Biografía de un papá que aprendió sobre la marcha
- Alfredo Carias
- Jan 1, 2020
- 5 min read

No hubo manual. Y si lo hubo, seguro lo dejamos olvidado en alguna repisa junto a esos libros “infalibles” que prometen criar hijos perfectos —como si fueran muebles de catálogo y no personas con alma, carácter y ganas de saltar en los charcos.
Fuimos padres por intuición. Por instinto. Por ese vértigo hermoso de no saber qué estás haciendo… pero hacerlo con todo el corazón.
Criar a mis dos hijas fue como vivir dentro de un episodio permanente de The Wonder Years, pero versión barrio salvadoreño: calles mojadas, risas desbordadas, vecinos mirando desde la acera con una mezcla de juicio y complicidad, como diciendo “estos están locos”… y quizás sí, pero felices. Profundamente felices.
Las vi correr bajo la lluvia como si el mundo no tuviera techo. Y entendí que mi trabajo no era detenerlas, sino acompañarlas… aunque eso implicara mojarme también.
En casa, la cocina se volvió laboratorio. No de recetas perfectas, sino de intentos valientes. Aprendí a cocinar viendo tutoriales —bendito YouTube— y ellas aprendieron conmigo que equivocarse también sabe bien, sobre todo cuando termina en carcajadas y comida medio quemada.
Siempre les decía en broma, pero con una verdad escondida: “no crezcan… quédense así para siempre.”
Claro, no me hicieron caso.
Y crecieron.
Dejaron de necesitar mi mano para caminar, y poco a poco también dejaron de correr a abrazarme cuando llegaba a casa. No por falta de amor, sino porque la vida va cambiando de ritmo, y uno como padre aprende —a veces a la fuerza— que amar también es soltar.
Pero antes de eso… hicimos magia.
Los fines de semana nunca eran solo nuestros: llegaban los “hijos adoptivos”, esa tribu espontánea donde destacaba la Danny, mejor amiga de Camila, experta en convertir accidentes en comedia —como aquel diente perdido en una piscina inflable que terminó siendo anécdota legendaria.
Pero los fines de semana tenían una magia especial, porque la casa no solo era nuestra… se convertía en territorio compartido, en una pequeña república de risas, desorden y antojos sin medida.
A esa tribu de “hijos adoptivos” se sumaban más almas. Llegaba la Camila —la amiga inseparable de Nathalia— con esa complicidad que solo las amistades de infancia saben construir, como si ya fueran parte oficial del árbol genealógico sin necesidad de apellido. Y también estaban mis sobrinos: el Chino y Kevin, a veces acompañados por su hermana Claudia, quienes vivían esos días con una emoción que no se puede fingir.
Ellos esperaban —literalmente— su “visa”.
Así le decíamos, medio en broma, medio en ceremonia oficial, al permiso que otorgaba mi abuela Dinamita , la inolvidable Martiña, quien los crió con carácter fuerte y corazón inmenso. Cuando finalmente llegaba la autorización para pasar el fin de semana con nosotros, era como si les hubieran aprobado un viaje al extranjero… pero mejor, porque aquí había libertad, ruido y comida sin restricciones diplomáticas.
Y entonces comenzaba el festín de las pijamadas.
Convertimos la sala en campamento, con tiendas improvisadas y permisos especiales para desvelarse viendo series, comiendo golosinas y creyendo que el mundo cabía en esas cuatro paredes.
Comían como si el mundo se fuera a acabar el domingo por la noche. Pedían antojos sin culpa, repetían sin pena y celebraban cada bocado como si fuera parte de un ritual sagrado. La casa se llenaba de voces cruzadas, platos que iban y venían, carcajadas que no pedían permiso.
Era caos… del bueno.
Un caos que hoy, visto en retrospectiva, tenía más orden del que parecía: el orden de la felicidad compartida, de saberse parte de algo, de tener un lugar donde siempre había espacio para uno más en la mesa.
Porque al final, no criamos solo hijas.
Criamos recuerdos colectivos.
Las caminatas por la ciclovía eran ritual sagrado: patines, bicicletas, antojos de último momento. Un frozen, una minuta, un chocobanano… cualquier excusa era válida para detener el tiempo unos minutos más. Porque eso hacíamos sin saberlo: detener el tiempo.
También fuimos personajes de nuestras propias aventuras: disfrazados en convenciones tipo Comic-Con, exploradores en el museo de trenes, viajeros de domingo junto a mi mamá y Maggie, mi hermana gringa, construyendo recuerdos como quien no sabe que un día serán lo único que queda intacto.
Y si hay un lugar donde la memoria se vuelve más luminosa, es la playa.
Esos viajes quedaron tatuados en el alma como postales que nunca terminamos de capturar del todo. Las risas con los pies llenos de arena, el sonido del mar como fondo permanente, las carreras hacia las olas, los atardeceres que parecían pintados solo para nosotros. Ahí, entre sal y viento, éramos una familia suspendida en el tiempo.
A veces pienso —con esa honestidad que solo da la nostalgia— que debí guardar más de esos momentos. No solo en fotos, sino en gestos. Haber detenido el instante un segundo más. Haber dado más abrazos sin razón, más besos espontáneos, más palabras dichas sin esperar el momento perfecto. Porque uno cree que siempre habrá otra oportunidad… hasta que entiende que esos momentos eran únicos.
Hoy los recuerdo y sonrío, pero también los abrazo con esa pequeña espina de quien sabe que la felicidad, cuando pasa, no avisa que está siendo irrepetible.
Y sin embargo, no todo es ausencia.
Porque al final, la vida no se mide por lo que faltó, sino por lo que sí ocurrió: por cada risa, cada locura, cada fin de semana infinito, cada plato compartido, cada viaje improvisado, cada “no crezcan” dicho al aire sabiendo que el tiempo siempre gana.
Quizás de eso se trata todo esto.
De entender —como en esa línea que resuena fuerte— que mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda.
Y yo elijo recordarlo así:
Un poco caótico.
Un poco imperfecto.
Pero profundamente nuestro.
Hoy, la casa está más silenciosa.
Y sin embargo, está llena.
Llena de fotos, de risas que aún resuenan en las paredes, de versiones pasadas de mis hijas que siguen corriendo —eternas— en algún rincón de la memoria.
Ellas crecieron. Yo también.
Aprendí que cada etapa tiene su propio idioma para amar. Que no se ama igual a una niña que a una joven, pero se ama con la misma intensidad… solo que con más respeto, más distancia, y a veces, más nostalgia.
Moraleja (porque todo buen padre termina filosofando):
El Día del Padre no es un día. Es cada momento en el que decides estar, aunque no sepas exactamente cómo. Es cada error convertido en aprendizaje, cada risa compartida, cada “no crezcan” dicho sabiendo que lo harán.

Ser padre no es hacerlo perfecto.
Es hacerlo real.
Y si al final del camino puedes mirar atrás y decir “estábamos un poco locos… pero fuimos felices”, entonces lo hiciste bien.

















































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