Bitácora de coberturas: el país detrás de la noticia
- Alfredo Carias
- Apr 16
- 4 min read
Salimos cuando la ciudad aún bosteza. A esa hora en que hasta los perros dudan si ladrar o seguir soñando, uno ya va con la mochila al hombro y el oficio a cuestas, pero también con esa secreta ilusión de turista clandestino. Porque aunque diga “cobertura”, lo cierto es que cada viaje en este país empieza como empiezan las buenas historias: con un amanecer que no pidió permiso para ser distinto.
En El Salvador, madrugar no es sacrificio, es privilegio. El cielo se despereza en tonos que no se repiten: a veces un naranja tímido que parece pedir disculpas, otras un rojo encendido que compite con la memoria. En invierno, el rocío se aferra a la hierba como si no quisiera irse, y las nubes —caprichosas— juegan a esconder el sol, filtrando la luz en pinceladas suaves, casi cinematográficas. En verano, en cambio, el amanecer llega más directo, sin rodeos, como ese amigo que no saluda pero cae bien. Y ahí vamos nosotros, periodistas con alma de turista, tratando de capturar lo inatrapable.
Viajar así exige una condición básica: la mente abierta. Abierta a lo extraordinario que se disfraza de cotidiano. Porque en las comunidades de este país, lo que para muchos sería rutina, para uno es una lección. Siempre hay alguien que te recibe como si te conociera de toda la vida. La hospitalidad salvadoreña no es discurso, es práctica. Te ofrecen lo poco que tienen, pero lo hacen con una dignidad que desarma.
Recuerdo una familia. No tenían casi nada, y sin embargo nos invitaron a comer. “Sopa de pollo”, dijeron. Pero el pollo era más una idea que un ingrediente. Era, en realidad, una sopa de verduras, humilde, honesta. No había gallinero, no había presupuesto, pero sí había intención. Y eso pesa más que cualquier banquete. Rechazar algo así no solo sería descortés, sería una falta de humanidad. Porque uno no come solo comida, come historia, esfuerzo, cariño servido en plato hondo.

Y entre historia e historia, aparecen los sabores que refrescan el cuerpo y reconcilian el alma. Las bebidas de frutas de temporada —mango, limonada, maracuya— son más que refrescos: son pausas dulces en medio del camino, excusas perfectas para sentarse a conversar, para escuchar. Porque aquí, más que entrevistar, uno aprende a oír.
Claro, no todo es contemplación poética. También está la caminata. Esa caminata legendaria que comienza cuando alguien en la comunidad dice, con una sonrisa sospechosamente tranquila: “ahí no más, atrás de ese cerro, cerquita”. Traducción oficial del salvadoreño rural: prepárense para una travesía digna de documental. Y uno, que ya debería saberlo, igual cae. Pero en el fondo lo agradece, porque es en esos trayectos donde el país se revela sin maquillaje.
En mi lista personal de placeres —después del café, que es religión— está el agua de coco. Beberla en una comunidad, recién bajada del árbol, no tiene comparación. Es hidratación con identidad, con contexto, con paisaje incluido. Y sí, lo han visto en mis fotos: evidencia irrefutable de que el periodista también tiene sus debilidades.
Pero hay otro momento sagrado que merece capítulo aparte: cuando en medio del camino aparece, casi como un espejismo tropical, un carretón de sorbete artesanal. Ahí sí, se detiene la cobertura, se pausa la prisa y hasta el camarógrafo respira. Porque uno podrá andar persiguiendo historias, pero también sabe reconocer las pequeñas victorias de la jornada. Si es de coco, ya ganamos. Pero si el destino se pone creativo y aparece uno de fruta exótica —nance, zapote, jocote— entonces estamos hablando de una experiencia casi espiritual. Ese primer bocado frío, dulce y honesto, es como un editorial sin palabras: refresca el cuerpo, baja el ritmo y te recuerda que el país también se entiende a cucharadas.
Y, sin embargo, hay momentos en los que uno hace lo impensable: guarda la cámara. Sí, así como suena, casi un acto de rebeldía profesional. Porque hay paisajes que no caben en ningún encuadre, rincones de este país —que he tenido el privilegio de recorrer casi por completo— que exigen ser vividos y no documentados. Ahí, en ese instante suspendido entre la luz perfecta y el silencio oportuno, uno deja de ser periodista por unos minutos y simplemente es testigo.

Lo curioso —y casi poético— es que justo en esos momentos, cuando uno decide no registrar nada, aparece la magia: algún colega, cómplice silencioso de la escena, captura una fotografía sin que uno lo pida. Y después, como quien no quiere nada, te la comparte. Un regalo. Un recuerdo no planificado, más honesto que cualquier toma ensayada. Porque al final, las mejores imágenes no siempre las toma uno… pero sí las vive.
Y hablando de oficio, hemos hecho entrevistas que desafían cualquier manual. ¿Quién necesita un estudio cuando tienes un manglar? Hemos grabado conversaciones en una lancha en movimiento, con el viento metiéndose en el audio y el camarógrafo haciendo equilibrio como acróbata. Pero ahí está la magia: el “timing”. Ese momento en que todo se alinea —la luz, el paisaje, la historia— y uno dispara la pregunta perfecta. Porque el periodismo también es intuición… y un poco de locura.
Y claro, cuando la cobertura toca costa, hay rituales que no se negocian. Un pescado frito con coco, crujiente, acompañado del sonido del mar, o una sopa de gallina india que parece tener más carácter que muchos discursos políticos. Aunque, siendo honestos, no siempre hay banquete. A veces toca improvisar, y ahí es donde entra el verdadero paladar viajero: una tortilla recién salida del comal, inflada como orgullo nacional, con una rebanada generosa de queso o un pedazo galán de chicharrón. Simple, sí. Pero perfecto.
La gastronomía de nuestras comunidades es un mapa comestible de identidad: diversa, autóctona, ancestral. Como aquella vez que probamos una sopa de pollo con alguashte —esa mezcla molida de semillas de ayote tostadas que espesa el caldo y le da un sabor profundo, casi ceremonial—. No es solo un ingrediente, es herencia indígena servida con cucharón.
Al final, uno se da cuenta de que estas coberturas no solo documentan realidades: las transforman. Porque en cada amanecer, en cada plato compartido, en cada caminata “cerquita”, en cada sorbete que obliga a frenar el mundo por unos minutos, en cada momento donde la cámara descansa y la memoria se activa, hay una historia que no siempre sale al aire, pero que se queda en uno. Y ahí, justo ahí, es donde el periodista se rinde ante el turista… y agradece el viaje.

















































Comments