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Aún de Pie: Crónicas de un Año Inolvidable

  • Writer: Alfredo Carias
    Alfredo Carias
  • Nov 6, 2025
  • 4 min read

Este año ha sido una montaña rusa de emociones. Un torbellino que me lanzó del vértigo del amor al vacío del desamor; de la ilusión a la frustración; de la risa fácil a los silencios profundos donde uno se encuentra —o se pierde— consigo mismo. Viví un breve instante de noviazgo valioso, una conexión que llevaba años humeando en la memoria, pero que se extinguió sin aviso. Solo desapareció de mi vida, dejándome sin respuestas, pero con una certeza: aprender a disfrutar mi soledad, abrazar mis sueños y seguir caminando hacia adelante.


En lo laboral, fue un año lento, con pocas oportunidades. Y sin embargo, las pocas que llegaron tuvieron un peso simbólico y transformador. Documentar la lucha contra la minería en Honduras, o la resistencia de los pueblos indígenas en Guatemala —especialmente de las mujeres— me recordó el valor de alzar la voz, incluso cuando parece que la esperanza se agota. Verlas luchar me enseñó a mí también a resistir.


Finalmente me lancé a la aventura de TikTok. Aprendí a jugar con otra lógica del mundo digital, a contar historias en segundos, a divertirme en un espacio nuevo. Las vistas van decentes, pero lo importante ha sido sentirme vivo, curioso, capaz de reinventarme.



Mi hija también emprendió su propio viaje. Ahorró para viajar sola a México y lo logró con valentía. Le fue espectacular, y verla crecer, tomar decisiones, construir su independencia emocional, financiera y social, me llenó el alma. Su capacidad para encontrar un mejor trabajo en turismo me hizo sentir que mis esfuerzos, mis aciertos y mis errores como padre, han dado frutos. Su vuelo me da paz.


Este año, además, mi hija menor se gradúa de bachiller. La veo dar sus primeros pasos hacia la adultez, lista para comenzar sus años universitarios con el entusiasmo y la curiosidad que la han caracterizado desde pequeña. Me siento profundamente orgulloso, aunque sé que el logro es de ella, de su disciplina, de sus noches de estudio, de su deseo de aprender y abrirse camino. Yo solo fui testigo y acompañante de su vuelo, celebrando en silencio su determinación.



Pero no todo fue celebración. Este año sufrí uno de los peores quebrantos de salud de mi vida. A mis 51 años, sin empleo y sin seguro social, atravesé la fragilidad del cuerpo y la crudeza de un sistema de salud público en crisis. Pasé por consultas interminables, exámenes dolorosos, esperas agotadoras. Una cirugía se canceló el mismo día —y con ella mi ánimo se vino abajo— porque significaba otro mes más con la sonda, otro mes de dolor en mis partes más íntimas. Finalmente llegó la operación, pero después vendría la infección en un testículo que casi perdí. El miedo se instaló en mis noches, y el reposo forzado, sin dinero y sin fuerzas, me dejó temblando por dentro.



Y sin embargo, en medio de ese caos, descubrí lo más bello de esta vida: la humanidad. Mi familia, mis amistades, se hicieron muralla. Desde un plato de comida, una medicina, un abrazo; desde donar sangre hasta poner dinero que no tenían, o su tiempo para visitarme, sostuvieron mi cuerpo cuando mi espíritu se quebraba. No estuve solo, y ese amor es lo que realmente me salvó.


Este año también trajo orgullos inmensos: mi hija mayor se graduó de la universidad, y la menor se gradúa de bachiller. Verlas tan brillantes, tan seguras, me llena de alegría. Parte de mi camino está hecho. Ahora ellas emprenden su propio vuelo, aunque yo siempre estaré aquí, con los brazos abiertos.


A pesar de todos los tropiezos, recibí un reconocimiento inesperado que me llenó de esperanza: por primera vez fui galardonado por mi trabajo de periodismo ambiental. Ese premio llegó como un abrazo del destino, un recordatorio de que mi labor tiene sentido, que mis esfuerzos por contar historias en defensa del planeta no han sido en vano. Con ese reconocimiento mi espíritu se renovó, mis energías regresaron, y mi compromiso con la causa se hizo aún más profundo. Fue una chispa en medio de la oscuridad, que me devolvió la fe en mi vocación.


Cuando me recuperé, me lancé de lleno a crear contenido para YouTube, intentando ocupar la mente y el corazón. Pero la vida —caprichosa— dejó caer mi cámara y dañó el lente. Pensé: ¿más jodido no puedo estar? Sin equipo, sin recursos, todo parecía apagarse. Pero otra vez, la luz llegó. Una llamada llena de amor: mi hija mayor ofreciéndose a reparar el lente o comprar una cámara nueva. Ese gesto no tiene precio, porque me devolvió no solo la herramienta de trabajo, sino la fe.


Aún no termina el año, pero confieso que he levantado la mirada al cielo más de una vez pidiendo que concluya. Saco fuerzas de la flaqueza, intento mantenerme de pie —“nunca de rodillas”, como decía el Che Guevara—.


Y en medio de todo, uno de los sueños más grandes de mi juventud se cumplió: cantar a todo pulmón en un concierto de Guns N’ Roses, acompañado por mi hija y mi hermano. Esa noche, adolescente otra vez, sentí que la vida todavía tiene regalos inesperados.



Escribo estos recuerdos —felices y tristes— porque me hicieron más fuerte. Porque a pesar de todo, sigo aquí. El año está por terminar, pero no acabó conmigo. Fui valiente. No por ausencia de miedo, sino por la compañía de mis hijas, mi madre —a quien agradezco seguir teniendo conmigo—, mi hermano, mi tía, mi familia y mis amistades que nunca me soltaron. Gracias a ellos, sigo creyendo.


El 2026 ya se asoma. Se va este año para unos con mejores fortunas, para otros con heridas aún abiertas. Pero agradecemos la salud, el simple acto de respirar, y los vientos de cambio que nos animan a seguir luchando.Que lo que venga nos encuentre de pie, con el corazón despierto, listos para escribir la próxima página.

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