisaje muy distinto al actual.
—Yo iba a bañarme a una poza honda que había por aquí. Se secó hace más de cincuenta años. Una vez encontré un tremendo canecho (tipo de cangrejo) en el fondo. Me mordió y salí corriendo a llamar a mi papá. Él lo sacó de la cueva y terminó convertido en almuerzo.
La anécdota provoca una carcajada que por un momento rompe la gravedad de la conversación. Sin embargo, detrás de la risa permanece una nostalgia evidente: la de un tiempo en que el agua era abundante y la sequía no dominaba la vida cotidiana.
En El Picacho, las historias de escasez se repiten de casa en casa.
Los cultivos de maíz y frijol, base de la alimentación familiar, han sufrido pérdidas devastadoras. La tierra, acostumbrada a depender de las lluvias, no logró resistir la prolongada ausencia de agua.
En una vivienda de adobe y techo de lámina vive Reina Gutiérrez. Sentada frente a su casa, rodeada por un paisaje donde el color verde parece haberse rendido ante el café de la sequedad, recuerda la pérdida de sus cosechas.
—Desde octubre dejó de llover. Primero se fue cortando la lluvia y luego el agua. Nos quedamos sin milpa. No pudimos sembrar ni de primera ni de segunda. No cosechamos maíz.
Sus palabras son sencillas, pero cargan el peso de la incertidumbre.
Cuando le pregunto qué hará el próximo año, responde sin vacilar:
—Con la esperanza que llueva vamos a cultivar. No nos queda de otra.

La frase queda suspendida en el aire como una declaración de resistencia.
Más adelante converso con Ingrid Marilú Hernández, quien también ha vivido los efectos de la sequía.
—Solo en la temporada de lluvia hay trabajo. Cuando llega la resequedad ya no hay empleo. Antes era diferente. Llovía más. Los pozos duraban llenos por más tiempo. Ahora se secan temprano y tenemos que cuidar cada gota.
Ingrid recuerda especialmente un año en que la cosecha parecía prometedora.
—La milpa ya estaba entrando a elote cuando vino una gran sequía. Dejó de llover y ahí quedó todo. No cosechamos nada.
Sus palabras revelan una realidad común en el Corredor Seco: meses de esfuerzo pueden desaparecer en cuestión de semanas cuando las lluvias no llegan.
Según Adam Núñez García, técnico facilitador de comunidades rurales, los meses más difíciles son marzo y abril.
—Hay árboles que se quedan completamente sin hojas. El agua es tan limitada que muchas familias apenas logran obtener la necesaria para beber.
Mientras escucho estos testimonios, resulta imposible no pensar en la magnitud del problema. Lo que ocurre en El Picacho no es un caso aislado. Forma parte de una crisis que se extiende por amplias zonas de Honduras, El Salvador y Nicaragua, donde miles de familias dependen de una agricultura vulnerable a las variaciones climáticas.
La prolongación de la canícula y los efectos asociados al fenómeno de El Niño golpearon con fuerza al Corredor Seco Centroamericano. Millones de personas enfrentaron dificultades para garantizar su alimentación, mientras las pérdidas de maíz y frijol alcanzaban niveles históricos.
Pero más allá de las cifras, la sequía tiene rostro.
Tiene el rostro de Kathy sacando agua de un pozo comunitario.
Tiene el rostro de don Fausto recordando los tiempos en que las pozas rebosaban vida.
Tiene el rostro de Reina esperando la próxima lluvia para volver a sembrar.
Y tiene el rostro de Ingrid cuidando cada gota mientras observa cómo el cielo se niega a cumplir su promesa.
Cuando abandoné El Picacho, el sol comenzaba a descender sobre los cerros. La tierra seguía seca, los pozos seguían amenazados y las nubes seguían ausentes. Sin embargo, en cada conversación encontré algo que la sequía todavía no había logrado extinguir.
La esperanza.
Porque en estas comunidades del Corredor Seco, donde la lluvia decide el destino de cada cosecha, sembrar sigue siendo un acto de fe. Y mientras exista la posibilidad de que una nube aparezca en el horizonte, habrá campesinas y campesinos dispuestos a volver a enterrar semillas en la tierra.
Después de todo, como me dijo Reina antes de despedirnos:
—Con la esperanza que llueva vamos a cultivar.





























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